MANQUEDADES DEL DISCURSO SOBRE EL CONSUMO CULTURAL EN CUBA.

Me gusta mucho este texto escrito por Daynet Castañeda Rodríguez, joven profesora de la Universidad de Oriente, y que es el único de los que hasta ahora conozco que, desde la academia, ha sometido a una rigurosa crítica el discurso hegemónico construido en Cuba alrededor del consumo cultural.

Si yo hubiese tenido algo que ver con la organización teórica del Segundo Foro de Consumo Audiovisual me habría encantado abrir con el mismo, toda vez que examina con un rigor verdaderamente científico, ya no lo que está sucediendo más allá de nuestros sentidos, sino precisamente “el sentido” que nuestro lenguaje de expertos, pretende imponerle a algo que todavía está lejos de ser comprendido.

Cuando hace unos días comentaba las objeciones de Gustavo Arcos a lo sucedido en el Segundo Foro de Consumo Audiovisual celebrado en Santa Clara, hablaba de la necesidad de que nuestros acercamientos al fenómeno crezcan en rigor científico y voluntad de someter a prueba en la práctica las intuiciones teóricas, dejando a un lado ese impresionismo estéril que suele tomar como “medida de las cosas” la experiencia personal, y a partir de lo subjetivo, dictar lecciones de “buen gusto” a los demás.

El texto de Daynet describe buena parte de los lugares comunes en que incurre a estas alturas nuestro discurso autotitulado crítico, pero que, paradójicamente, evita el debate de lo que expone de acuerdo a marcos teóricos que deberían ser compartidos para evitar ese diálogo de sordos al que aludía Gustavo Arcos en su artículo.

El texto es extenso, pero vale la pena estudiarlo y discutirlo. Y lo publico como antesala a lo que estaremos hablando mañana en el Café Ciudad de Camagüey, en la cibertertulia que tendrá como tema aglutinante “El consumo informal, las nuevas tecnologías y el WIFI en Cuba”.

Juan Antonio García Borrero

 

MANQUEDADES DEL DISCURSO SOBRE EL CONSUMO CULTURAL EN CUBA.

Por Daynet Castañeda Rodríguez

Desde ¿finales? del periodo estival cubano se produjo en la agenda mediática, tanto de los medios tradicionales (legacy media) como de los nuevos medios (new media), la tematización del issue “consumo cultural” trasvasado desde las agendas política e institucional e insertado bajo los términos de estas en la agenda de los públicos o agenda pública. Se convirtió de repente en un tema del momento o trending topic, un debate donde lo que en términos de la red social twitter podemos denominar etiqueta #paquetesemanal se ha convertido en viral, aunque ya lo era en la vida cotidiana de los ciudadanos de este país, primero como consumo audiovisual informal y luego como consumo digital off line o el llamado Internet de los pobres.

El incremento del acceso de los públicos a las tecnologías y la irrupción de nuevos canales, formales y no formales, para la circulación de información, han condicionado modalidades de recepción y consumo heterogéneas en grado creciente.

El consumo mediático informal no es solo resultado de un auge de tecnologías nuevas y flexibles, asociada a su aparición también se cuenta la acumulación de insatisfacciones respecto a la producción audiovisual formal, en cuya conformación el espectador tiene escasa o nula participación, lo que significa un estridente contraste a favor de los canales informales.

La comparación de la calidad visual, es otro de los parámetros que toman en cuenta los receptores a la hora de inclinar la balanza y realizar su elección entre lo formal e informal. El peso fundamental de programas consumidos por canales informales es de producción foránea, donde los recursos de los grandes monopolios del entretenimiento dejan en franca desventaja a las realizaciones nacionales.

