LUIS ÁLVAREZ SOBRE CULTURA, TECNOLOGÍA Y DESARROLLO COGNITIVO

La intervención de Luis Álvarez en el Encuentro se basó en este texto que alguna vez publicamos en el blog, y que vale la pena repostear.

LECTURA, CULTURA, TECNOLOGÍA Y DESARROLLO COGNITIVO

Por Luis Álvarez

La lucha contra el analfabetismo ha sido, durante todo el siglo XX, de una intensidad acorde, sin duda, con el dramático contraste entre enormes masas iletradas y una cultura cada día más centrada en la formación que, cuando menos, podría calificarse de escolarizada. Como es bien sabido, uno de los parámetros para considerar a una nación como “desarrollada” o “subdesarrollada” es, precisamente, la capacidad de su población de enfrentar, masivamente, la palabra escrita. Todo ello condujo incluso, en algunos países privilegiados, desde el siglo XIX a una atención concentrada de gobiernos e instituciones diversas sobre la solución del analfabetismo. La capacidad de lectura apareció como el rostro más directo y palpable de la cultura y el progreso.

A inicios del nuevo milenio, el problema del analfabetismo sigue siendo un problema mordiente para muchos países, en incluso para regiones fundamentales como América Latina, África y Asia. Pero, además, habría que confesarse que, en algunos países de los llamados —con cierto apresuramiento— “desarrollados”, lo cierto es que la capacidad de construir significados a partir de una sucesión de letras o grafemas, constituye una habilidad que no garantiza, por sí misma, el acceso a la cultura. Muchos son los componentes que permiten hoy afirmar algo tan estremecedor.

Y es que, en efecto, el analfabetismo no se reduce a la habilidad de enfrentar la lengua escrita, sino que tiene en sí —se puede decir que como ocurre con la cultura misma— una serie de estratos que se traslapan y combinan de manera singularmente compleja.

Pues la noción, elemental por sí misma, de que el significado de que es portadora la palabra escrita cabe con llaneza en las acorraladas páginas de un diccionario, es de una ingenuidad que, por las consecuencias que ha tenido para las políticas educacionales y, por lo demás, para la conciencia cultural de la sociedad en el tránsito del siglo XIX al XX, no puede calificarse sino como aterradora.

De aquí que pueda hablarse, al menos, de dos clases fundamentales de analfabetismo: el primero, el que ha sido objeto directo de grandes campañas sociopolíticas y culturales en todo el planeta, puede denominarse como “analfabetismo lingüístico”, pues, ciertamente, sin un desarrollo de la habilidad elemental de comprender para qué sirve y cómo funciona la lengua escrita, es imposible acceder a una serie de conocimientos y, en particular, de modos de comunicación humana. Luego, propongo que se considere un “analfabetismo cultural”, puesto que la lectura y la escritura no se apoyan exclusivamente en el manejo de los signos gráficos o grafemas.

Para empezar el significado que se obtiene de un texto escrito, no deriva exclusivamente de las secuencias gráficas de un texto. Muy al contrario, dicho significado está en dependencia directa de otros factores que tienen una importancia fundamental. El primero de ellos es la habilidad del lector para predecir el significado de un texto, es decir, para, aun cuando su lectura no se haya completado, poder construir nociones generales sobre su carga semántica. Un ser humano incapaz de predecir el significado de un texto del que ha alcanzado al menos una percepción parcial, no es realmente un lector. No se trata sino de una comprensión, que se produce en todos los seres humanos con una habilidad lectora desarrollada, de que el texto, como expresión de un significado, solamente existe en un contexto. La cualidad obligatoria de que un texto debe tener una expresión, quiere decir que el texto se organiza con signos, que han sido tomados de un código específico, que puede ser gestual, cinético, postural, lingüístico, literario, musical, cinematográfico, teatral, arquitectónico, audiovisual, danzario, pero que también pueden ser signos, como a menudo sucede, que pertenecen a varios códigos y se integran en una única expresión textual para presentar un significado específico: esto es típico de las dos áreas más refinadas y complejas de la comunicación humana: la ciencia (donde el texto se caracteriza por tender a un énfasis en lo sistémico del código empleado) y el arte (donde el texto procura, generalmente, destacar factores extrasistémicos en el manejo del código por el artista).

Ahora bien, si comprender la expresión es importante para captar la integridad funcional de un texto, vale decir, pues, para el ejercicio de la lectura, ello no es suficiente para garantizarla, ni, por lo demás, es absolutamente definitoria de la lectura. Puede que un lector no haya realizado una comprensión exhaustiva acerca de un texto dado, es decir, que no domine toda la expresión de la que ese texto es significante, pero, si el lector lo reconoció como texto, ello suele tener que ver con ha podido identificar sus límites, pues, como ha apuntado el culturólogo Iuri Lotman, un texto sólo existe de manera efectiva a partir de esos límites, los cuales se realizan sólo y a partir de uno o varios contextos específicos de un texto. Señalar que un texto, para existir, requiere tener límites, no quiere decir meramente que un texto debe tener un marco formal para la expresión. Los límites de un texto se realizan como una jerarquía, una estructura que puede ser, incluso, abierta, como en el caso del arte efímero. Esa jerarquía es portadora de un sistema de interrelaciones con diversas zonas del código o código utilizado para expresarse, y, también, con el cuerpo general de la cultura en la cual ese texto es producido. No existen textos de abstracción total, ajenos a una determinación, siquiera mínima, de tiempo, espacio y dimensión cultural humana. Por ello, percibir los límites de un texto significa, ya, adelantar un paso en la lectura de ese texto, aunque la comprensión de este sea incompleta.

