FENOMENOLOGÍA DE LA AUTOCENSURA EN CUBA

Cuando recibí la invitación de los cineastas cubanos representados por el G20, con el fin de exponer ante ellos algunas ideas vinculadas a “la censura y la relación de las autoridades con los creadores y con la cultura en general”, temí que todo lo que podría aportar sobre este complejo asunto ya lo hubiera expuesto en mi blog en varias ocasiones. Sin embargo, creo que dada la complejidad del fenómeno, un pensamiento que se pretenda analítico con el mismo antes que catártico, siempre encontrará ángulos nuevos que explorar.

Por otro lado, el hecho de que me aseguren que enel encuentro que se convoca pesa más la voluntad de pensar críticamente el fenómeno que el inventario de anécdotas, es algo que me estimula. Lamentablemente nuestras asambleas no se distancian demasiado de aquello que Napoleón apuntaba en su época (“Es muy raro que una Asamblea razone; se apasionan con demasiada rapidez”); pocas buscan el intercambio fértil y razonable de ideas que, sin renunciar a la polémica y a lo pasional, propongan adentrarse en las esencias de nuestros problemas, y aspiren a construir un consenso mínimo sobre el cual trabajar.En consonancia con lo anterior, me gustaría abordar el tema de la censura institucional en nuestro país desde un ángulo que, a mi juicio, viene siendo uno de los puntos ciegos que han tenido nuestros análisisal respecto: el de la autocensura institucional.

No es que piense que el análisis de la censura en Cuba sea menos importante, o que la misma no exista. De hecho, creo que la censura no dejará de existir en las sociedades humanas mientras existan relaciones de poder, y determinados grupos luchen por legitimar sus maneras de apreciar la vida y las jerarquías construidas en el seno de esa sociedad donde viven. Por otro lado, nadie escapa de ser un censor, lo mismo en lo público que en lo privado; y pongo el ejemplo más cercano que conozco: en mi blog nunca me ha temblado la mano para censurar aquellos comentarios o intervenciones (y que, por suerte, han sido numéricamente insignificantes) que agredan a las personas que exponen sus ideas.

Sin embargo, creo que en Cuba la censura no nos está haciendo tanto daño como la autocensura. Y ese daño es aún mayor cuando la autocensura se convierte en algo institucional, quiero decir, cuando las instituciones (a través de las decisiones muy humanas que toman quienes las dirigen) terminan replegándose en su accionar por temor o miedo a violar algo que tal vez no está escrito, pero que el directivo asume como una ordensuperior, como un límite que nunca se debiera traspasar, debido a las incertidumbres que ello acarrearía.Desde luego, no hay que confundir la autocensura con eso otro que en el periodismo, por ejemplo, los expertos llaman autorregulación periodística, y que sirve para construir a diario consensos invisibles dentro de la sociedad civil.

Quisiera precisar que estoy intentando aproximarme al problema de la autocensura institucional en Cuba desde una perspectiva donde lo óntico o la percepción de un individuo aislado no sea lo relevante. O al menos lo más crucial. Antes, me interesa indagar en las causas y consecuencias de aquello que Bourdieu advertía en uno de sus escritos: “La gente se deja llevar por una forma consciente o inconsciente de autocensura, sin que haga falta efectuar llamadas al orden”.

O sea, no estoy hablando de la valentía o la cobardía que los seres humanos podemos experimentar en determinadas circunstancias, y que el resto de los miembros de la sociedad evaluarán de acuerdo a los parámetros morales que rijan en el momento de la experiencia, sino de algo más esencial y más complejo. De modo que cuando menciono el miedo que podemos sentir ante lo incierto, y que nos paraliza a la hora de intervenir de un modo creativo en lo público, estoy aludiendo a lo que en el plano ontológico Heidegger describe en Ser y tiempo, al mencionarnos la angustia, el miedo, el susto, como pilares deesa disposición afectiva que determinará el rumbo de nuestras elecciones individuales.

De allí que no se pueda desligar a la censura (ejercida de modo oficial por un poder concreto en fecha puntual) de ese correlato que es la autocensura, y que de modo inconsciente todos contribuimos a consolidar como gran aliada de la primera. Si la censura institucional es fácil de localizar y hasta combatir (aun cuando el acto censurador siga teniendo vigencia por cierto tiempo, ya sea de modo legítimo u arbitrario), la autocensura sí que es casi imposible de confrontar, debido a que en la censura se pueden convertir en objeto (es decir, en algo tangible) aquello o aquellos que nos provoca indignación o desacuerdo, pero en la autocensura todo opera en la subjetividad: en la censura, los responsables siempre serán otros a los cuales se les puede cuestionar; en la autocensura el enemigo a combatir está en nosotros mismos, y los seres humanos no estamos diseñados de un modo natural para la autocrítica.

