Archivos diarios: abril 8, 2016

CINE BASURA A LA CUBANA

Hasta hace algún tiempo, cuando un crítico usaba el término Trash Cinema o “cine basura” se asociaba a lo concluyentemente peyorativo. La crítica acostumbrada a pensar la historia del cine, no desde la recepción (que suele ser un proceso abierto e impredecible en sus representaciones, y por ello mismo, digno de análisis menos dogmáticos), sino a partir del respeto desmedido al sagrado canon (construido, desde luego, por una élite que se ve a sí misma como la medida de las cosas) terminó instalando en ese opaco espacio a todo lo que no cumpliese con el ideal estético de mayor elevación.

Las cosas comenzarían a cambiar a partir de los sesenta. La academia abrió sus puertas al estudio de estos fenómenos menos excelsos, mientras que cineastas tan prestigiosos como Martin Scorsese harían pública su gratitud para este tipo de cine tan vapuleado por la crítica más “seria”. “A su manera”, diría en alguna ocasión el creador de Taxi Driver, “La marca de la Pantera de Jacques Tourneur es una película tan importante como El ciudadano Kane de Orson Welles”.

En el imaginario cubano, un reconocimiento de esa índole es impensable. Acá pesan demasiado las pretensiones de un cine de Autor (con mayúsculas) donde de antemano se han construido los horizontes del público al cual va dirigido, de acuerdo a las elaboradísimas tesis que los realizadores quieren demostrar. El cine es placer, sensaciones, pero nos acostumbraron a creer que esas conmociones íntimas tenían que responder ante todo a esas tesis cargadas de racionalismos desmesurados. De allí que meternos a analizar la filmografía de Jorge Molina, uno de nuestros realizadores que más se ha empeñado en dinamitar las concepciones ilustradas del cine cubano proponiendo a ratos el culto a lo mejor del trash cinema, parezca definitivamente un contrasentido.

Habría que aclarar, sin embargo, que con Jorge Molina no estaríamos todavía en presencia de ese tipo de cine estudiado por Ernest Mathijs en su ensayo “Bad reputations: the reception of trash cinema”. Molina ha estudiado cine, y no conozco a un realizador cubano que haya visto más películas que él, lo cual se nota en cada una de sus cintas. Sus historias nos podrán gustar más o menos, pero están hechas desde la irreverencia autoconsciente que a la larga busca cultivar la estética del gore o lo bizarro.

En realidad, creo que ha sido con Corazón cubano, rodado por un grupo de aficionados del barrio habanero Jesús María hace un par de años, que este fenómeno del cine basura a la cubana alcanza un punto de giro verdaderamente interesante dentro del país. No es que esa cinta inaugure entre nosotros el cine amateur, independiente y de bajo costo, sino que gracias a su inserción en el famoso “paquete” alcanzaría una popularidad impensable para este tipo de material, circunstancia que las jóvenes realizadoras Janis Reyes (Holguín, 1983) y Coline Costes (Francia, 1994) intentan revisar ahora en el documental La película (2015), el cual se exhibe como parte de la programación de la “15 Muestra Joven”. Hay aquí una interesante operación que comentaré brevemente, toda vez que el modo de aproximación al asunto se presta a la polémica, lo cual siempre será más útil que la indiferencia. Lee el resto de esta entrada