ARTURO ARANGO SOBRE LA ASAMBLEA DE CINEASTAS

Sábado reflexivo y plural

Por Arturo Arango

La Asamblea de Cineastas de este sábado 28 de noviembre fue distinta. Antes, el 31 de octubre, habíamos acordado discutir sobre política cultural y contenidos en el audiovisual cubano, lo que equivale a tomar por los cuernos al toro de la censura.

El g-20 conocía ya el texto del director Enrique Colina “De la censura y sus demonios”, profusamente difundido por correo electrónico a fines de octubre. A Colina se sumaron dos importantes ensayistas y críticos: Juan Antonio García Borrero, con “Fenomenología de la autocensura”, y Dean Luis Reyes, con análisis a partir de obras recientes, en lo fundamental de jóvenes.

La Asamblea, entonces, tendría un tono inusual. Queríamos que evitara lo anecdótico, lo catártico (siempre presente cuando el asunto a tratar pasa sobre traumas del pasado o heridas recientes) y se acercara a un propósito casi imposible: que tuviera, a un tiempo, altura y profundidad. Altura ética y profundidad conceptual.

Roberto Smith, en su condición de presidente del ICAIC, pidió leer dos cuartillas antes de que comenzara la lectura de las ponencias (¿eran ponencias, eran ensayos?). Dijo Smith que aunque el ICAIC estaba hoy “lejos de sus tiempos fundacionales y de sus mismos fundadores”, debemos continuar defendiéndolo “como un espacio para el debate de las ideas más complejas, abierto a la pluralidad de criterios, aunque nadie puede perder de vista que los que aquí representamos a la institución, como muchos de ustedes, estamos para defender, por encima de todo, a la cultura cubana y a la propia Revolución”.

“Cultura cubana” y “Revolución”, reconoció Smith, “pueden tener diferentes significados para los que estamos compartiendo este espacio. Entre nosotros están cineastas de distintas generaciones y de disímiles experiencias. Vivimos la misma realidad, pero los puntos de vista pueden ser diferentes, contradictorios o antagónicos. La diversidad no debería separarnos. La diversidad debería ser fuente de riqueza. Sabemos que es difícil, pero debemos intentarlo”.

Atendiendo a la manera como algunas de las Asambleas han sido reseñadas por quienes quieren “separar en extremos antagónicos a las instituciones y a los creadores”, Smith añadió que “cualquier generalización es dañina, venga de donde venga. Las instituciones no son burocracias autoritarias e intolerantes. La inmensa riqueza de la cultura cubana se ha forjado, en tiempos de Revolución, en un escenario donde la obra de los creadores, unidos al trabajo de las instituciones, nos ha permitido desafiar grandes limitaciones materiales, económicas y espirituales”.

El primero de los designados para hacer uso de la palabra fue Enrique Colina. Su texto parte de la idea de que todos los actos de censura han operado como boomerang y, lejos de defender la Revolución, terminan lacerando “el prestigio político del proceso revolucionario, el mismo que fomentó y desarrolló desde su inicio las diversas expresiones artísticas que hoy sustentan y refuerzan nuestra identidad nacional y garantizan la continuidad del legado positivo de esta etapa de nuestra historia”. Se trata, en palabras de Colina, de una conducta de intolerancia que “expresa más bien la debilidad y el raquitismo intelectual y político para asumir un debate abierto y responsable con razones y argumentos que alimenten una confianza solidaria para buscar soluciones a los problemas que se denuncian en la obra”, de manera que “no se repita esta triste historia de alentar esa combatividad ‘revolucionaria’ propensa a amordazar el pensamiento y a convertir en enfermiza paranoia la lógica precaución que supone asumir un cambio como el que se está produciendo en nuestro país”.

Sin embargo, “la literatura, el cine, el teatro y las artes plásticas han contribuido con muchas de sus creaciones a confrontarnos con este muro del silencio protegido por los cancerberos ideológicos que censuran y condenan en nombre de la Revolución cuando en realidad lo que hacen es vulnerar los pilares humanistas de su continuidad”.

Por su parte, Juan Antonio García Borrero (cuyo texto leí porque Juany no pudo abandonar su querido Camagüey) partió de la convicción de que “la censura no dejará de existir en las sociedades humanas mientras existan relaciones de poder y determinados grupos luchen por legitimar sus maneras de apreciar la vida y las jerarquías construidas en el seno de esa sociedad donde viven”. En el caso cubano, además, muchos de esos actos se han cometido en un contexto marcado por “cinco décadas de enfrentamiento político al país más poderoso del planeta”, por lo que “en esas circunstancias extremas, era fácil que, aun cuando la más rigurosa argumentación estuviese por medio, te tildasen de enemigo si deslizabas en la esfera pública alguna crítica a los poderes establecidos”.

Atento siempre a las condiciones que acompañan el pensamiento y las obras de arte, Juan Antonio reconoce que “hoy las circunstancias son otras. El propio presidente cubano en su discurso del 17D nos está estimulando a aprender a convivir con las diferencias, y a entender que las mismas son las que garantizan el desarrollo. Y eso implica también aprender a ejercer el pensamiento crítico como algo más que simple desahogo”. Por tal razón, “además de gritar por lo que padecemos, necesitamos construir agendas prácticas que nos permitan pasar de la retórica que amontona quejas contra la censura institucional, al entrenamiento sistemático que contribuya a tomar conciencia del daño que causa la autocensura”.

Para Juany, “la libertad de expresión debe ir acompañada de la responsabilidad social, y de una búsqueda de la verdad, entendida como algo que no incumbe a un grupo, sino a la comunidad a la que pertenecemos. Y no hay manera de poner a salvo esa responsabilidad si no es a través del debate permanente y desprejuiciado de las metas perseguidas en colectivo o, lo que es lo mismo, perseguidas por la nación”.