Llevando esto al contexto cinematográfico cubano, advertiríamos que la censura fílmica en Cubapocas veces se ha mostrado de un modo explícito en su historia. Es decir, apenas encontraremos un decreto oficial como el que existió cuando la prohibición pública de PM (1961), el imprevistamente célebre documental de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal que diera lugar a las hoy conocidas “Palabras a los intelectuales” de Fidel Castro. En sentido general, los directivos suelen tomar sus decisiones o inhibirse de hacer algo a partir de lo que imaginan está establecido (aún sin estar escrito) por los máximos dirigentes ideológicos.

Intentemos encontrar la comunicación oficial que impide que las películas producidas por el ICAIC pasen de un modo normal por las pequeñas pantallas de nuestros televisores. Igualmente pidamos a las autoridades el documento legal que establece que las películas filmadas por Rolando Díaz (quien reside fuera de la isla desde los noventa) no pueden ser exhibidas en nuestros cines, a pesar de que el público cubano se identificaría de inmediato con las historias que narran. Tratemos de encontrar algún texto oficial que dictamine que Regreso a Ítaca es improyectable en nuestras salas, por las razones que sean. Pidamos copia de la comunicación que decide que no puede hablarse de la Ley de Cine en los medios oficiales cubanos. En cada uno de esos casos, estaremos condenados al fracaso en nuestras búsquedas, y, sin embargo, todos los que dirigen nuestras instituciones se sentirán respaldados por un código no escrito que establece, como el célebre y despóticoUno de Heidegger, qué es lo que se debe leer, escribir, ver, hablar, no hablar, etc.[1]

Es decir, es obvio que los directivos del ICAIC sospechan que algo anda muy mal en este país, cuando las producciones que fomenta nuestro principal centro productor de audiovisuales no alcanzan a ser reconocidas por nuestro sistema televisivo. Y a pesar de que esa evidencia resalta la noche intelectual que vivimos en este aspecto, no se impugna, sino que se asume como algo natural. Es allí cuando se impone de modo hegemónico la autocensura institucional, y se procede a funcionar en pleno siglo XXI como aquellos tiempos en que San Agustín ponía a circular la célebre locución latina: Roma locuta, causa finita (Roma ha hablado, el caso está cerrado). Solo que, entre nosotros, Roma casi nunca da la cara.

Ahora bien, no es simplemente con la denuncia de estos males que podremos contribuir a que, tarde o temprano, la institucionalidad en Cuba (porque en definitiva necesitamos un país cuyas instituciones funcionen) adquiera un sentido creador. Además de gritar por lo que padecemos, necesitamos construir agendas prácticas que nos permita pasar de la retórica que amontona quejas contra la censura institucional, al entrenamiento sistemático que contribuya a tomar conciencia del daño que causa la autocensura.He allí un desafío mayor y más a largo plazo, porque está visto que los censores van y vienen en sus puestos públicos, pero el autocensor que llevamos dentro es un intruso que viajará con nosotros mientras se viva.Así que depende del individuo y solo del individuo, como alertaba Sartre en aquel famoso ensayo sobre el humanismo existencialista, elegir de manera tal que a los males que ya existen no se les sume nuestra falsa neutralidad o indiferencia.

No soy inocente. Sé que si la autocensura institucional o individual ha adquirido dentro de la sociedad cubana esas dimensiones que hoy describimos, es porque antes la censura consiguió naturalizar en nosotros (los ciudadanos) el miedo a expresarnos libremente. Las causas son bien conocidas. Han sido cinco décadas de enfrentamiento político al país más poderoso del planeta, y en esas circunstancias extremas, era fácil que, aun cuando la más rigurosa argumentación estuviese por medio, te tildasen de enemigo si deslizabas en la esfera pública alguna crítica a los poderes establecidos.

Hoy las circunstancias son otras. El propio presidente cubano en su discurso del 17D nos está estimulando a aprender a convivir con las diferencias, y a entender que las mismas, son las que garantizan el desarrollo. Y eso implica también aprender a ejercer el pensamiento crítico como algo más que simple desahogo.

Como otras veces he expresado, para mí la libertad de expresión debe ir acompañada de la responsabilidad social, y de una búsqueda de la verdad, entendida como algo que no incumbe a un grupo, sino a la comunidad a la que pertenecemos. Y no hay manera de poner a salvo esa responsabilidad si no es a través del debate permanente y desprejuiciado de las metas perseguidas en colectivo, o lo que es lo mismo, perseguidas por la nación. Quien se interese por la verdadhistórica que descansa detrás de todas nuestras porfías, y no por la verdad parcial que le interesaría a un grupo, debe asumir ante todo una postura filosófica, sin perder de vista aquella observación de Bertrand Russell: “Cuando se ponen límites, consciente o inconscientemente, a la búsqueda de la verdad, la filosofía se paraliza por el temor y se prepara el terreno para una censura gubernamental que castigue a los que expresan “pensamientos peligrosos” – de hecho, el filósofo ha establecido ya tal censura sobre sus propias investigaciones”.

