JORGE SANTOS SOBRE LITERATURA Y TECNOLOGÍAS DIGITALES

Comparto la primera ponencia leída en el Primer Encuentro sobre Cultura Audiovisual y Tecnologías Digitales.

¿CÓMO ENTENDER LA LITERATURA EN LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS?

Por Jorge Santos Caballero

Para un individuo como yo, que se ha formado en la letra impresa según la idea de Gutenberg, resulta novedoso ser llamado a un evento como este para que hable de cómo entender la literatura en las nuevas tecnologías. Esa es mi primera incertidumbre a la que me lleva este Encuentro, y no puedo menos que quedar atrapado en coordenadas insospechadas, algo que en el juego de ajedrez se nombra zugzwng, es decir, poner al oponente en zona de peligro inminente ante cualquier variante que juegue.

Y digo esto, porque las nuevas tecnologías siguen siendo nuevas para mí y para nuestro medio social en correspondencia con el nivel de posibilidades reales para acercarse a ellas tomando en cuenta las condiciones socioeconómicas en que vivimos en Cuba. Bastaría con consultar el Informe Nacional del Censo de Población y Viviendas del 2012, que se expidió definitivamente en enero del 2014, para saber cuántas personas tienen acceso fijo y regular en el uso de las nuevas tecnologías en nuestro país, en particular, cuántas disponen de un ordenador propio para usarlo cada vez que lo deseen y, consiguientemente, saber la utilización de ese rubro tan simple en otros lugares del mundo, y qué incidencia tiene su uso en la población total de la Isla en estos momentos.

Por otro lado, es llamativo el hecho que el teléfono digital también ha invadido a nuestro medio, y ya son más que los de la telefonía analógica, aspecto que tampoco se puede obviar en un análisis casuístico de esta situación cubana. Pero, repito, para un individuo como yo que, posee en su haber un por ciento elevado libros leídos, me cabe el derecho de poder afirmar junto a Jorge Luis Borges, el gran intelectual argentino: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”, entonces la urgencia de aprender las nuevas tecnologías ha sobrepasado las expectativas para mi edad, pues no solo tuvimos que aprender a nadar en aguas turbias, sino que tuvimos que acudir al debate en ellas para subsistir.

Estas declaraciones apuntan a refrendar cierta nostalgia por la letra impresa y por el uso de las bibliotecas, y me trae el recuerdo de un texto de Mario Vargas Llosa, titulado Epitafio para una biblioteca, que publicara en la revista semanal Búsqueda, en Montevideo, Uruguay, el jueves 3 de julio de 1997, donde hace un análisis exhaustivo de lo que es una biblioteca y de lo que significó para él un recinto como ese en su formación intelectual. Haber leído ese artículo me provocó, desde luego, cierto recelo a que se perdieran las bibliotecas tradicionales definitivamente. Pero también sé que ellas, por una razón u otra, en todas partes del mundo han ido desperdiciando su encanto, quizás porque el volumen informativo es mucho mayor que cuando se instauraron en un lugar en específico, y su capacidad acumulativa de información la suplen muchas veces los centros dedicados a los trabajos investigativos. De esa manera, cualquier persona que pretenda apreciar la vigencia de una institución como lo es una biblioteca según su dinámica formativa que la ha caracterizado, debe saber que la misma está amenazada por algo más atractivo y necesitada de modificar su proyecto cultural o científico, porque corre el riesgo de quedar devaluada como ha ocurrido con frecuencia en muchos sitios.

En otro orden, si la interrelación entre cultura, tecnología y ciencia es una suerte de triada indisoluble, no puede dejar de tenerse presente el factor humano para que se manifieste dónde termina la hegemonía de esa triada, o de cada aspecto del mismo en solitario, y cuándo sobreviene el otro -el ser humano-. Si nos atenemos a los intelectuales que examinan y desarrollanmétodos de análisis cultural centrado en la tecnología, entonces habría que ponerse a pensar qué sobrevendrá después y por qué de esa pretensión, sin que ocurra una anarquía especulativa.

No es menos cierto que con la aparición de los estudios culturales y de los estudio de la ciencia, nos hemos percatado de la forma en que la tecnología se encuentra intrincada en una vasta zona de ámbitos complejosy de ejercicio profesionales. Pero tampoco podemos olvidar que las tecnologías no solo se aplican en esas áreas, la trasposición de la tecnologíadescompone los campos en sí y afecta cualquier intento de mapearla. Por ese intrincado camino arribamos un punto de vista sustancial, y es que la cultura, la ciencia y la tecnología, aunque distintos en cuanto a niveles específicos, están inextricablemente unidas entre sí de tal modo que cada una de ellas se funde con otras. Así, la tecnología moldea la cultura; la ciencia proporciona una base epistemológica a la tecnología; la tecno-cultura produce una tecno-ciencia, y la cultura siempre es, en definitiva, tecnología (aunque no siempre científica). Y para colmo, la ciencia a menudo legitima una práctica cultural. Por ello, asomarse a estos problemas resulta atractivo; pero, también, es riesgoso en la medida en que al hacerlo uno tiene que planteárselo desde el lugar en que está, no pensar en una utopía denigrante.

