ALEJO CARPENTIER SOBRE GLORIA SWANSON EN LA HABANA

Estamos a punto de comenzar a vivir una semana “histórica”, cargada de sucesos que, aún sin haber acontecido, ya están pesando en nuestro horizonte de expectativas colectivas. La visita de Obama, el anunciado concierto de Rolling Stones, el juego de pelota de la selección nacional con los Tampa Bay en el Latinoamericano, parece demasiado para una islita que se verá expandida a lo largo y ancho del planeta, gracias a esos medios que se encargarán de hacer “telerrealidad” con nosotros durante estos días.

Tendremos que estar alertas, pues, ante el riesgo de otro espejismo provocado por las ilusiones que estimula un foco empeñado en iluminar apenas una zona del escenario. En casos así, parece inevitable pensar que la vida se reduce a esas grandes crestas donde, por unas horas, vivirán los elegidos, o los que tengan la suerte de estar próximos a los eventos.

Sin embargo, desde hace ya casi un siglo la buena fenomenología nos viene invitando a intervenir en la realidad de un modo menos ingenuo. Y a percibir nuestra parte más auténtica (la parte auténtica del individuo que queda después de tantos fuegos artificiales) con el fin de sentirnos protagonistas, y no meros espectadores. En tal sentido, la práctica cultural puede ser la vía que mejor nos permite realizarnos en ese plano.

La Habana vivirá esta semana que entra eventos políticos de gran trascendencia, pero mi tesis es que muchas de esas decisiones ya habían sido modeladas con la impronta que deja en el día a día la cultura, con todos esos intercambios simbólicos que están más allá de las ideologías o las fechas puntuales. Y La Habana, como gran ciudad que es al fin, ha sido un espacio privilegiado donde desde siempre han tenido lugar esos canjes.

Ahora es Rolling Stones, pero ayer fue Gloria Swanson, por mencionar un nombre. Los nombres propios importan poco para lo que trato de explicar. Para mi hijo, Mick Jagger es un ilustre desconocido, y la Swanson mucho más. Sin embargo, lo que cuenta son los mundos que la presencia de estas figuras pueden desatar en eso tan inefable que llamamos “nación”. Quiero decir, mundos secretos donde se anulan las leyes públicas, y lo que rige es la ensoñación y la fantasía entendida como libertad creadora.

Comparto con los amigos del blog esta crónica escrita por Alejo Carpentier en 1940, a propósito de la visita de Gloria Swanson (1899- 1983) a La Habana. Por esas fechas, la estrella del cine mudo todavía no había renacido en el inolvidable papel de Norma Desmond, que interpretara en ese clásico de Billy Wilder que es Sunset Boulevard (1950). Pero veremos que con lo expresado por Carpentier, y lo que por estos días leemos sobre los Rolling Stones en La Habana, y la importancia afectiva de esa agrupación para los de mi generación y mayores, se confirma aquí lo del eterno retorno de lo idéntico.

Juan Antonio García Borrero

GLORIA SWANSON EN LA HABANA

Por Alejo Carpentier

Se encuentra en La Habana una actriz cuyo nombre está íntimamente vinculado con los sueños de nuestra adolescencia: Gloria Swanson.

En la etapa de la gran producción inicial del cine norteamericano –cuando el susurro mecánico de la cámara proyectora solía sincronizarse con los rollos de una pianola, o las “selecciones” ejecutadas por un trío detestable-, algunas mujeres tuvieron el privilegio de vivir en la oscuridad de los “cinemas” con increíble relieve poético. Cursis o sublimes, conmovedoras o tontas, esas hadas de las sombras tenían una existencia que las emparentaba con las heroínas de los delirios oníricos. Se movían en una atmósfera de falsos brocados, palacios imposibles, alcázares de cartón pintado, nevadas de sal y árboles trasplantados, que acentuaba su potencial de misterio. Los maestros del maquillaje las dotaban de bocas entreabiertas y sangrantes, de ojeras profundas, de expresiones estremecidas y felinas, llegando a crear esa síntesis de lo “eterno femenino” cuyo denso perfume se alza sobre “La cabellera” de Baudelaire y los cálidos coloquios de Las canciones de Bilitis.

Theda Bara, la corpulenta vampiresa envuelta en gasas negras, cuyos ojos magnéticos eran el objeto de close-ups que hacían vacilar al espectador, presa de vértigo, como si se hallara al borde de un abismo; Mae Murray, la ingenua perversa, que conservaba una mirada clara de Claudina en la escuela, a la edad de cuarenta años; Mary Pickford, síntesis del que era por aquel entonces tipo standard americano, que arrostraba victoriosamente el ridículo animando el Pequeño Lord de Fauntleroy; Nazimova, menuda Salomé renacida en Hollywood, con una cabeza de Iokannan de utilería; Lillian Gish, la casi transparente heroína de Capullos rotos, matada por un boxeador en los cendales espesos del fog londinense; Pearl White, la torturada, desgarrada, violentada, asesinada, devorada, incinerada, despeñada, heroína de Los misterios de New York; Dorothy Phillips y Mary MacLaren, síntesis de virtudes hogareñas norteamericanas; Priscilla Dean, con cejas de gato y abalorios marroquíes; Mary Walcamp, la mujer de pelo en pecho, calzada de botas, con la mano eternamente crispada sobre la culata del revólver…

En medio de esta constelación de mujeres que llenaban nuestra adolescencia de ambiciones locas, se destacaba Gloria Swanson, con características más modernas. Aficionada a los tacones deportivos, a los trajes sastres, a colores de campo de golf, Gloria era, por la virtud de sus ojos claros y su dentadura resplandeciente, la “hermosa americana” de los anuncios iluminados –jabones o refrescos-, el ideal étnico ilustrado por más de una portada del Saturday Evening Post. La moda no perfectamente ortodoxa de la Quinta Avenida –demasiadas pieles, demasiadas perlas, demasiadas plumas-, hallaban en ella un maniquí complaciente que no retrocedía ante los escotes más atrevidos.

Gloria Swanson alcanzó probablemente la cumbre de su carrera en El admirable Crichton, esa ingeniosa y socialista pieza inglesa en que, mujer antes millonaria, se prenda de su maître d’hôtel cuando este, en una isla desierta, revela sus cualidades de hombría a unos cuantos lords incapaces de freír un huevo… Una escena alegórica nos la mostraba, reina de Babilonia, arrastrándose, cual reptil implorante, a los pies del varón despectivo… ¡Cómo envidiaban nuestros quince años a ese Thomas Meighan atlético, recibiendo con una sonrisa sarcástica el homenaje prometedor de la hermosa americana de Shadowland y Photoplay…

Hoy Gloria Swanson es una señora apacible que en nada llamaría la atención a quien la viera cruzar por una calle de nuestra Habana… Los hombres que comenzaron a saber de cine en el año 1930, la ignoran… Pero aquellos que hallaron ingenuos ideales de feminidad vertiginosa en las reinas de la pantalla muda, recuerdan con agradecimiento a esta actriz que, con Lillian Gish, Mae Murray y unas pocas más, animaron las primeras creaciones realmente artísticas de un arte en ciernes.

TIEMPO. La Habana, 19 de noviembre de 1940.

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Publicado el marzo 19, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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