EL PAPEL DE LAS MEDIATECAS EN LA ERA DE LA REVOLUCIÓN DIGITAL

Esta fue mi contribución teórica al encuentro.

EL PAPEL DE LAS MEDIATECAS EN LA ERA DE LA REVOLUCIÓN DIGITAL

A diferencia de las bibliotecas tradicionales, esas que tanto hicieron fabular a Borges, y que ya son fácilmente reconocidas como instituciones públicas por el ciudadano común (si bien las visita cada vez menos), en Cuba las mediatecas carecen todavía de un estatus relevante que las distingan en el seno de la comunidad donde existen.

Esto es fácil de entender. Las mediatecas son de datación más bien reciente. Su nombre fue acuñado en los años ochenta del siglo pasado, justo en ese momento en que los archivos audiovisuales comenzaron a ser reconocidos como parte importante del legado humanista que antes se asociaba por lo general a lo escrito. Conceptualmente, una mediateca (o biblioteca híbrida) es ese lugar donde podemos encontrar libros, revistas, periódicos, pero también archivos sonoros y audiovisuales en los más diversos soportes.

Mientras que las bibliotecas se nutren del prestigio milenario que les aporta el objeto “libro”, las mediatecas tienen en su contra la vulnerabilidad y el carácter efímero que suele afectar tanto a los soportes que contienen los archivos a consultarse, como la capacidad de transfiguración de esos archivos.

Sin embargo, aunque lo anterior es un problema que reclama de un análisis riguroso, me gustaría ahora llamar la atención sobre nuestra rotunda falta de capacitación para impulsar desde las mediatecas el uso creativo de sus recursos y herramientas. Y es que si miramos con profundidad el asunto, la llamada campaña de ciberalfabetización de la que tanto hemos hablado necesita este país, tiene que empezar con el trabajo de las mediatecas, no de las bibliotecas tradicionales.

Quisiera esclarecer que no estoy profetizando la muerte de las bibliotecas como instituciones, toda vez que los cambios tecnológicos que se viven no han logrado convertir en obsoletas las funciones tradicionales que se asumen en estos centros, y descritas por Richard Gennaro como sigue: “seleccionar, organizar, conservar y proporcionar acceso a los registros del conocimiento humano en todas sus formas”.

Es decir, las funciones del bibliotecario, dirigidas a garantizar un sistema de ordenamiento lógico del conocimiento a través de actividades técnicas y científicas asociadas a la clasificación, indización, descripción del contenido y almacenamiento de la información, siguen conservando toda su vigencia. En todo caso de lo que hablo es del impacto tan profundo que ya va teniendo sobre ellas la revolución digital, y que ha propiciado que no pocos de estas bibliotecas del llamado Primer Mundo cada vez se preocupen más por garantizar el acceso a sus fondos utilizando la Internet (bibliotecas sin paredes, las llaman). Como señala el propio Gennaro:

La cuestión ahora no es cuántos volúmenes posee una biblioteca o qué tan grande es, sino con qué eficiencia puede ofrecer recursos necesarios a los usuarios mediante la nueva tecnología. La nueva tecnología no hará que las colecciones existentes de libros y revistas se vuelvan obsoletas e innecesarias, pero ya no serán los únicos –ni siquiera los principales- recursos de la biblioteca del futuro. En este mundo de recursos electrónicos, será menor la ventaja relativa de que actualmente goza un investigador en una importante biblioteca de investigación”.

Llevemos esta última observación al terreno práctico, planteándonos como objeto de análisis (por ser el ejemplo que más cerca tenemos acá en Camagüey) a la Mediateca existente en el Complejo Audiovisual Nuevo Mundo. En este lugar, gracias a la contribución de numerosos académicos de diversas partes del mundo, se cuenta con un impresionante catálogo de películas y publicaciones electrónicas especializadas en el audiovisual.

Por primera vez en Camagüey, la comunidad académica vinculada al cine (léase estudiantes y profesores), así como cineclubistas e interesados en sentido general en el fenómeno de las imágenes en movimiento, tienen en sus manos la llave de acceso al conocimiento científico de este universo. Los autores más reputados, las historias del cine más ambiciosas, pero también las que se detienen en el registro de lo nacional pensado desde las diversidades, las teorías más actualizadas en torno a los nuevos medios, los acercamientos por especialidades, etc, forman parte de esta mediateca a la que cuando uno se asoma, sin previo aviso o sin un guía, sencillamente queda para siempre desorientado.

Tanta información a mano, sin ni siquiera tener que acceder a Internet, a primera vista parece una gran ventaja. Y sin embargo, lejos de ser una solución en el plano epistemológico, nos está planteando nuevos desafíos, en el sentido observado por Mike Stubbs, director ejecutivo de la Fundación para el Arte y la Tecnología Creativa:

El acceso a la información en bruto es útil, pero la formación del conocimiento mediante la comparativa entre distintas posturas y opiniones sigue siendo un elemento clave. ¿Puede tener el mismo valor la creación de un archivo sin desarrollar una narrativa u ofrecer una perspectiva histórica de los contenidos? Generar una base de pruebas depende por supuesto del acceso que se tenga a los artefactos y datos que conforman nuestra historia, por lo que coleccionar, conservar y archivar constituye los tres factores clave en los cánones museológicos más tradicionales. Pero cuando los artefactos y los datos proliferan, mutan y se generan automáticamente, este enfoque tradicional resulta menos relevante y necesitamos nuevos términos y referencias, lo cual ya constituye de por sí un desafío enorme teniendo en cuenta que el papel de las instituciones, sean museos, galerías o bibliotecas, se considera en términos convencionales”.

O dicho de otro modo: en estos tiempos de revolución digital, no basta con tener en nuestras manos tantos tesoros informativos si no somos capaces de convertir esa información en algo relevante, es decir, en conocimiento que nos permitirá crear algo nuevo que, a su vez, nos reportará un beneficio en el plano individual y/o comunitario. Sale así a relucir la necesidad de reforzar la importancia institucional de las mediatecas, así como incrementar la constante capacitación de quienes trabajan en ellas a través de la alfabetización informacional. Y aquí vendría otro de los grandes peligros observados con anterioridad: pensar en las mediatecas como si se tratara de una modalidad algo más sofisticadas de esas bibliotecas en las que, hasta el otro día, nos estuvimos formando el grueso de los profesionales.

Elementos comunes hay, desde luego, pues tanto en la biblioteca como en la mediateca se persigue otorgarle un sentido al cúmulo de información dispersa que se posee. Pero hay una diferencia esencial que es lo que determinará la suerte de la gestión social del bibliotecario tradicional y el responsable de una mediateca. Mientras el primero trabaja con objetos concretos, materiales (es decir, libros, revistas, discos de música, etc) el segundo utiliza objetos digitales. Y un objeto digital no es un objeto en sí, sino en todo caso un proceso tecnológico con una gran capacidad para simular su condición de tangible, en tanto como apunta Attila Márton:

Nuestro patrimonio cultural digital adopta formas que ya no se asemejan a los artefactos físicos y relativamente estables a los que llevamos siglos acostumbrados. Las nuevas metáforas que se invocan para describir estos artefactos tienden a resaltar los rasgos fluidos, apenas palpables y efímeros de lo digital y de las operaciones informáticas”.

Esto significa que cuando nos enfrentamos al patrimonio de una mediateca estaríamos accediendo a algo que, como el milenario río de Heráclito, está permanentemente fluyendo, mutando, creciendo. Las copias digitales de los libros que allí se encuentran, por ejemplo, permiten que sus usuarios a su vez lo copien y transformen de acuerdo a sus intereses muy puntuales, y en muchos casos, sin que exista una postura auténticamente crítica o discriminatoria. Attila Márton describe este escenario inédito de la siguiente forma:

En otras palabras, los objetos digitales cobran vida mediante la organización de datos en red gracias a los procesos y cálculos de las TIC, que les otorgan unas características distintivas. Es decir, que los objetos digitales se pueden editar en gran medida, son interactivos, abiertos y se pueden distribuir así como combinarse de un modo modular y granular. Estas características y texturas compositivas, que se pueden resumir con la noción de carácter transfigurable, plantean graves problemas para las instituciones de patrimonio cultural en términos de cómo conservar objetos digitales para las generaciones futuras. El objetivo archivístico de otorgar accesibilidad persistente a testimonios auténticos y persistentes de nuestra época debe redefinirse para abordar la difusión del conocimiento que de manera cada vez más vertiginosa se produce mediante objetos digitales”.

¿Se entenderá ahora un poco mejor el papel de las mediatecas en nuestra vida contemporánea, y la tremenda responsabilidad de quienes laboren en ellas? Durante siglos la biblioteca tradicional ha tenido el encargo de preservar lo mejor del conocimiento y difundirlo entre los individuos. Esta función no va a desaparecer en la nueva era, pero necesitamos fortalecerla incorporándole habilidades que van más allá de la simple formación de usuario que se hace en una biblioteca tradicional.

Al mismo tiempo debemos esforzarnos por comprender las nuevas modalidades de difusión del conocimiento que ya están construyendo las tecnologías digitales, con el fin de que institucionalmente podamos intervenir en la formación de esos usuarios que, instalados en el espejismo del acceso democrático a la cultura, terminan manipulados por los intereses mezquinos de los poderosos.

Es decir, necesitamos ganar conciencia de que detrás de la benevolencia de los grandes consorcios que hoy operan globalmente con la tecnología, y que ponen a nuestra disposición millones de archivos, se esconde el afán de lucro, lo cual condicionará el contenido de eso que vamos a encontrar en la red. Es el peligro del que nos avisa Alessandro Ludovico, editor jefe de la revista “Neural” cuando apunta, a propósito de las operaciones de digitalización de obras literarias de Google:

En primer lugar, el acceso a esta gran cantidad de cultura está controlado y regulado por Google. No es la UNESCO, sino Google. No es una institución cultural internacional sin ánimo de lucro. Es un negocio privado global. En segundo lugar, debido a su enfoque específico, Google tiende a adquirir el tipo de cultura más «universal» existente para resultar tan popular como sea posible. ¿Qué ocurrirá entonces con el resto?”.

En este sentido, la creación de mediatecas como la que existe en el Complejo Audiovisual Nuevo Mundo (y que habría que apreciar como modestos esfuerzos de resistencia cultural) tendría que acompañar, junto al valioso acopio de la información, un trabajo permanente de promoción y debate de los fondos adquiridos.

Tendría la responsabilidad de elaborar catálogos que orienten al usuario por temáticas, autores, y todo lo que en la biblioteca tradicional ya es reconocido como parte de la práctica institucional, pero a su vez, ha de esforzarse por formar grupos de usuarios y comunidades de prácticas vinculadas a lo digital, organizar semanas de autor donde se discutan y se conceda visibilidad a las ideas que allí circulan, y sobre todo, necesita explotar eso que precisamente caracteriza a la era digital: la interactividad siempre fluida de los usuarios.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el febrero 13, 2016 en PRIMER ENCUENTRO SOBRE CULTURA AUDIOVISUAL Y TECNOLOGÍAS DIGITALES. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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