A partir de esas consideraciones, uno puede creer que la cuestión es solo de avanzar en la tecnología, pero el problema es otro: el espacio donde estamos. Y ese espacio tiene necesariamente que ajustarse a las condiciones socio-económicas existentes y en las que se debaten por su existencia. Lo que hay de nuevo en otros lugares, para nosotros es una idea vaga todavía, y no podemos comenzar a tratar de decodificarlo a priori. Quizás para los que hacen esa elección y consideran que es válido comenzar a rastrear otros horizontes, les cabe más que la utopía, una suerte de enfermedad contemplativa y contemporánea grave: la ingenuidad. Yo considero que es válido explorar nuevos terrenos, acercarse a ellos, sacar nuevas experiencias, detectar los nuevos significados, pero se debe partir de cómo pretendemos llegar a esos presupuestos si en la práctica no tenemos las herramientas. Quizás esa sea la clave de la incertidumbre que me persigue, porque considero legítimo el que nos superemos, el que veamos lo novedoso de la tecnología y lo admiremos, pero debe saberse hasta dónde se puede llegar en su utilización en determinadas condiciones socioeconómicas.

Y todo lo anterior nos lleva a otro dilema que debe tenerse presente: lo que es codificado de un modo por la fuente que emite un mensaje puede ser entendido (vale decir decodificado) de modo diverso por el receptor. Y esto es así porque los sujetos reales tienen, sí, un territorio en gran parte común (lo que les permite comunicarse de algún modo), pero también tienen sus historias, contextos, experiencias y sensibilidades del todo particulares. Además, en toda interacción comunicativa puede individualizarse siempre una cierta reciprocidad entre los interlocutores, que implica la idea de que el receptor envía señales a la fuente acerca del tipo de decodificación efectuado. Por tanto, en la mayor parte de las situaciones las personas son al mismo tiempo fuente y blanco de comunicaciones. Esta idea de reciprocidad lleva a concebir la comunicación como un proceso cuyo principio y fin no se pueden asilar. Y a decir verdad, cuando las nuevas tecnologías sobrevienen implican una metáfora que representa un nuevo proceso de comunicación concebido de un modo en que las partes están estrechamente unidas, pero los códigos no están al alcance de todos y, mucho menos, la tecnología como tal. Entonces esto significa que la comunicación se interrumpe mordazmente. Es como comprar un producto, a pesar de no darse las anheladas ventajas ni respetarse criterios.

Es perentorio que hagamos pensar y actuar en cuanto al uso de las nuevas tecnologías, pero si las generaciones más jóvenes no han leído a los clásicos infantiles, sino se les creó el hábito de la lectura, de nada le valen mil libros en una tabla, pues no lo leerán uno siquiera. Es como aquel individuo que andaba con la novela Paradiso, de José Lezama Lima, debajo del brazo y no la leyó nunca -o quizás leyó el capítulo ocho-, pero el resto no. Y así puede pasar con las nuevas tecnologías, quizás muchos hasta aprendan a meter los dedos en los teclados y hacer travesuras en cualquier medio digital, pero lo que es leer los mil libros de una biblioteca digital -que sería muy útil, por demás-, no, eso no lo harán. Sencillamente, porque no saben leer, no tienen ganas de leer, no se les creó el hábito por la lectura. He ahí un problema que debemos resolver: primero hay que aprender a leer y, luego, aprender las nuevas tecnologías, porque lo otro sería enfermarnos para después aprender a comer porque no lo hicimos antes.

Yo estoy por las nuevas tecnologías, por su uso y explotación de forma masiva, pero no me dejo atrapar por la simplicidad de lo que implica exaltarlas a planos inusitados por el solo hecho de las ventajas que propician, si quienes las devoran en su utilización no saben el significado de las cosas propiamente dichas. Por eso muchos creen que leyendo o tomando datos de Encarta o Wikipedia ya se adquiere cultura, y lo esencial es tener una disciplina para leer, para nutrir el intelecto. Por suerte, quizás un evento como este pueda ir conformando lo que sería un estudio antropológico de lo que entraña la tecnología como un juego serio acerca de complejas prácticas. Comprender lo que ello significa para los procesos de comunicación de diversas culturas, constituye una tarea propia para la etnografía; por lo menos, yo lo veo así.

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Publicado el febrero 13, 2016 en PRIMER ENCUENTRO SOBRE CULTURA AUDIOVISUAL Y TECNOLOGÍAS DIGITALES. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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