Los cambios respecto a las maneras de consumir no se limitan a la forma o los dispositivos que se emplean en su reproducción, los contenidos son quizás de los elementos más explícitos respecto a los móviles socioculturales que subyacen tras aparentes simples elecciones que se debaten en torno a la alternatividad de lo consumido. Como diría Mario Kaplún: “Enchufarse al televisor para desenchufarse del mundo (…) y entrar en una especie de autismo”, parece ser una de las normas que compulsan a consumir. Destacables resultan, de igual manera, otras motivaciones construidas socialmente alrededor del producto audiovisual que en alguna medida trascienden su discurso, es decir la posibilidad que ofrecen de integración, socialización y de primicia y actualidad a través de los programas audiovisuales en su condición de tópicos de interés general.

La confluencia de estos factores ha permitido la consolidación de un espacio comunicacional muy fluido en el cual se potencian intercambios que ya no son tan controlables, y en el que intervienen muchos actores antes, durante y después de la exposición al discurso audiovisual. Se demuestra así la descentralidad que caracteriza a este proceso, construido desde las prácticas de la vida cotidiana de los propios receptores, arquitectos de las vías informales de circulación de los productos audiovisuales. La participación directa del público en los nuevos canales de producción, circulación y consumo, incide substancialmente en la construcción de imaginarios, sentidos y representaciones sociales. Las prácticas cotidianas apuntan a que lo informal reproduce no solo el imaginario individual y colectivo, sino a que también se puede apreciar como una nueva expresión de la sociedad, un nuevo estilo de vida, cuya diferenciación está marcada por su carácter contextual.

El consumo mediático informal o alternativo a los canales mediáticos oficiales, no es un fenómeno que destaque por su novedad en el mundo, donde por segundos se descargan contenidos de todo tipo de Internet, o se cuenta con múltiples opciones a través de la televisión por cable, Cuba descuella como un ecosistema mediático donde la alternatividad, entendida como multiplicidad de alternativas posibles de consumo, se perfila como una situación de reciente aparición, con pocas miradas que la expliquen o la tomen como punto de partida para análisis más profundos desde el receptor, autor de sus propias programaciones, paralelas a lo que de antemano por canales formales se diseña para su consumo, en ocasiones sin contar con los intereses de la audiencia y cuya representatividad es cuestionable.

De los múltiples acercamientos posibles a este fenómeno como campo de estudio nos interesa marcar dos posiciones La primera de ellas centra su atención en la amenaza que representa para la propuesta audiovisual formal y su circulación, así como la “deformación del gusto” que supone; mientras la otra es la de aquellos que se afianzan en una posición instrumental que analiza lo informal desde las ventajas o desventajas y las aplicaciones que los sujetos le dan a los distintos soportes como las USB, CD, DVD, entre otros.

Aunque durante el segundo trimestre del 2015, el tratamiento del tema de los consumos culturales, léase consumos audiovisuales informales, ha bajado en intensidad, aún se menciona con recurrencia más allá de los espacios académicos e institucionales. El hecho de que el tema se insertara en los intercambios desde la esfera pública tradicional y la -llamada y aún no reconocida- esfera pública emergente o esfera pública en un sentido enfático, constituida por la blogosfera y los sitios de redes sociales, puede considerarse un síntoma de la recuperación en la sociedad cubana de la puesta en cuestión para la meditación pública, en algunos escenarios deliberativos, de los asuntos que le conciernen en cuanto problemas colectivos relevantes. Sin embargo, el debate no ha sido todo lo sano que podría esperarse.

No obstante, lo interesante, creo, es que se ha producido una subsignificación del concepto al reducir consumo cultural a consumo audiovisual o peor, a consumo audiovisual informal. Es así que el término se ha modelado para adaptarlo –no es interés en este artículo analizar si tal modelación está justificada o no- a los propósitos de los discursos político, institucional y en segundo lugar mediático.

Otro elemento llamativo frente a la preocupación que genera el tema en diversos ámbitos es que continúa la dispersión y atomización de las investigaciones, la falta de articulación entre los grupos de investigadores, el desconocimiento de los estudios realizados fuera de sus espacios territoriales. Fenómeno que es más agudo en la capital del país donde se concentran los principales centros de investigaciones sociales y los más influyentes, por su cercanía con los centros decisores, en la confección de estrategias y políticas culturales.

