MEMORIAS DE ZATOICHI EN CUBA

Comparto mi texto más reciente para el sitio Progreso Semanal.

Políticas de exhibición del ICAIC: Memorias de Zatoichi en Cuba

Juan Antonio García Borrero • 12 de febrero, 2016

zato-ichi-JAGB-685x342Hoy releía la entrevista que el cineasta cubano Manuel Pérez le concediera alguna vez al escritor y guionista Arturo Arango, y me quedé pensando en ese segmento donde habla del tristemente célebre Primer Congreso de Educación y Cultura celebrado en Cuba en 1971.

Como todos recordamos, este fue un Congreso donde se legitimó la cultura del compromiso, asociando ese compromiso no tanto a la vocación herética que hay en todo auténtico creador (que, según Sartre, es otra modalidad de compromiso), como a la adhesión acrítica a los postulados del poder político.

El consenso al que se llegó entonces, y que puede consultarse en la Declaración final del encuentro, sentó las bases de lo que hoy conocemos como “el quinquenio gris”, si bien no habría que creer que todos los creadores del período renunciaron al cuestionamiento y la indagación crítica más allá de la coyuntura. El propio ICAIC, que recibió el encargo expreso de multiplicar las películas de corte histórico que ayudasen a entender teleológicamente “los cien años de lucha” (1868- 1968) que por aquellas fechas se festejaban, propició la existencia de filmes todavía tan inquietantes como Una pelea cubana contra los demonios (1971) o La última cena (1976), ambas de Titón.

Sin embargo, no es recomendable interpretar el pasado como si se estuviese asistiendo a una sumatoria de fotos fijas. Detrás de esas instantáneas que llegan inertes a nosotros, detrás de los documentos y las películas, la vida cubana seguía fluyendo a partir de sus contradicciones internas. El ICAIC, por ejemplo, luego de una década de existencia conseguiría consolidar el liderazgo cultural gracias a un grupo de cintas (Memorias del subdesarrollo, Lucía, La primera carga al machete) que hablaban a favor de su autonomía creadora, pero en cambio, su política de exhibición no recibía igual cantidad de elogios. Dice Manuel Pérez en la entrevista:

“Recuerdo que cuando se anunció que se iba a celebrar el congreso, la dirección del ICAIC me llamó para pedirme que trabajara una ponencia que sería la que el organismo presentaría en el congreso. Yo hice la base, el borrador, y trabajé básicamente lo relativo a la política de exhibiciones, que era uno de los aspectos por los que el ICAIC estaba siendo atacado. Era como retomar la polémica del 63, lo que ahora en vez de Acatone o La dulce vida se trataba de películas como Nuevo en esta plaza o Ichi, el esgrimista ciego”.

Va a ser difícil que los jóvenes de ahora, interesados en entender los procesos culturales experimentados a lo largo de la Revolución, puedan captar con precisión qué significó para los espectadores de entonces las películas interpretadas por Marisol y Palomo Linares (Nuevo en esta plaza y Solo los dos), Julio Iglesias (La vida sigue igual) o Shintaro Katsu en el papel de Zatoichi, por citar algunos de los casos de popularidad cinematográfica más relevantes de nuestro país.

Por ejemplo, hoy sabemos que en el año previo al Congreso los diez filmes más relevantes según la crítica fueron Antonio das Mortes (Brasil), de Glauber Rocha; Fuego, mi muñeca (Checoslovaquia), de Milos Forman; Besos robados (Francia), de Francois Truffaut; Calcuta (Francia), de Louis Malle; Z (Argelia-Francia), de Costa-Gavras; El sirviente (Gran Bretaña), de Joseph Losey; La jauría humana (Estados Unidos), de Arthur Penn; El primer maestro (URSS), de Andrei Mijalkov Konchalovski; Todo para vender (Polonia), de Andrzej Wajda y Diez mil soles (Hungría), de Ferenc Kósa. Pero, ¿cuáles fueron las más populares, las que el público cubano consumía con más fervor haciendo largas colas en los cines, y que, de guiarnos por Manuel Pérez, inquietaban a los delegados del Primer Congreso de Educación y Cultura?

 

Una investigación así está por hacerse entre nosotros, pero hay pistas, desde luego. Y las películas de Zatoichi, esas de las que sería muy raro encontrar alguna nota crítica en los periódicos de la época, están entre las que marcaron de un modo profundo el imaginario de los cinéfilos cubanos de los sesenta.

Confieso que el adulto que soy ahora no ha logrado borrar la memoria de aquel niño que jugaba con los otros de su edad en el callejón camagüeyano de Santa Ana, imitando las destrezas del gladiador japonés según había visto en filmes como Masajista Ichi, el fugitivo, Canción de Ichi, El esgrimista ciego y el experto en ajedrez, Reto a Ichi, Ichi samaritano, Espadachín se encuentra con su rival, o Zato Ichi se encuentra con Yojimbo, por citar algunas que recuerdo por su título (y no tanto por lo que contaban, pues a esa edad uno no ve cine: lo sueña). Por eso, cuando hace como cuatro años el Festival de Cine de La Habana, junto a la Embajada de Japón en Cuba, exhibió tres de ellos (Zatoichi, el espadachín ciego; Zatoichi y Otane y ¡Pelea, Zatoichi, pelea!), decidí ir al reencuentro de ese personaje. Y fue como encontrarse con un viejo amigo de la infancia.

Ignoro si a mis padres les alarmaba mi devoción de antaño por estas historias donde la violencia era medio y fin. Puedo respetar incluso la preocupación de los delegados del Congreso que entonces percibían un gran peligro para la formación de los niños, adolescentes y jóvenes que comenzábamos a vivir en esas fechas. Mas le agradezco al ICAIC me permitiera formar por cabeza propia un sistema crítico autónomo, al concederme la posibilidad de apreciar la grandeza de Rashomon o Harakiri, junto al misterio que emana de un cine “menor” (pero de culto) como el que se vive con las aventuras de Zatoichi, no en balde recuperado por Takeshi Kitano en el 2003.

El tema de la recepción audiovisual se ha complejizado, toda vez que las nuevas tecnologías han “democratizado” el consumo. Y lo pongo entre comillas, porque esa democracia del placer no alcanza a esconder la evidencia de que los contenidos suelen parecerse cada vez más. O lo que es lo mismo: no hay tal democracia.

Hoy, como ayer, la violencia sigue siendo un resorte importante en las narrativas audiovisuales. La diferencia estaría en que ahora hay un regreso al modelo de cine propuesto por Edison (consumo individual) en creciente rechazo al consumo colectivo postulado por los Lumiére. O sea, antes era Zatoichi en el cine, ahora es el anime en la laptop, pero en ambos casos, hay un espectador negociando fantasías con una pantalla. Y es eso lo que, al margen de nuestros gustos personales, deberíamos intentar entender: el espectador.

 

Progreso Semanal/ Weekly autoriza la reproducción total o parcial de los artículos de nuestros periodistas siempre y cuando se identifique la fuente y el autor.

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Publicado el febrero 13, 2016 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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