CINE BASURA A LA CUBANA

Hasta hace algún tiempo, cuando un crítico usaba el término Trash Cinema o “cine basura” se asociaba a lo concluyentemente peyorativo. La crítica acostumbrada a pensar la historia del cine, no desde la recepción (que suele ser un proceso abierto e impredecible en sus representaciones, y por ello mismo, digno de análisis menos dogmáticos), sino a partir del respeto desmedido al sagrado canon (construido, desde luego, por una élite que se ve a sí misma como la medida de las cosas) terminó instalando en ese opaco espacio a todo lo que no cumpliese con el ideal estético de mayor elevación.

Las cosas comenzarían a cambiar a partir de los sesenta. La academia abrió sus puertas al estudio de estos fenómenos menos excelsos, mientras que cineastas tan prestigiosos como Martin Scorsese harían pública su gratitud para este tipo de cine tan vapuleado por la crítica más “seria”. “A su manera”, diría en alguna ocasión el creador de Taxi Driver, “La marca de la Pantera de Jacques Tourneur es una película tan importante como El ciudadano Kane de Orson Welles”.

En el imaginario cubano, un reconocimiento de esa índole es impensable. Acá pesan demasiado las pretensiones de un cine de Autor (con mayúsculas) donde de antemano se han construido los horizontes del público al cual va dirigido, de acuerdo a las elaboradísimas tesis que los realizadores quieren demostrar. El cine es placer, sensaciones, pero nos acostumbraron a creer que esas conmociones íntimas tenían que responder ante todo a esas tesis cargadas de racionalismos desmesurados. De allí que meternos a analizar la filmografía de Jorge Molina, uno de nuestros realizadores que más se ha empeñado en dinamitar las concepciones ilustradas del cine cubano proponiendo a ratos el culto a lo mejor del trash cinema, parezca definitivamente un contrasentido.

Habría que aclarar, sin embargo, que con Jorge Molina no estaríamos todavía en presencia de ese tipo de cine estudiado por Ernest Mathijs en su ensayo “Bad reputations: the reception of trash cinema”. Molina ha estudiado cine, y no conozco a un realizador cubano que haya visto más películas que él, lo cual se nota en cada una de sus cintas. Sus historias nos podrán gustar más o menos, pero están hechas desde la irreverencia autoconsciente que a la larga busca cultivar la estética del gore o lo bizarro.

En realidad, creo que ha sido con Corazón cubano, rodado por un grupo de aficionados del barrio habanero Jesús María hace un par de años, que este fenómeno del cine basura a la cubana alcanza un punto de giro verdaderamente interesante dentro del país. No es que esa cinta inaugure entre nosotros el cine amateur, independiente y de bajo costo, sino que gracias a su inserción en el famoso “paquete” alcanzaría una popularidad impensable para este tipo de material, circunstancia que las jóvenes realizadoras Janis Reyes (Holguín, 1983) y Coline Costes (Francia, 1994) intentan revisar ahora en el documental La película (2015), el cual se exhibe como parte de la programación de la “15 Muestra Joven”. Hay aquí una interesante operación que comentaré brevemente, toda vez que el modo de aproximación al asunto se presta a la polémica, lo cual siempre será más útil que la indiferencia.

Ante todo me gustaría aclarar que no hay en las observaciones que siguen pretensión alguna de censor. Creo que, entre otras funciones, el documental tiene el deber de iluminar aquellas zonas que permanecen a oscuras dentro del pacto social. Por otro lado, el documentalista no es un mesías, pero desde el momento que toma en sus manos una cámara y elabora un discurso que más tarde circulará a través de las pantallas, ya está adquiriendo una responsabilidad social y pública. Ni siquiera estoy hablando de una responsabilidad explícitamente política: hablo de una posición cívica a través de la cual mostrará su relación con los personajes que ha decidido escoger para conformar su historia, y a partir de ese vínculo, defenderá una determinada cosmovisión.

Para empezar, el gesto de haber seleccionado ese tema es ya osado. Hay que seguir explorando esos terrenos hasta ayer vedados a los cineastas (y al público) dada las restricciones impuestas, ya fuera en virtud de imperativos ideológicos o morales. Todo lo que existe en sociedad merecería ser examinado con espíritu crítico, que significa, con distancia crítica, pues si no nos asomamos a esos universos “oscuros”: ¿cómo podríamos entender el comportamiento de la gente que los habita, que al final son seres humanos viviendo en otras circunstancias? Insisto, la elección del tema en el documental La película está bien; lo que me parece más impugnable es su discurso final.

Alguien pudiera alegar que los delirantes testimonios registrados en el documental bastan para promover una posición crítica en quienes los escuchan. Otra vez se olvida la tremenda complejidad del proceso de recepción: no todos asumirán por igual lo que los hacedores de Corazón cubano proponen en pantalla, las visiones del mundo que van desgranando de manera harto fluida.

Es cierto que para los espectadores más críticos no habrá demasiada diferencia entre el delirio que viven los personajes de Corazón cubano en la ficción,y el que experimentan los personajes del documental que hablan del proceso creativo de aquel material, en tanto ellos mismos se encargan de revelarnos en pantalla que vivieron esa aventura como si fuera lo mismo dentro que fuera del encuadre; pero para el grueso de las personas que ya antes se habían encargado de legitimar el producto a través de “el paquete”, se tratará de un atractivo making of… que le incorpora nuevos valores a lo que ya ellos percibían de ese modo.

Es aquí donde estaría echando de menos al papel del documentalista no inocente que llega a esos predios con una cámara, y nos devela las complejidades de un contexto que ni siquiera puede ser imaginado por los entrevistados, pues ellos serían apenas los árboles del gran bosque a retratar (ejemplos de esa operación que conjuga la fascinación por un mundo bizarro con el distanciamiento crítico pueden recordarse en Ed Woods (1994), de Tim Burton, o Boogie Nights (1997), de Paul Thomas Anderson).

En este sentido, se hubiese agradecido por parte de las realizadoras del documental un poco más de observación participante, esa donde al registro fiel de los testimonios seleccionados se le suma también la interpretación de lo no dicho, para no mencionar la inclusión de puntos de vistas contrapuestos.

Ello sería pertinente toda vez que el cine basura, como práctica fílmica donde pueden apreciarse parte de las representaciones de la realidad que determinados grupos hacen, no es posible explicarlo desde el conductismo o la perspectiva que deposita la responsabilidad de lo hecho en determinados individuos aislados, sino que demanda una interpretación sociológica, en la que tendrían similar importancia el contenido de la película filmada y el contexto socio-cultural en que se mueven los sujetos que la elaboran. Y ese enfoque dialéctico, lamentablemente, falta en este documental que parece conformarse apenas con la documentación dócil de los hechos.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el abril 8, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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