La emergencia del consumo audiovisual informal, bajo la forma del Paquete semanal[1][2], considerado muchas veces como un recurso de las industrias culturales foráneas y otras como fuente de identidad y cohesión social, ha generado en “los aparatos ideológicos del Estado” el temor ante un desgaste o pérdida del control sobre los mismos. Tal temor es el resultado de la comprensión de la cultura, en consonancia con Antonio Gramsci, como un espacio de legitimación del poder en el cual se construye el consenso político (instrumento de reproducción social y de lucha por la hegemonía).

Desconocimiento y temor –muchas veces no infundado- e incomprensión de la capacidad de agencia de las audiencias y de su asunción de estos consumos emergentes como una disrupción entre el consumo como un canal de imposiciones verticales y el aumento de los objetos y su circulación como resultado del crecimiento de sus demandas. Tales percepciones son el resultado de la esclerosis que supone una visión de la cultura como un bien que se otorga desde “algún lugar indeterminado” (instituciones políticas, sociales, culturales) y al que se le concede acceso a los sujetos sociales como un derecho que otorgan estas mismas instituciones y no como una producción social de la vida de la que todos los sujetos son productores y consumidores en mayor o menor medida. Tal perspectiva, finalmente, degenera en una mirada asistencialista por parte de los decisores.

Existe entre las estructuras públicas institucionalizadas, reguladoras de los procesos de producción y reproducción cultural, preocupación ante la pérdida de su preeminencia en el proceso de construcción de las subjetividades a través de las estructuras de socialización creadas desde el poder. Preocupación que deviene en miedo frente a la aparición de un circuito de circulación de bienes simbólicos que ha crecido al margen de los espacios oficiales. Subalternos en tanto se organizan y transcurren como resultado del interés propio de sus creadores.

A la par, se produce un capital simbólico que se inicia desde la asunción del espectador como productor de su propia parrilla de programación, hasta los significados últimos que re-construyen tras el consumo mediático. Elecciones aparentemente simples definidas por gustos personales, encierran conflictos que implican posibilidades económicas, influencias sociales y familiares, usos simbólicos y significaciones sociales. Estas últimas se crean en un ambiente de connivencia, muy evidente en aquellos contextos de precariedad donde las condiciones materiales de vida posibilitan que se priorice el consumo cultural mediático audiovisual, en detrimento de otras formas de consumo cultural, como museos, cine, o teatro

También es posible apreciar la omisión en los análisis de que influye no solo la economía individual de las necesidades sino la coacción social, ya que la práctica de determinados consumos culturales otorga prestigio y establece jerarquías. Apenas se aborda o se abunda en el tema del consumo cultural como un espacio diferenciador y de distinción que arroje luz, desde otras perspectivas de análisis, sobre la creciente diferenciación que se produce de manera acelerada al interior de la sociedad cubana y que implica una diversidad de capitales culturales y simbólicos.

Se obvia en el debate que en el consumo cultural no solo se revelan las diferencias por la forma en la que se utilizan los objetos durante el proceso de apropiación –aunque en la teoría sociocultural del consumo es esta la principal diferenciación-, sino antes, en la propia distinción que la posesión de tales objetos supone. Determinados consumos culturales constituyen a nivel social un elemento diferenciador no por las implicaciones que tienen para la interpretación y creación de la realidad, sino porque ellos mismos suponen ciertos niveles de acceso y poder económico y adquisitivo. La cuestión no radicaría en licuar las diferencias sino en propiciar el reconocimiento de las alteridades y su integración social. Muchas veces la lógica que rige los procesos de apropiación de bienes en tanto objetos de distinción no es la de la satisfacción de las necesidades sino la de la escasez de esos bienes y la imposibilidad de que otros accedan a ellos. No obstante, no se introduce un análisis clasista en una sociedad donde las brechas económicas son cada vez más evidentes y donde los consumos están también determinados por la pertenencia a clases y grupos sociales.

