EL 68 EN EL CINE DE AMÉRICA LATINA

Las rupturas del 68 en el cine de América Latina picHoy estaré en el Salón Holland del Hotel Hilton a las 12 y 45, participando junto a Paula Halperin (Purchase College, SUNY), Álvaro Vázquez Mantecón (UAM/Azcapotzalco), Javier C Sanjinés (University of Michigan), y Mariano Mestman, en el panel “EL 68 EN EL CINE DE AMÉRICA LATINA: RUPTURAS VANGUARDISTAS ENTRE LO POPULAR Y LO MASIVO”.

Nunca podré terminar de agradecer como debiera a Mariano Mestman, la deferencia que tuvo al encargarme el capítulo vinculado a Cuba, en esta investigación colectiva que ha propiciado la publicación del libro “Las rupturas del 68 en el cine de América Latina” con el sello editorial Akal.

Aquí comparto un fragmento del ensayo entregado.

JAGB

CUBA: REVOLUCIÓN, INTELECTUAL Y CINE (Fragmento)

Notas para el estudio de una intrahistoria del 68 audiovisual en Cuba

Juan Antonio García Borrero

En un conocido ensayo, el historiador norteamericano Rick Altman nos propone contar la historia del cine de un modo alternativo al que hasta ahora ha predominado. “El primer objetivo del historiador”, nos dice al inicio de su texto, “es el de constituir, nombrándolo, el objeto de sus investigaciones. Rechazando los blancos móviles, el historiador tradicional busca a toda costa definir un objeto de estudio estable, un fenómeno coherente.[1]

Para Altman, más revelador que atender a la supuesta estabilidad de esos procesos que hoy han devenido históricos en función de una nítida identidad cinematográfica construida por los expertos, sería prestarle atención a esos persistentes y sutiles momentos de crisis que, en verdad, no son las excepciones, sino en todo caso la regla inveterada que permite hablar de un devenir constante, de algo que, como en la vida misma, escapa de cualquier pretensión de domesticación epistemológica. Altman en su artículo propone lo que llama “el modelo de las crisis”.

Inspirado en ese enfoque quisiera ensayar ahora otra manera de leer lo ocurrido en el cine cubano alrededor de aquel año emblemático que fue 1968. Por lo general, la historia de nuestro cine se ha narrado a partir de lo que sus películas nos dicen desde la pantalla. En este tipo de relato, casi siempre organizado en un orden rigurosamente cronológico, lo que más interesa es hablar de “lo que ha quedado a la vista”, es decir, la evidencia física de un quehacer colectivo que ha perseguido que se haga realidad eso que una Historia del cine cubano al uso registrará como “un filme dirigido por…”.

Es posible, sin embargo, hablar del cine cubano realizado alrededor de 1968 desde otra perspectiva, apelando en este caso a la discontinuidad, y a las ideas que empujaban a los diversos cineastas a tomar una cámara para filmar la realidad. Dicho de otro modo: es posible hablar de ese cine, no desde su supuesta identidad, sino precisamente desde las contradicciones más íntimas que, en cada caso, permitieron que en determinados períodos triunfara una tendencia sobre otra.

En nuestra investigación pudiéramos aprovechar, desde luego, el testimonio oral de quienes sobreviven. Revisar de modo exhaustivo la prensa diaria de entonces. Las polémicas que se protagonizaron fundamentalmente en las revistas en torno al papel del intelectual (incluyendo a los cineastas) en la sociedad que pretendían construir. Pero si queremos de veras obtener una idea de lo que entonces se vivía (que incluye el modo en que en la práctica se vivió, pero también al que se aspiraba a vivir), más allá de las fotos congeladas que sobreviven a sus protagonistas y los papeles reunidos por un investigador, tendremos que esforzarnos en entrecruzar las disciplinas investigativas, en aplicar al Tiempo lo mismo que la perspectiva había revelado como ganancia en cuanto al Espacio: es decir, colocar a cada uno de los protagonistas y antagonistas en la época precisa, la más puntual, explicando a esa época desde el individuo, y viceversa. Eso nos permitiría adentrarnos, por ejemplo, en una poca investigada historia de las mentalidades, que convive dialécticamente con la historia ideológica, entre muchas más. Nos permitiría hablar no de la historia del cine cubano alrededor de 1968, sino de la intrahistoria, esa que de modo cotidiano e inadvertido terminaba conformando el perfil definitivo del período.

Por otro lado, rastrear la “Historia de las ideas” en el interior del cine cubano permitiría obtener una visión un poco más compleja de lo que ha sido la constante construcción y reconstrucción de nuestro imaginario audiovisual. En Cuba son conocidas las polémicas que se han sostenido en la literatura, por ejemplo, y que han dado lugar a la existencia de un canon que, ora se le rinde culto, ora se le descalifica. Pero en el caso del cine cubano eso apenas ha sido examinado. En este sentido, nos ha faltado introducir, como propuso de Certeau en “La invención de lo cotidiano”, “un análisis polemológico de la cultura” que nos permita vislumbrar de qué manera, y antes de terminadas las películas, se han negociado en el día a día los diversos conflictos y tensiones que se derivan de toda convivencia.

