EN EL 20 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE GUTIÉRREZ ALEA

TOMAS_5[1]Hoy se cumplen veinte años de la muerte de Tomás Gutiérrez Alea, el cineasta cubano que más nos sigue inquietando con sus ideas. Por Titón no siento esa idolatría estéril donde invocar su nombre se convierte en paralizante manera de excluir del diálogo a los que piensen diferente. Al contrario: si regreso una y otra vez a Titón, a García-Espinosa, a Alfredo Guevara, es porque ellos me siguen advirtiendo que los debates que exigen la construcción de una nación como la que aspiramos diseñar, tiene que partir del combate al pensamiento sectario.

Estos son tiempos donde la polarización de nuestros debates se extreman, donde se pierden de vista los matices que enriquecen, donde los grupos se atrincheran en sus modos de ver la vida y decretan desde su estrecha posición que el futuro, lejos de ser abierto, ya está cerrado para los que no coincidan con nuestros credos.

Como intelectual cubano, nada puedo hacer para que nuestra esfera pública sea menos maniquea, pero sí creo que entra en mis deberes mostrar cuán enriquecedores, después de todo, han sido esas discusiones en estos cincuenta años. Comparto entonces este fragmento de la biografía inédita de Titón, donde se habla de las polémicas protagonizadas por los cineastas del ICAIC en 1963. Releer esos debates es como si de nuevo se estuviesen escribiendo las primeras páginas de Memorias del subdesarrollo.

Juan Antonio García Borrero

HASTA CIERTO TITÓN

(Fragmento de la biografía inédita de Tomás Gutiérrez Alea)

No han sido reuniones tan renombradas como las de Fidel con los intelectuales en 1961, tal vez porque no participó ningún dirigente del gobierno. Tampoco consta que alguien repitiera la famosa frase de Virgilio Piñera en aquella ocasión (“Tengo miedo”), pero del documento redactado a modo de conclusiones, y firmado por varios cineastas del ICAIC, puede deducirse que el claro temor a que ganara hegemonía la posición de los “dogmáticos” respecto al arte en la sociedad socialista, era lo que había movilizado a quienes acudieron a los encuentros. Esto también lo explica Gutiérrez Alea en un texto escrito poco después:

“Una última cosa sobre el documento: a nadie se le oculta que hace algunos meses se tomaron acuerdos y se hicieron determinadas manifestaciones de principio sobre cuestiones estéticas en la Unión Soviética. Esas manifestaciones y esos acuerdos resultaban altamente discutibles para la mayor parte de nosotros. Y para muchos resultaban en gran medida inaceptables. Se decía entonces que esas manifestaciones y acuerdos habían tenido lugar en la Unión Soviética y que no tenían nada que ver con la política cultural que se desarrollaría entere nosotros; la cual brotaría de nuestra propia realidad (…) En otra parte se estaban haciendo manifestaciones de principio acerca del arte en el socialismo y eso nos tocaba a nosotros también, por principio. Además, esas manifestaciones alcanzaban una difusión extraordinaria entre nuestros “cuadros culturales” y entre nuestros jóvenes y eran presentadas la mayor parte de las veces como verdades absolutas. (…) Frente a eso, nuestros puntos de vista se mantenían en pequeñas discusiones de café.

Un día decidimos encerrarnos todos en un gran salón y discutir ordenadamente y plantear nuestras dudas, de allí salió una sorpresa: había una extraña concordancia de criterios en todo lo que era necesario para llegar a una verdad cualquiera: la discusión abierta y pública”.[1]

Quizás el primero de los realizadores que describió por escrito parte de su malestar fue Julio García-Espinosa, quien antes de que se celebraran las reuniones había publicado en “La Gaceta de Cuba” un artículo donde llega a escribir que: “Sin duda uno de los males graves que destiló el culto a la personalidad fue el haber lanzado sobre la teoría esa especie de líquido fijador de conceptos. Bajo esa óptica, nunca estuvo el marxismo más cerca de la religión”.[2] Apenas un mes después, “un grupo de directores y asistentes de dirección del Departamento de Programación Artística de la Empresa Estudios Cinematográficos del ICAIC”[3] se reúnen durante tres días con el fin de discutir problemas relacionados con la estética y su repercusión en la política cultural de la Revolución, y dan a conocer aquellas ideas que obtuvieron un mayor consenso a través de un documento que nombran “Conclusiones de un debate entre cineastas cubanos”, y que aparece publicado en “La Gaceta de Cuba”.

