MARGARITA ALEXANDRE IN MEMÓRIAM

Margarita AlexandreFausto Canel me avisó casi en el mismo momento que la noticia llegara a sus oídos, pero no es hasta ahora que puedo sentarme a escribir algo breve en recuerdo de Margarita Alexandre Laborda (n. León, 3-oct-1923// m. Madrid, dic- 2015).

Casualmente estuve hablando de ella en el pasado Festival de Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, cuando presentamos Intrusos en el paraíso (Cineastas extranjeros en el cine cubano de los sesenta). Fue justo mientras preparaba la edición española de esta investigación, publicada originalmente por el Festival Cines del Sur (Granada, España), que conseguí conocerla personalmente, luego de un intenso intercambio de mensajes a través del correo electrónico.

Aquel encuentro lo conservo fresco en mi memoria. Pensé encontrarme con alguien ya de edad, con dificultades para hilvanar las memorias de tantas vivencias, y, en cambio, me tropecé con una persona llena de vitalidad, muy lúcida, y entusiasmadísima con la posibilidad de evocar su paso por Cuba, y sus contribuciones al desarrollo de una cinematografía (la promovida por el ICAIC), que partía literalmente de cero. Y cuando le hablaban de Titón, con quien trabajara como productora en películas como Las doce sillas, Cumbite y La muerte de un burócrata, el rostro se le transformaba.

Normalmente en la historia del cine lo que ha importado resaltar, casi siempre, es lo que han hecho los hombres. Desde luego, han sido ellos los que, por regla general, han impuesto los modos de hacer las películas. Desde dirigir lo que pasa en el set, colocar las cámaras, resaltar aquello que convertirán en objeto de deseos colectivos, hasta poner el dinero que cuesta aquello que veremos en las pantallas. De allí que mujeres como Margarita Alexandre resulten tan excepcionales, y sus historias de vida merezcan ser conocidas.

Su debut en el cine como actriz se produjo en Tierra y cielo (1941), de Fernández Ardavín, encarnando a una Virgen de Murillo. Luego vendrían algunos papeles en Porque te vi llorar (1941), de Orduña, Correo de Indias (1942), de Neville, Sabela de Cambados (1948), de Torrado, y Puebla de las mujeres (1953), donde coincide con quien será su futuro compañero sentimental y cómplice en cuestiones del arte cinematográfico: Rafael María Torrecilla.

Ambos realizan el documental Cristo (1954), tras lo que constituyen su propia productora Nervión Films, realizando los filmes La ciudad perdida (1955) y La gata (1955). Según el crítico español Jesús García de Dueñas, esta última “es un violento y turbio drama rural que mantiene una poderosa expresividad, pero la película es destacable en la historia del cine español fundamentalmente por ser la inaugural del auténtico formato cinemascope de la Fox, con la utilización de los objetivos originales Bell and Howell, que son de los tres o cuatro construidos en ese momento”.La gata de Margarita Alexandre

La vida de ambos cineastas cambió cuando en 1958 deciden viajar a México, y hacen una parada temporal en Cuba, con el fin de gestionar el visado. “Nos fuimos a Cuba por 15 días”, me escribió en uno de sus mensajes más tarde incluido en “Intrusos en el paraíso”, y nos quedamos 11 años”. Y allí está su impronta como productora en algunas de las películas más significativas del período. Y su hermosa amistad intelectual con Gutiérrez Alea, que perduraría hasta el momento de su muerte.

Para los que estamos interesados en abordar la historia del cine cubano desde una perspectiva múltiple, los testimonios de cineastas extranjeros que pasaron por la isla, como Margarita Alexandre, resultan fundamentales. De siempre el cine ha sido transnacional, y el cubano (no obstante su fortísimo perfil nacionalista) nunca estuvo exento de esa característica aglutinadora. Cineastas como la Alexandre ayudaron a conformar esa atmósfera de creatividad colectiva donde pareciera que se asistía a otra puesta en escena de la famosa fábula de la sopa de piedras, con los artistas extranjeros condimentando un plato cuyo contenido original más precario no podía ser, pese a la buena voluntad de los cocineros del patio.

De allí que sea todavía irrisoria la publicidad que se le ha dado a las diversas contribuciones de estos cineastas. A Margarita Alexandre le correspondería un lugar importante en esa historia por contar, ya no solo por ser cineasta, sino sobre todo por ser una mujer que se atrevió a desafiar no pocas reglas establecidas en su época, lo mismo en la España de Franco que en la Cuba que vivió como una cubana más, siempre buscando la realización auténtica de su ser.

Juan Antonio García Borrero

 

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Publicado el enero 4, 2016 en LA MIRADA DE LOS OTROS. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. alfredo melgar alexandre

    Muchas gracias, estimado Borrero, por esta certera y sentida glosa obituaria sobre mi madre.
    En efecto, Cuba significó siempre para mi madre, para Torrecilla y para mí, una experiencia humana inolvidable trufada de luces y sombras, de errores y aciertos. Y fue, sobre todo, una historia hermosa de afectos, amistades y amores. Alfredo Melgar Alexandre, Madrid.

  2. Alfredo, nada me tienes que agradecer. Fue un placer inmenso conocer a Margarita, y reconocer su impronta en el cine cubano es lo menos que podemos hacer. Un abrazo grande.

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