En tal sentido, la calidad de esos debates que necesitamos no se nutriría de la estridencia de lo que se discute, sino del mérito de los argumentos que se usen en esadiscusión. ¿Cómo contribuir, entonces, a que nuestras polémicas nos ayuden a crecer como ciudadanos, en vez de anularnos?, ¿cómo poner en evidencia que el ejercicio de la autocensura siempre será menos rentable que el uso de la libertad espiritual?

Por supuesto que no tengo una fórmula mágica, pero intuyo que si algo nos vamos a proponer en esa dirección, ese algo debe comenzar recuperando al individuo como ente crítico dentro del proceso. Y para ello será crucial que las más nuevas generaciones (las que mañana tendrán las riendas de la nación), hagan suyo ese entrenamiento sistemático a través del cual la diversidad de percepciones no se interprete como debilidad, sino en todo caso como banquete de ideas que nos alimentará más,en la misma medida en que tengamos un mayor número de referencias y matices.

Y creo que nos corresponde a los críticos, a los investigadores, a los historiadores, ser creativos a la hora de transmitir los conocimientos que tengamos sobre las épocas tan complejas que se han vivido. Debemos huir del maniqueísmo inconsciente en que a veces caemos cuando intentamos explicar las polémicas que han tenido lugar en el país. Por eso quisiera, a modo de conclusión, poner un ejemplo de algo que intento hacer en clases sobre todo con mis alumnos más jóvenes, y que busca familiarizarlos con los contextos en que se originaron esos debates cinematográficos que, de vez en cuando, han sacudido al país.

Y es que desde hace algún tiempo preparo un libro que he titulado “Diez películas que estremecieron a Cuba”, que trata de repasar lo acontecido con la política cultural cubana después de 1959, pero desde la perspectiva del cine y sus controversias públicas. La idea es tomar un grupo de películas que han sido polémicas, como PM, Retrato de Teresa, Alicia en el Pueblo de Maravillas o Guantanamera,por citar algunas,y entender entre todos (nunca justificar, sino entender) las circunstancias que propiciaron que estallara la polémica y a veces la censura oficial.

Normalmente divido a los alumnos en dos grupos: uno se dedicará a defender el punto de vista de quienes en su momento censuraron PM, por ejemplo, y el otro, el de aquellos que se opusieron a la prohibición, pero ahora, gracias a algo que hace poco me comentaba el escritor y amigo Manuel Alberto Ramy, relacionado con antiguas prácticas de los jesuitas en sus colegios cubanos, les indico a los alumnos que optaron por defender a los censores que asuman el punto de vista contrario, y viceversa.

Creo que eso les ayuda a romper con ese horizonte de expectativas que ya les había prediseñado (como en un guión de hierro) la visión heredadadel asunto, y los obliga a ponerse en la piel de “los otros”, o lo que es lo mismo, ponerse en las circunstancias vividas por aquellos. De ese modo, no justificaríamos ni a los censores ni a las víctimas, sino que estaríamos entendiendo un poco mejor en qué circunstancias se movieron estos, y estaríamos contribuyendo a construir una base dialógica crítica, que se me antoja imprescindible si queremos destruir esa complicidadestablecida entre los censores que a veces aparecen y desaparecen de nuestras vidas, y el autocensor que todo el tiempo llevaremos dentro.

Juan Antonio García Borrero

Nota:

[1] Véase en “Ser y tiempo” el parágrafo “El ser‐sí‐mismo cotidiano y el Uno” y este segmento que mejor descripción no puede ofrecer: “En la utilización de los medios de locomoción pública, en el empleo de los servicios de información (periódicos), cada cual es igual al otro. Esta forma de convivir disuelve completamente al Dasein propio en el modo de ser “de los otros”, y esto, hasta tal punto, que los otros desaparecen aún más en cuanto distinguibles y explícitos. Sin llamar la atención y sin que se lo pueda constatar, el Uno despliega una auténtica dictadura. Gozamos y nos divertimos como se goza; leemos, vemos y juzgamos sobre literatura y arte como se ve y se juzga; pero también nos apartamos del “montón” como se debe hacer; encontramos “irritante” lo que se debe encontrar irritante. El Uno, que no es nadie determinado y que son todos (pero no como la suma de ellos), prescribe el modo de ser de la cotidianidad”.

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Publicado el noviembre 29, 2015 en FORO DE CINEASTAS CUBANOS. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

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