Para Titón, según expresa en carta dirigida a Juan Goytisolo:

“El documento en sí no es muy brillante que digamos, pero ha tenido la virtud de levantar ronchas en alguna gente. Ahora han empezado las respuestas más o menos veladas al documento y yo pienso que muy pronto van a quedar bien definidas públicamente nuestras posiciones y las de los sectarios”.[4]

En el texto de los cineastas, que algunos como Edith García Buchaca apreciarán como una suerte de manifiesto, se parte del reconocimiento de que en una sociedad socialista “la promoción del desarrollo de la cultura constituye un derecho y un deber del Partido y el Gobierno”, y que “las ideas y tendencias estéticas viven necesariamente en lucha”, por lo que fijar las condiciones de coexistencia de esas ideas y tendencias equivale “a reconocer el carácter de necesidad” de los siguientes principios:

  1. Cultura sólo hay una.
  2. Las categorías formales del arte no tienen carácter de clase.

Habría que recordar que en los instantes en que se publica el texto, el marxismo había terminado por convertirse en la única herramienta filosófica a la que se le concedía legitimidad epistemológica. Pero la recepción del marxismo no siempre provenía de las lecturas de las fuentes originales, o de los estudios críticos que se inspiraban en los textos de Marx y Engels para proponer visiones actualizadas y no pocas veces heréticas, sino que se nutría de forma mecánica de toda una tradición de manual que imperaba en la Unión Soviética, y a través de la cual se simplificaba hasta lo grosero el pensamiento marxista.

El hecho de que en las “Palabras a los intelectuales” se hubiese dejada abierta la posibilidad del experimento formal (no así el conceptual, que había establecido con claridad los límites críticos del contenido) permitía combatir las pretensiones de aquellos que, para volver al citado texto de García-Espinosa, manipulaban, por ejemplo, el “papel del héroe positivo en las películas socialistas” convirtiendo en un peligro real “la posible desnutrición de nuestra vida intelectual”.

De esta manera, los dogmáticos, tal como lo entendían los cineastas del ICAIC, y entre ellos Titón, serían aquellos que no disimulaban su interés por fomentar la aniquilación arbitraria de todo aquello que no respondiese a su credo, algo fatal, pues tal como advertían en el documento “la supresión de expresiones artísticas, mediante el procedimiento de atribuir carácter de clase a las formas artísticas, lejos de propiciar el desarrollo de la lucha entre tendencias o ideas estéticas –y propiciar el desarrollo del arte-, restringe arbitrariamente las condiciones de la lucha y restringe el desarrollo del arte”.[5]

A Titón no le faltó olfato al vislumbrar que el documento provocaría diversas reacciones. La primera en mostrar sus reservas públicas fue Edith García Buchaca, quien, si bien piensa que son legítimas las preocupaciones expresadas en torno al posible uso de “esquemas y actitudes dogmáticas” en la solución de problemas generados en el socialismo, considerada que esas inquietudes pueden ser “alentadas por quienes tratan de fundamentarlas en falsas consideraciones sobre las características esenciales de la sociedad socialista”.[6] Y pone el ejemplo de la Cuba que han estado construyendo en esos cinco años de Revolución, donde el creador ha podido manifestarse “sin otras limitaciones que las establecidas en Palabras a los intelectuales del Primer Ministro”, al tiempo que asegura que se va normalizando la situación de aislamiento con la visita de intelectuales de diversas ideologías, si bien, concluye de manera tajante:

“Esto no significa ni mucho menos que aceptamos ni tengamos una actitud ecléctica ante lo que nos llega de fuera o se manifiesta como expresión nacional.

Si respecto al pasado cultural exigimos una actitud crítica, consideramos esencial el análisis y la selección ante lo nuevo. Partiendo de que estamos construyendo una sociedad socialista y empeñados en una pelea sin tregua contra el imperialismo que no tolera concesiones en lo ideológico, que exige de nuestro pueblo el mantener en tensión todas sus fuerzas, se impone el rechazo de cuanto, bajo las formas más sutiles y aparentemente inofensivas, pueda tender a minar la confianza y seguridad del cubano en su presente y el futuro de la humanidad”.[7]

También Mirta Aguirre somete a crítica el documento cuando, entre otros asuntos, afirma que:

“Cultura sólo hay una en el mismo sentido en que, por supuesto, hombre sólo hay uno. Todo el que lo crea justo puede encastillarse en eso y responder con eso a las exigencias de la lucha de clases y de la construcción socialista. Pero para todo materialista, para todo marxista-leninista, no pasará de ser un sofisma idealista”.[8]

Ambos escritos recibieron sendas réplicas de Jorge Fraga, uno de los firmantes del documento, pero antes se había convocado a un encuentro de los cineastas con los alumnos y profesores de la Escuela de Letras, con el fin de discutir el controvertido documento. Titón fue uno de los que participó en ese intercambio, y a raíz de ello escribió un artículo para “La Gaceta de Cuba” donde polemiza con algunas de las ideas que allí se expresaron, y otras que habían sido manifestadas desde el momento en que fue publicado el documento. Y lo primero que esclarece es que se trata justo de eso –un documento-, y no un manifiesto que expone un punto de vista único sobre lo que se debatió originalmente. De hecho, a Gutiérrez Alea le incomoda “la manera definitiva” de lo que allí se argumenta, pues traiciona el interés general que movilizaron aquellos debates a través de los cuáles se aspiraba a sembrar inquietudes que, a su vez, permitieran generar discusiones futuras. Pero sí se muestra cómplice del espíritu que animaba al documento, y que era denunciar posiciones dogmáticas, es decir, “aquellas que pretenden suprimir, desde posiciones de fuerza, toda expresión que no responda a una aplicación rígida y mecánica de principios marxistas mal digeridos”.[9]

Luego se dispone a atacar a “los dogmáticos de este lado de la trinchera (desgraciadamente)” objetando con firmeza lo expresado por el profesor Sergio Benvenuto, quien ha comentado que “el verdadero enemigo es el idealismo, no el dogmatismo”. Titón se muestra alarmado con tal argumento, pues, se pregunta, “¿quién puede negar que entre nosotros, formando parte de la Revolución, también hay católicos, por ejemplo?”, lo que le hace afirmar con energía: “Nosotros somos marxistas o aspiramos a serlo. En el plano de la lucha ideológica no podemos asumir posiciones idealistas, por razones naturales de principio. Pero en el plano de la lucha ideológica no vamos jamás a tomar posiciones de fuerza para suprimir a aquellos que no compartan nuestro punto de vista”.[10]

Asimismo reflexiona sobre la breve intervención del profesor Juan J. Flo, la cual podría haber provocado en buena parte de los asistentes todo un sentimiento de culpa debido al origen burgués o pequeñoburgués que, con seguridad, estaba en el pasado de todos ellos. Siguiendo la lógica de Flo, “el origen no proletario” se convertía en un obstáculo insalvable para llegar a expresar con claridad los problemas originados por la nueva sociedad, situación salvada por Lisandro Otero al recordar “la extracción de clase” de Marx, Engels, Lenin. “Y es que la idea del pecado original”, dice Titón en su texto, “responde a una concepción mística del dogma católico. No tiene nada que ver con el marxismo. Ni siquiera con un “dogma marxista” que algunos quisieran tener como punto de apoyo y que sencillamente no existe”.[11]

Este artículo daría lugar a las consiguientes réplicas de Juan J. Flo[12] y Sergio Benvenuto[13], y a su vez, a una contrarréplica escrita por Titón rebatiendo lo expuesto por el primero, en un texto que tituló “Donde menos se piensa salta el cazador… de brujas”, y en la que el cineasta sube el tono de su exposición, con alegaciones tan rotundas como éstas:

“Los que sí hacen daño a la Revolución son los cazadores de brujas, los que se pasean con un detector de fantasmas y un recetario de conjuros contra los demonios idealistas, los que en nombre de la Revolución, si llegan a ocupar posiciones oficiales y adquirir poder en alguna medida, son capaces de esterilizar toda fuerza creadora, porque ellos son estériles. (…)

Precisamente porque estamos poniendo nuestra obra en consonancia con los fines revolucionarios es que tenemos plena moral para combatir el idealismo bajo todas sus formas, una de las cuales es el dogmatismo”.[14]

Al margen de la interpretación que cada cual pueda hacer hoy de los distintos argumentos expuestos, y que por momentos (como en algún instante llega a comentar García-Espinosa), la controversia recuerda la fábula de los galgos y los podencos por aquellos de que en ambos bandos se está perdiendo temporalmente de vista el objetivo común que compartían, toda vez que militaban en el mismo campo, el intercambio ha quedado como uno de los más fecundos en la historia de la política cultural del país, ya que, por primera vez, se estaba discutiendo públicamente la validez del disenso, y se argumentaba de modo espontáneo la necesidad de defender las diferencias.