El tercero y último ponente fue Dean Luis Reyes, quien leyó un texto aún en proceso (y sin título). En su análisis de varias obras audiovisuales de los últimos dos años, Dean Luis advierte modos distintos de encarar el pasado y de aventurar una imagen del futuro: “El legado del cine cubano está en todas estas películas de hoy. En los homenajes expresos así como en las sutilezas aprobatorias y en los rechazos tajantes. El trabajo del cine cubano de la Revolución está en ellas y en el propio acontecimiento de que podamos reunirnos aquí a conversar sobre un patrimonio que nos atañe. Aquel cine asumió la tarea de producir una comunidad imaginada, en el sentido de Benedict Anderson, que contribuyera a fomentar la unidad en un país de enormes distancias sociales y sicológicas. El cine del ICAIC fue un medio productor de hegemonía política, a través de un proceso de creación de lealtades, de cristalización de sentimientos de arraigo y pertenencia a un colectivo nacional, que despertara el corazón y la voluntad de la gente”.

Pero mientras que, de acuerdo con sus palabras “en Cuba, ahora mismo, la pregunta por los legados está en todas partes”, le preocupa que “la de la continuidad, en casi ninguna”. Por ello su pregunta principal acaso sea “qué viene después de hoy. Cómo se administra el futuro sin obviar que se posa sobre una cosa que estuvo antes en el mismo lugar, pero que lentamente va dejando de existir, o al menos de tener valor de uso, simplemente porque las instrucciones acerca de cómo utilizarlo se borraron o van siendo olvidadas lenta pero inexorablemente”.

Por lo citado hasta ahora, parecería que Dean Luis se apartaba del tema de la censura que nos había reunido esa tarde. Todo lo contrario. Entrando en materia, su texto afirma que “la pregunta por lo cubano en el cine como cuestión cultural jamás ha estado ajena de la política estatal. Al poder. Y esta esfera de obras escapa en buena medida de los marcos del cine como servicio público o, al menos, como correlato del poder en Cuba”, porque “el realizador independiente del presente responde a un sistema de creencias mucho menos ajustado a la agenda administrativa y a los propósitos de la ideología oficial. Más que un factor central del funcionamiento de la hegemonía dentro de la Cuba actual, los cineastas, en grado sumo los documentalistas, son la expresión de las fracturas en la sincronía entre el discurso de la superestructura ideológica de la sociedad y sus difusores y cajas de resonancia en el espacio público”. Nada más ni nada menos, sobre todo porque “si un rasgo ha caracterizado como centro de la actividad estética a la cultura del cine revolucionaria en sus momentos más altos es la pregunta por lo político. Lo político, aclaro, como intervención en los asuntos públicos, en los problemas del común. El gesto más alto del cine cubano de la revolución, como aspiración teórica del socialismo mismo, ha sido aspirar a politizar a su sociedad, anhelar a un interlocutor que sea agente de su circunstancia, y hacer del cine un ágora virtual donde verificar el funcionamiento democrático de la polis”.

Como esta crónica, que ha ido tomando la forma de una relatoría, se va haciendo demasiado extensa para las impaciencias de hoy, me apresuro a resumir que, después de nuestros tres ponentes, varios cineastas expusieron ideas que colocaban el asunto en el aquí y ahora (y no siempre con “altura y profundidad”: todo sea dicho). En especial, muchos se refirieron a lo que ya es llamado el “caso Cremata”, a quien la Asamblea acordó apoyar. Al respecto, Colina, en su intervención, reconoció que lo sucedido al cineasta y teatrista lo movió a escribir las páginas leídas, y se preguntó “¿por qué la censura a la adaptación y puesta en escena de una obra que de por sí tiene un alto contenido de provocación perfectamente compatible con la función estremecedora de un arte que pretende romper tabúes, conmover y convocarnos a pensar, a tomar partido a favor o en contra de su propuesta? ¿Tenemos o no un público culto y comprometido con las ideas y principios revolucionarios capaz de sacar sus propias conclusiones para aprobarla o rechazarla? ¿Qué verdadero sentido constructivo tiene una censura excluyente sin que medie el debate entre todos aquellos que realizan esa actividad artística y que potencialmente están sujetos a la misma arbitrariedad?”

Minutos antes de que terminara la Asamblea, un episodio que los sensacionalistas de seguro van a difundir de forma epidérmica interrumpió su natural desarrollo. Yo prefiero en esta relatoría no desviarme de lo esencial: las ideas que allí se expusieron. Y tomo prestadas para concluir algunas ideas de Dean Luis Reyes:

“Hasta que este panorama no sea entendido como deseada consecuencia de una cultura crítica y liberadora, que es el mejor fruto del socialismo en Cuba, se seguirá desaprovechando la enorme posibilidad de discusión que proporciona. Hasta que no se asuma que las relaciones entre ese fruto y el poder jamás serán cómodas, seguiremos teniendo tibiezas y roces ingenuos. Ahora mismo que el país demanda valores sólidos y auténticos con qué dialogar como igual con el universo, he aquí un patrimonio de complejidad y pasión por la verdad. El cine de hoy ya prefigura la sociedad del mañana. Incluso, en su desacuerdo con quienes toman decisiones. O en su repudio a devolver la imagen de un país que ya no existe, para en cambio exhibir un universo de relaciones expandido y en mutación perenne, que no se rige por una doctrina única ni por un cine idéntico a sí mismo”.

“Yo quiero ver ese país que el cine cubano empieza a mostrar”, dice Dean Luis. Y yo también.

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Publicado el noviembre 30, 2015 en FORO DE CINEASTAS CUBANOS. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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