VÍCTOR FOWLER SOBRE UN TEXTO DE GUSTAVO ARCOS

Acabo de leer un texto de Gustavo Arcos cuyo título, “¿Existe cine cubano sin ICAIC?”, modelo de entusiasmo y ejemplo de esas construcciones retóricas que en la formulación llevan ya la respuesta. Dicho de otro modo, no sólo existe cine cubano sin el ICAIC, sino que se multiplica -pleno de éxitos- y hace palidecer al enorme instituto, cada vez más próximo a una suerte de enorme dinosaurio de atrezzo.

La tesis central del texto, en esencia la misma de no poco de lo publicado por Gustavo gracias a la articulación de una polaridad entre independencia vs. institución o cine joven vs. ICAIC, puede ser resumida en la siguiente línea: “Los burócratas destruyeron una institución, los artistas salvan el cine.”

Me interesa el entusiasmo, porque cuando toca su paroxismo hace transparentes los discursos.

Si las oposiciones mencionadas encajan, y son parte medular, de los planteos acerca de la buscada Ley de Cine para el país, entonces nos podemos preguntar dos cosas, en escala diversa: la primera, cuál es el contenido de esa Ley, y segundo, qué puntos ciegos contiene el entusiasmo.

Dicho de otro modo, más allá de afirmaciones generales que cualquiera compartiría (afirmaciones políticas del tipo: apoyo a lo nuevo, modernización de estructuras, necesidad de cambios, etc.), ¿cuál se quiere que sea la pragmática de la Ley como tal, cómo funcionará y con cuáles consecuencias?

En cuanto a los puntos ciegos, la atención se enfoca en una pregunta sencilla y necesaria dentro de cualquier análisis del discurso (y, por mucho que el entusiasmo quiera hacernos creer que es otra cosa, no está hecho de otra cosa que de palabras), a saber: ¿de qué no hablamos cuando hablamos? ¿qué cosa permanece o se queda continuamente “afuera”?

Entendí el ICAIC como un proyecto cultural complejo que incluía la producción (incluyendo la creación y mantenimiento de instalaciones y logística); la distribución y exhibición en todo el territorio nacional (incluyendo el mantenimiento o creación de salas nuevas); la exportación de cine nacional e importación de cine extranjero; la promoción; la formación de personal cinematográfico; la formación de los públicos; la confección y distribución de publicaciones especializadas; el procesamiento bibliotecológico de obras audiovisuales y publicaciones, nacionales y extranjeras; así como la conservación de las obras en carácter de documentos patrimoniales.

No el Vedado, sino Sibanicú.

No el que va caminando a la Cinemateca, sino el que un día, por casualidad, entró a una sala vacía en la cual -por “órdenes de arriba”- exhiben una aburridísima película experimental y lo que vio le cambió la vida.

A fin de cuentas, al menos como utopía, el balance entre estímulo a la producción y política cultural.

Finalmente, hay otra cuestión implícita en el entusiasmo: parece creer que la progresión de la felicidad es infinita; en nuestro caso, que lo único que se necesita es acabar de salir de la horrible camisa de fuerza institucional y entonces sobrevendrá un reino de alegría. Es decir, si esto (la cantidad de nombres de autores y producciones que el texto cita) tiene lugar ahora, ¿qué no podrá ser cuando el cascarón burocrático sea definitivamente reducido a cenizaas y aventado?

No sé si es la intención del texto, más da la sensación de que una nueva utopía se alza de la ruina y que Cuba se encamina a ser uno de los grandes centros de producción cinematográfica a nivel mundial. Y de gran cine, nada de blockbusters ni entretenimiento barato.

Entre otras cosas, tal formulación olvida que el resto de la humanidad vive sin ICAIC y sin esa alegría a la misma vez, que en el mundo del cine la cuestión de las cuotas de pantalla es motivo de batallas violentas, que una cantidad enorme de lo producido nunca alcanza distribución y exhibición nacional en parte alguna, que pocos gastos de la industria son recuperados, que muy escasas poblaciones conocen el cine de sus vecinos inmediatos, que las construcciones binarias suelen derivar de falacias conceptuales y -lo que es muchísimo más serio- que no poco (en cuanto a la recepción de lo producido en el país) es consecuencia de una suerte de efecto Cuba según el cual los documentos son leídos como arqueologías del socialismo agónico.

Dicho de otro modo, junto con la celebración, aún queda demostrar que los materiales -sin fórmulas de auto-victimización y auto-exotismo, sin satisfacción por la ruina y la decadencia- apelan y satisfacen a audiencias universales.

Junto con ello, estoy tan convencido como deseoso de que todo (ICAIC, cine, cultura nacional y país) cambien y nos hagan parte de un mejor mundo; pero, como enseña un viejo poema de Rolando Escardó, la cuestión “son mis argumentos”.

Es decir, los presupuestos conceptuales que nos orientan durante la acción; o, para volver de revés la pregunta anterior: ¿de qué sí que hablamos cuando hablamos?

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Publicado el octubre 31, 2015 en POLÉMICAS. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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