En nuestro caso muy particular, 1968 es evocado como un momento único de iluminación fílmica colectiva, gracias sobre todo a esos cuatro clásicos de ficción facturados por la fecha (Las aventuras de Juan Quinquin /1967, de Julio García-Espinosa, Memorias del subdesarrollo /1968, de Tomás Gutiérrez Alea, Lucía /1968, de Humberto Solás, y La primera carga al machete /1969, de Manuel Octavio Gómez), así como un buen número de excelentes documentales. Pero esta es una percepción que al nutrirse de la estabilidad que reporta un consenso donde apenas se toman en cuenta las cualidades estéticas y políticas que, como estudiosos, los expertos están ansiando destacar, deja en las sombras todo aquello que entraba directamente en tensión con lo que al final terminó dominando lo público.

Pudiera afirmarse que, aun a riesgo de simplificar en demasía lo que es por naturaleza complejo y todo el tiempo dinámico, los cineastas del ICAIC debieron lidiar en aquel año 1968 con dos ideas que ocupaban casi todos los foros de debates auspiciados por la izquierda de entonces: la del subdesarrollo del Tercer Mundo y el rol del intelectual en este nuevo escenario de combate. Para los cineastas cubanos se añadía el hecho puntual de que en 1968 se cumplían los cien años del inicio de las luchas por la independencia de España, lo que le otorgaba al proceso revolucionario el carácter de una suerte de cumbre simbólica. Esta coyuntura sería resaltada por Fidel Castro en su famoso discurso del 10 de octubre de 1968, en La Demajagua, al enfatizar:

“¿Qué significa para nuestro pueblo el 10 de octubre de 1868? ¿Qué significa para los revolucionarios de nuestro país esta gloriosa fecha? Significa sencillamente el comienzo de cien años de lucha, el comienzo de la revolución en Cuba, porque en Cuba sólo ha habido una revolución: la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868 (Aplausos) y que nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes”.[2]

Ya desde el 14 de febrero del año anterior se había creado la “Comisión del Centenario de la Revolución de 1868”, correspondiéndole al ICAIC la producción de un grupo de filmes que contribuyesen a resaltar la efeméride. En este sentido, no es gratuito que justo en 1968 se estrene Lucía, uno de los clásicos indiscutibles del cine latinoamericano, y uno de los filmes cubanos donde mejor se pone de manifiesto esa voluntad de aunar pasado, presente y futuro nacional en un mismo soporte ideológico: el nacionalista. En Lucía, como en los largometrajes de ficción La odisea del general José (1968) de Jorge Fraga, La primera carga al machete (1969), de Manuel Octavio Gómez, o en los documentales Hombres de Mal Tiempo (1968) de Alejandro Saderman, Médicos mambises (1968) de Santiago Villafuerte, o 1868-1968 (1970) de Bernabé Hernández, se adivina el interés de Estado por ese cine historicista que a partir del Primer Congreso de Educación y Cultura (1971), el ICAIC comenzará a asumir como una suerte de encargo estatal.

Junto a esas películas que se interesaron en indagar en las raíces del pasado, en 1968 el ICAIC estrenó otras que dirigían su mirada crítica a lo que estaba sucediendo en aquellos instantes en la sociedad cubana. Realizadores como Tomás Gutiérrez Alea (Memorias del subdesarrollo), Nicolás Guillén-Landrián (Coffea Arábiga), y Sara Gómez (Una isla para Miguel; La otra isla), por mencionar apenas tres, se ocuparon de introducir en sus respectivos discursos fílmicos esa dosis de escepticismo que, en el fondo, es lo que ha animado en toda circunstancia al intelectual moderno.

Sin embargo, pensar ese cine realizado alrededor de 1968 aludiendo solamente a sus características estéticas, o a sus querencias políticas, sería restringir ese estudio al predio meramente arqueológico. Hay que proponerse pasar de lo meramente disyuntivo a una perspectiva de conjunto donde lo cinematográfico se revele como una de las tantas caras que conformaban la agónica cotidianidad poliédrica, pues pensarlo en términos exclusivamente cinematográficos sería mutilarlo, convertirlo en un mero fetiche al que se apela para exaltar o demonizar una época remota en nombre de los intereses del presente (otro claro ejemplo de veleidad historiográfica donde el experto se asume como un pequeño dios que conoce de antemano, el guión de la película que nadie podía ver mientras la hacía).

Pero sobre todo debe evitarse aludir al hecho (por demás, a estas alturas un escandaloso lugar común) de que el cine cubano formaba parte de un armónico conjunto de cinematografías nacionales que, a los efectos históricos, originaron eso que hoy conocemos como el Nuevo Cine Latinoamericano. Es obvio que existían rasgos comunes con esas experiencias nacionales que en nuestra área compartían por las mismas fechas la voluntad de intervenir desde el cine en lo político, y contribuir a crear conciencias críticas de las injustas estructuras sociales en las cuales se originaban, sugiriendo cambios radicales, muchos de ellos asociados a la violencia, y concretamente a la lucha armada propugnada con toda convicción por el Che.

NOTAS:

[1][1] Rick Altman. Otra forma de pensar la historia del cine. Revista Archivos de la Filmoteca.

[2] Fidel Castro en La Demajagua, el 10 de octubre de 1968.

Publicado el mayo 28, 2016 en LASA 2016 EN NUEVA YORK. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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