El debate se centra muchas veces en dilucidar o establecer la legitimidad de ciertos consumos culturales y la deslegitimación de otros por determinadas instituciones y agentes, situados en centros de poder cultural, que como dijera Pierre Bourdieu: “sin dudas […] construyen la realidad social, sin dudas intervienen en luchas y transacciones dirigidas a imponer su visión, pero lo hacen siempre con puntos de vista, intereses y principios de visión determinados por la posición que ocupan en el mundo mismo que pretenden transformar o conservar.”

Se soslayan hoy en la controversia, difundida por los medios de comunicación masiva tradicionales y los nuevos medios, elementos tan importantes como la resignificación de las ciudades, la apropiación de espacios urbanos. La centralidad que el espacio social urbano posee en los estudios culturales invisibiliza, por escasos, los análisis sobre el consumo cultural desde la perspectiva rural.

También se ha producido, no solo en el debate sino en las investigaciones realizadas desde universidades y centros de estudio, la exclusión de ciertos grupos etarios ante la excesiva focalización del análisis del tema en el segmento poblacional de menores de 35 años [3], lo que se traduce en una efebización de gran parte de los estudios sobre consumo cultural, y el desconocimiento de los hábitos, prácticas de consumo y procesos de apropiación y construcción de sentidos[4] de los menores de 12 años y los adultos mayores en un país que tiene como mayor reto sociodemográfico el envejecimiento de la población. La centralidad de los jóvenes como sujetos de investigación está dada por considerárseles como dijera el investigador Miguel Francisco Reynaldo: “el elemento más dinámico de la sociedad, debido a la estrecha relación que tienen en su vida cotidiana con determinados consumos culturales, como pueden ser los medios masivos de comunicación, música, tiempo libre y moda.”

El verticalismo y sectorialización de las políticas públicas cubanas ha creado y supuesto sujetos pasivos en actitud de espera. No se reconoce, o se menciona de manera muy esporádica, en alocuciones e intervenciones en los espacios públicos donde se aborda el tema, la concepción del consumo cultural como una forma de participación social –asunto que ya ha sido establecido desde las investigaciones científicas-. Al producirse la reducción del consumo cultural, considerado como legítimo, al consumo de productos artístico-literarios, se regresa a las “buenas intenciones” de desplegar un conjunto de estrategias que permitan acercar a los hombres a lo mejor del quehacer cultural de la sociedad, ilustrar a las masas y permitir el acceso a la sabiduría en tanto derecho de todo ser humano. Ocurre una infantilización de los públicos/audiencias/receptores (que en este sentido también se padece de ambigüedad semántica) a partir de verlos como un grupo al que se debe instruir, educar, para que aprendan a leer, escuchar y ver mejor. Esta pretensión genera la interrogante cómo hacer para que esta sana intensión no se vea lastrada por este hándicap de influencia iluminista.

A pesar de los esfuerzos y las intenciones gubernamentales no se ha logrado del todo una descentralización de la cultura, estabilidad en el compromiso institucional ante la distribución igualitaria de bienes y servicios culturales, responsabilidad pública ante la igualdad de oportunidades versus los puntos de partida que frenan y deterioran la participación creando la necesidad de organizar circuitos y redes alternativas de consumo cultural. Además de la satanización acientífica de la consolidación de relaciones sociales desde una dimensión lúdica, también se verifica un análisis del consumo cultural como espacio de rescate o pérdida de la identidad nacional y recelo ante un posible debilitamiento de la comunidad nacional.

