LEYENDO EL FUTURO, TIRANDO LOS CARACOLES. OTRA VEZ

He demorado un poco en colgar mis impresiones sobre lo sucedido el primer día en el Caracol, pero espero que las reflexiones sigan teniendo un mínimo de vigencia…

JAGB

En la primera sesión teórica del XXXVII Concurso Caracol tuve la suerte de acompañar en la mesa a tres especialistas que mucho respeto: Rolando Pérez Betancourt (guionista y conductor del programa televisivo “La séptima puerta”), el ingeniero y profesor auxiliar de la FAMCA Juan Antonio Caballero Nuviola, y el joven crítico y periodista Antonio Enrique González Rojas. Convocados por Soledad Cruz, coordinadora teórica del encuentro, nos tocó hablar en una mesa que tenía el siguiente título: “Nuevas tecnologías, ¿nuevos lenguajes?”.

Como era de esperar, el tema despertó posiciones encontradas. Pérez Betancourt nos ofreció una panorámica del uso de la tecnología en el cine como dispositivo que jamás se muestra ajeno a lo ideológico, aun cuando prometa ofrecernos inofensivos espectáculos, mientras que mi tocayo Caballero Nuviola nos introducía en el fenómeno, pero desde la perspectiva del ingeniero, es decir, desde la posición de quien intenta aprehender el fenómeno en su concepción primera, referida en este caso a lo que implica la revolución digital, en los procesos de producción, distribución y consumo, algo que el texto de González Rojas calzaría de un modo muy convincente, partiendo en este caso del impacto cultural que han tenido estas tecnologías en el receptor de estos tiempos (que cada vez abandona más su antigua posición de consumidor “pasivo” para entregarse de lleno al prosumo activo).

Sobre la base de lo que escuché, intenté insertar en lo que hasta ese momento se discutía, la inquietud epistemológica de quien tomando conciencia de los desafíos que nos esperan, se detiene a pensar, no tanto en el qué necesitamos hacer (que en teoría ya todos lo sabemos), como en la agenda práctica que deberíamos elaborar, con el fin de fomentar el uso creativo de las nuevas tecnologías desde lo institucional.

Quisiera esclarecer esto último, porque pareciera que cuando enfatizo el papel que deben jugar las instituciones en este proceso que ya vivimos, estoy proponiendo que el Estado, a través de sus instituciones, confisque parte de esa libertad que han logrado conquistar los individuos usando los recursos que nos brinda la revolución electrónica. Nada más alejado de mi aspiración más esencial: a mí me interesaría que el individuo de estos tiempos tomase una mayor conciencia de las posibilidades emancipadoras que le brindan esas tecnologías, y se hiciese aún menos dependiente de los terceros que están diseñándoles la vida, escondidos tras el uso inocente de los programas que pre-establecen cada uno de los equipos que usamos. Y ese desafío no puede asumirse de un modo coherente, si antes no nos proponemos impulsar en el país una campaña de ciber-alfabetización que alcance horizontalmente a todos los ciudadanos cubanos.

En este punto los que participamos en la mesa, y también quienes se expresaron desde el público, mostraron opiniones diversas sobre cómo encarar el fenómeno. Para algunos, la campaña de ciber-alfabetización no podría funcionar sin el acceso generalizado a Internet. Para mí eso disfraza un mito. Es decir, para mí el acceso a Internet a estas alturas es un derecho, no un favor que tendría que conceder el Estado, pero ese acceso en modo alguno garantizaría que los individuos que usen Internet van a hacer un uso creativo del mismo. Basta ver cuántas personas viven en el Primer Mundo rodeadas de la tecnología más avanzada, pensando que la computadora es una máquina de escribir más sofisticada que la Underwood tradicional, o el teléfono una variación más actualizada de lo que Graham Bell patentó en su momento.

No acaban de entender que los cambios propuestos por la revolución electrónica son más profundos, y que aunque no los veamos de modo explícito, están afectando, para bien o para mal, nuestros modos de convivir en lo público. El individuo común tiene derecho a gozar de esa ilusión privada que lo esclaviza y lo lleva a elegir la condición de robot alegre al que se refiriera en su época Mills; lo que me parece imperdonable es que las instituciones públicas (y quienes las dirigen, desde luego) se muestren ajenas al fenómeno, y no se propongan intervenir con el fin de crear situaciones alternativas. No prohibir, que a estas alturas suena ridículo, sino competir desde lo alternativo para bien de la comunidad a la que se suponen deban responder.

Mi propuesta es que, mientras llega a Cuba ese acceso generalizado a Internet, los que de alguna manera estamos vinculados a las nuevas tecnologías (que no es solo Internet) propongamos una agenda práctica, creativa, con lo que tenemos a mano. Si de verdad estamos tan convencidos de que informatizar a la sociedad cubana nos reportará beneficios a todos, por lo que de revolucionario ello implica, entonces las propuestas han de comenzar por revolucionar ese sistema de quejas y peticiones que ha terminado por paralizarnos a partes iguales: ciber-alfabetizarnos incluye poner la mentalidad en función de ese cambio tecnológico que ya existe, y no a la inversa.

Juan Antonio García Borrero

Anuncios

Publicado el noviembre 15, 2015 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: