GONZÁLEZ ROJAS SOBRE LA CULTURA DEL DEBATE EN LA CUBA DE AHORA MISMO

¡Trinchera no, ágora!

Por: Antonio Enrique González Rojas

El contexto cultural (intelectual y artístico) cubano delata en este minuto una intensificación saludable de la polémica sobre temas tan acuciantes e inaplazables como la propia pertinencia y funcionalidad del sistema institucional de la nación tal como marcha ahora mismo; signado como está, sobre todo, por el definitivo resquebrajamiento de la hegemonía que ha mantenido sobre los flujos de contenidos y su difusión, y sobre los medios de producción creativa.

Por una agorera coincidencia, las discusiones han iniciado alrededor del audiovisual, categoría que ya engulle al cine, puristamente considerado. La fundación del ICAIC, primera ley cultural generada por el proceso sociopolítico, entonces nuevo, que inició tres meses antes de tal edicto, marca ahora una nueva encrucijada que exige ya las urgentes redefiniciones y redimensionamientos de sus roles ortodoxos. So pena de implosionar alrededor de un tozudo núcleo renegador de las nuevas circunstancias. Está llamado a ser eje negociador y orientador de un panorama marcado ya (con resultados viables y palpables) por la gestión de numerosas iniciativas singulares, y no un administrador omnipotente de todos los recursos e ideas.

Las voces de realizadores y críticos han alcanzado importante resonancia en el ciberespacio, propicio y definitivo gran escenario donde plasmar, en equidad de condiciones, la multiplicidad de criterios, cuyo contraste y engarce facilitan la urdimbre de nuevos sentidos culturales. Internet (amén de todas las impugnaciones como constructo imperialista y manipulador) ha resultado para la cultura cubana, allende y aquende los mares, espacio neutro, dialógico, donde existe lugar de sobra para todas las expresiones posibles, desde las más conservadoras hasta las más progresistas. Escepticismo, ortodoxia, vehemencia, conciliación, heterodoxia, utopía, distopía, anarquía, sospecha, optimismo, pesimismo, diálogo, intolerancia; todas las voces todas resuenan en esta nueva ágora.

Ante este estado de cosas, es inevitable mirar hacia los primeros años de los años sesenta cubanos, donde las polémicas encendidas también determinaban el contexto, donde la multiplicidad de espacios editoriales favorecía la diversidad y confrontación de opiniones. También resulta inevitable recordar el paulatino repliegue de facciones cada vez más encarnizadas e intolerantes hasta trincheras que las aislaban definitivamente de las posibilidades reales de entendimiento, colaboración y respeto por la diferencia.

Ante la naturaleza de las técnicas (proliferaron las nociones de asedio, ataque, sitio) empleadas entonces, las circunstancias tomaron cada vez más el cariz de irreconciliable contienda entre bandos, antagónicos hasta las últimas consecuencias. El abierto descrédito personal, la denuncia, la persecución y la censura directa, sustituyeron entonces las más nítidas estrategias del entendimiento dialógico. La intransigencia se volvió segregación.

El ágora se asfixió bajo los humos grises de los setenta, pervivieron las trincheras y los ghettos, y el síndrome de la plaza sitiada marcó indeleblemente los procederes institucionales, que se alzaron triunfantes y hegemónicos sobre tan triste panorama.

Sobre las polémicas del presente —en una época donde la posibilidad de expresión diversa es de nuevo real, posible e ineluctable— se ciernen de nuevo los sombríos nubarrones del pasado reciente. Aunque las instituciones han decidido, con gran fortuna, aceptar e ingresar en la brega polémica, parecen re-excavarse asimismo las viejas trincheras. Ante la nitidez de los criterios y la abierta postura de los indistintamente involucrados, resurge de su tumba el viejo fantasma del pseudónimo inquisidor y furibundo replicador, como lo fue el tristemente célebre Leopoldo Ávila.

Cobran filo las viejas armas punzantes del descrédito, el vituperio, la acusación, la intolerancia y las purgas en nóminas mediáticas. No se impugnan ideas, sino personas. Todos estos recursos de bélica agresividad son esgrimidos bajo el pendón de una innecesaria paranoia conservadora, que no quiere renunciar a la comodidad del topo, para remontar el ágora luminosa y martiana, donde todos dialogarán con todos y por el bien de todos.

Esta “ofensiva”, lanzada desde la incapacidad de no ver al otro, al divergente, como algo más que un enemigo al que aplastar y repeler, sólo delata enquistamiento antidialéctico, tozudez atávica, pero sobre todo temores, incapacidad de dialogar en condiciones de iguales, desde una postura transversalizadora, equitativa, que revierta verticalismos y voluntarismos. No se acaba de comprender que en lo absoluto se vive una guerra, porque no hay enemigos. Confrontar no es atacar.

Claro que en medio del ágora es inevitable perfilar posturas, alianzas y polaridades, pero siempre desde el respeto al inalienable derecho del otro a manifestar nítidamente su criterio sin ser considerado un “ataque” a nadie ni a nada, ni una “traición” merecedora de represalias y condenas públicas, con todos los vejámenes y daños que estas implican.

Algunos no parecen enterarse de que Cuba no debe ser una liza donde combatir hasta la muerte, sino un ágora donde dialogar, dialogar y dialogar —disentir, disentir, consensuar, consensuar—. Nadie quiere demoler las instituciones, ni sabotear integridades, sino avisar del inevitable redimensionamiento de muchos esquemas, para que abracen los potenciales infinitos que les ofrece el presente. Para que sin renunciar a sus principios marchen al ritmo de la época, al ritmo que Cuba les propone, y no viceversa…

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Publicado el noviembre 23, 2015 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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