Por eso si para Alfredo Guevara “no hay vida adulta sin herejía sistemática”, para Sergio Benvenuto “herejía no es Revolución. No es la fuerza que transforma, sino la impotencia protestando. (…) Lo que hace falta es desarrollar la ideología revolucionaria, y no sustituirla por herejías de salón”.[15] En un ambiente así la ideología todavía no era algo cristalizado, aunque Marx fuese reclamado por las dos facciones con similar premura. La vida, con sus pasiones, sus contradicciones, sus excesos, alcanzaba a rebasar siempre las rígidas cárceles ideológicas en que, de modo sistemático, los hombres intentan apresar el devenir. De allí que Alfredo Guevara pueda escribirle al propio Fidel, aludiendo a las discusiones:

“¡Qué cómodo declarar idealista la mitad de la experiencia de la cultura artística! Con cuatro fórmulas pretenden hacerlo algunos repetidores que sustituyen, en nombre del marxismo, el método crítico por la copia de experiencias críticas válidas para su referencia, pero que no pretendieron jamás agotar las posibilidades creativas del hombre y de la sociedad, y del artista”.[16]

Y en otro texto asegure Guevara que es preciso:

“(…) conciliar la lucha ideológica contra los enemigos de clase y la presión imperialista con la necesidad de asegurar condiciones de la más absoluta libertad a la búsqueda y la experimentación o a la confrontación, al conocimiento de todas las manifestaciones estéticas. No es posible tomar posición frente o a favor de lo que no se conoce, ni dar por cerrado caminos en los que no hemos profundizado como estudiosos o realizadores. (…) Rechazamos la política del avestruz”.[17]

Juan Antonio García Borrero

 

[1] Tomás Gutiérrez Alea. Notas sobre una discusión de un documento sobre una discusión (de otros documentos). En “Polémicas culturales de los 60”. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, pp 95-101.

[2] Julio García Espinosa. Vivir bajo la lluvia. En “Polémicas culturales de los 60”. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, pp 9-13.

[3] Conclusiones de un debate entre cineastas cubanos. En “Polémicas culturales de los 60”. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, p 17.

[4] Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos. Ediciones y Publicaciones Autor, Madrid, 2007, p 122.

[5] Conclusiones de un debate entre cineastas cubanos. En “Polémicas culturales de los 60”. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, pp 17-22.

[6] Edith García Buchaca. Consideraciones sobre un manifiesto. En “Polémicas culturales de los 60”. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, p 26.

[7] Edith García Buchaca. Consideraciones sobre un manifiesto. En “Polémicas culturales de los 60”. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, p 34.

[8] Mirta Aguirre. Apuntes sobre la literatura y el arte. En “Polémicas culturales de los 60”. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, p 63.

[9] Tomás Gutiérrez Alea. Notas sobre una discusión de un documento sobre una discusión (de otros documentos). En “Polémicas culturales de los 60”. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, pp 95-101.

[10] Tomás Gutiérrez Alea. Notas sobre una discusión de un documento sobre una discusión (de otros documentos). En “Polémicas culturales de los 60”. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, p 97.

[11] Tomás Gutiérrez Alea. Notas sobre una discusión de un documento sobre una discusión (de otros documentos). En “Polémicas culturales de los 60”. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, p 99.

[12] Juan J. Flo. ¿Estética antidogmática o estética no marxista. En “Polémicas culturales de los 60”. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, pp 102-110.

[13] Sergio Benvenuto. ¿Cultura pequeñaburguesa hay una sola?. En “Polémicas culturales de los 60”. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, pp 126-141.

[14] Tomás Gutiérrez Alea. Donde menos se piensa salta el cazador… de brujas. En “Polémicas culturales de los 60”. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, pp 111-125.

[15] Sergio Benvenuto. ¿Cultura pequeñaburguesa hay una sola?. En “Polémicas culturales de los 60”. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, pp 126-141.

[16] Alfredo Guevara. Cómodos repetidores. En “Tiempo de fundación”. Iberautor Promociones Culturales, Madrid, 2003, p 111.

[17] Alfredo Guevara. Sobre un debate entre cineastas cubanos. En “Polémicas culturales de los 60”. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, pp 23-25.

 

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Publicado el abril 16, 2016 en TOMÁS GUTIÉRREZ ALEA. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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