Finalmente, un texto, además de estar dotado de expresión y límites, debe poseer carácter estructural, lo cual quiere decir que un texto escrito no es tan sólo una sucesión de frases gráficas en el intervalo de unos límites y con un significado determinado: tiene que haber una organización interna, específica de ese texto —lo cual imprime un carácter individual a todo texto—, pero, al mismo tiempo, vinculada, de un modo u otro, con cierto tipo de textos que le son semejantes por algún rasgo —de aquí la factible ubicación genérica de cualquier texto en un grupo textual—.

Leer un texto, en sentido cabal, entraña un proceso simultáneamente de identificación de límites, de comprensión de expresión y de penetración en una estructura interna. A esta noción fundamental hay que agregar otra de no menos importancia: lo esencial de la evolución de la cultura humana, desde sus remotos puntos de partida, ha consistido en un gradual desarrollo de la habilidad para construir, emplear y descifrar signos. Lectura, escritura y sociedad son una tríada inseparable ya. El impacto creciente de las tecnologías informáticas no solo depende de la asociación de los dos grandes sistemas sígnicos de la humanidad —los lingüísticos y los matemáticos—, sino que cada día ha ido proponiendo nuevas modalidades de comunicación informática, vale decir, de signos y códigos para estructurarlos, los cuales van siendo incorporados también como temas y aun como modos de estructuración en la literatura: una novela como El corazón de Voltaire, del puertorriqueño Luis López Nieves, tiene como estructura básica la del correo electrónico, de modo que por una parte se revitaliza la muy antigua y prestigiosa epistolar, pero en su modalidad más contemporánea y, por eso mismo, en cierto sentido inesperada. No es casual que López Nieves organice esta narración alrededor de la figura de Voltaire, en cuyo siglo y cultura se desarrolló con mayor fuerza la novela epistolar.

Pero la cuestión del analfabetismo no se limita a la literatura y su recepción. Otros sectores de la cultura, como la lingüística, arrojan nueva luz sobre el sentido socio-cognitivo más profundo del analfabetismo. El filósofo, lingüista y teórico literario Jacques Derrida, una de las figuras de mayor relieve en el siglo XX, cuyos estudios contribuyeron no poco a la comprensión actual de que la escritura no es —como se creyó, a partir de Ferdinand de Saussure, y se repitió académicamente durante un siglo— una especie de reflejo mimético del lenguaje hablado. Hoy sabemos que el lenguaje oral tiene, en efecto, como función primaria la comunicación, y como función secundaria la noesis, pero que la escritura es inversa: su función primaria es el conocimiento, y la secundaria es la comunicación. Por ello el analfabetismo —flagelo aún masivo en varias regiones del planeta— no constituye tan solo un obstáculo para el usufructo de la cultura, sino que, ante todo, es una limitante para el desarrollo del pensamiento del individuo. Este hecho reinstala la problemática de la lectura como una cuestión más que nunca crucial en la sociedad contemporánea, pero también obliga a una perspectiva por completo renovadora.

En efecto, quienes siguen asumiendo como lectura capital la que se realiza sobre un texto impreso, olvidan que el libro no consiste estrictamente en su soporte material, sino sobre todo en su contenido. Ya a fines del s. XV, con la aparición de la imprenta, hubo actitudes extremas que impugnaron el entonces novísimo artilugio; las razones aducidas entonces son equivalentes en mucho a las que se arguyen hoy contra la lectura del texto electrónico: se decía contra el invento de Gutenberg que el libro impreso carecía de la belleza deslumbrante del manuscrito miniado, y —mucha atención a esto— se añadía que la lectura está “indisolublemente asociada” a un manuscrito que había que desenrollar en sentido vertical, mientras que las operaciones manuales con el libro gutenberiano eran, desde luego, muy distintas y tendientes a la horizontalidad. A diferencia de los humanistas de fines del s. XV, los lectores de hoy —inmensamente numerosos en comparación con los que abrieron por primera vez la Biblia del inventor de la imprenta— contamos con la experiencia histórica de lo ocurrido con Gutenberg en cuanto a la estrechez con que muchos miraron un invento que habría de abrir el camino a la Modernidad. Así como el libro esencial no murió en 1456, sino que cambió de soporte y abrió las puertas a una nueva época de la cultura humana, en el presente el texto electrónico, el ebook, la biblioteca digital, las tabletas y todas las modalidades actuales y futuras del libro están lejos de destruirlo: por el contrario, nos indican la entrada en una nueva etapa del desarrollo cultural del hombre. Y, también, el peligro de un nuevo analfabetismo: el que impida asomarse al nuevo texto que la revolución informática promueve.

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Publicado el febrero 13, 2016 en PRIMER ENCUENTRO SOBRE CULTURA AUDIOVISUAL Y TECNOLOGÍAS DIGITALES. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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