BREVE ELOGIO DEL CONFLICTO

Entre cubanos, ser un tipo “conflictivo” siempre se ha asociado a lo negativo. Esta imagen se hizo aún más intensa en los últimos cincuenta años de vida nacional, toda vez que generar conflictos podía interpretarse como una clara entrega de armas al enemigo, algo que dañaba a la Revolución.

Esta manera de interpretar el conflicto responde a esa visión ancestral en la cual se aspira a anularlo, con el fin de construir escenarios paradisíacos donde no existan oposiciones o disidencias. En esta visión utópica por imposible, los seres humanos no cuentan como tales, sino que apenas tendrá valor la meta a la que se aspira, sin importar lo idealizada o deshumanizada que ella pueda estar.

Otros interpretan el conflicto como algo natural, pero eludible a partir del entendimiento que puedan lograr las partes en disputa. Según este enfoque, los conflictos suelen ser más bien malentendidos. Quienes asumen esta posición son menos idealistas que los que desean borrar los antagonismos, en tanto admiten, con Heráclito, que la guerra es padre de todas las cosas, pero olvidan evaluar el impacto de las condiciones sociales en el fomento de esa hostilidad, y delegan la solución no tanto en el cambio de las sociedades donde viven los seres en conflicto, como en la transformación interior de los individuos, su educación en función de ciertos valores establecidos. Al final, hay también una suerte de apología velada al sinflictivismo, o lo que es lo mismo, a la armonía artificial diseñada por determinados grupos.

Una tercera posición aprueba el conflicto no solo como algo natural, sino que es necesario fomentar, con el fin de garantizar el permanente desarrollo. Aquí pienso en la visión marxista de la sociedad, donde el conflicto y su resolución es algo esencial. Concebida como filosofía de emancipación (y no de dominación), es de suponer que a Marx le interesaba que los individuos tomasen conciencia de su pertenencia de clase, pero también que defendiesen su capacidad de pensar por cabeza propia, con todo lo que ello implicase para el sujeto en ser calificado como conflictivo (de hecho, Marx ha quedado en la historia de la humanidad como uno de los individuos más conflictivos de los que se tenga noticia).

Llegado a este punto, se nos hace obvio que no es el conflicto en sí lo que resulta negativo o punible, sino las maneras en que este se resuelve, o se deja de resolver. En tal sentido, necesitamos una sociedad que sepa crecer con los conflictos, no que termine mutilada por ellos. Una sociedad sin conflictos sería la instantánea de algo que ya no vive, pues como otras veces he apuntado, solo los muertos gozan del raro privilegio de la paz.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el diciembre 2, 2015 en POLÉMICAS, REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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