Ciertos consumos culturales, fundamentalmente aquellos que transcurren al margen del control institucional, han sido asociados a la erosión del sistema de valores hegemónico. Y se aprecia una preocupación, para nada desdeñable, frente a la posible infiltración de la agenda del enemigo en el discurso doméstico.[5]

El consumo cultural se sigue entendiendo como algo estandarizado, identificado con ejecución, asistencia, disfrute y aprobación, no con la creación de contenidos. Una negación de la capacidad participativa del público, se le considera, en los marcos de este debate, cuando más como un “espectador crítico”, esto es un sujeto cuya participación se limita a observar los fenómenos culturales. Mientras los decisores, agentes políticos e investigadores significan al público, a la audiencia ¿olvidan? la capacidad de este para construir significados. Se alude constantemente a un sujeto manipulado incluso, desde una posición deudora del psicoanálisis, por su inconsciente. No se exterioriza en la reproducción por el discurso periodístico del discurso político e institucional, la intención de establecer una búsqueda de la dimensión simbólica de estos procesos: descubrir las subjetividades que hay detrás de los fenómenos, los sentidos, las vivencias, valores y significados otorgados a las prácticas.

Aunque no se puede negar la existencia del sistema propuesto por la industria cultural y la modelación de productos artístico-culturales estandarizados que pretenden una orientación estética del consumidor, en un sentido contrario al previsto por las políticas culturales del país, se niega la capacidad crítica de los individuos. De esta forma aunque teórica y metodológicamente se asume la teoría sociocultural del consumo (y partimos del supuesto de que quienes intervienen en el debate del tema tienen noticias de su existencia y contenidos), en la práctica –como el debate no concierne solo a los académicos- se asume a los receptores como sujetos manipulables, indefensos y acríticos y no como co-creadores o productores secundarios.

Todavía es escaso el reconocimiento de los espacios aparecidos como resultado del uso de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC´s), en tanto espacios otros –no del todo desligados de los “reales”- cada vez más llenos de significación y sentido.[6] Lo que implica el desconocimiento de lo nuevo que puede cimentarse en realidades emergentes no contenidas en lo dado[7].

Los debates en Cuba sobre los consumos culturales aún no incluyen como objeto de análisis a lo que Erving Goffman denominó interacciones discursivas verbalizadas, esto es “discurso que se produce cuando un pequeño número de participantes se reúne y se estabiliza en lo que ellos perciben como algunos momentos cortados fuera de (o proseguidos al lado) funciones instrumentales, un periodo de ocio percibido como un fin en sí mismo en el que a cada cual le es permitido el derecho de hablar y de escuchar, en el que a cada participante le es concedido el estatus de alguien cuya valoración global del argumento se respeta y sin que exija ningún acuerdo o síntesis final.”

La demora en la inclusión de las TIC´s[8] en las agendas investigativas de los consumos culturales de los cubanos, amparada en el limitado acceso a Internet y la escasa penetración de las tecnologías digitales en la vida cotidiana de la población nacional, significa continuar desconociendo las maneras en que los usuarios reinterpretan los dispositivos y las interfaces en una interacción entre lo individual y lo social para construir nuevas realidades y experiencias de vida. Si bien tales acercamientos tendrían (tienen) un carácter exploratorio hasta tanto la Isla no se inserte de lleno en la Sociedad de la Información siguiendo al español Miguel de Moragas Spá: “lo que hoy es selectivo y minoritario, mañana puede ser masivo en un mismo lugar. Lo que hoy ya es masivo para algunos grupos sociales, mañana puede serlo para otros grupos que aún hoy desconocen o miran con escepticismo este nuevo medio. Más aún en algunos países Internet es al mismo tiempo un instrumento de gran importancia para determinados sectores sociales y un medio totalmente inaccesible para la mayoría (…)”

La intelección de los procesos de consumos culturales digitales permitirá dar cuenta de situaciones contingentes que obligan a potenciar la capacidad innovadora, de rompimiento de rutinas en la sociedad, asociado a las posibilidades de autotransformativas de los sujetos sociales. Lo que incluye además la comprensión del establecimiento de redes informales digitales que se “generan” sin apoyo estatal, concretándose en el consumo de la web off line. Pero para ello deben desterrarse en primer lugar el determinismo tecnológico que -como resultado de la ansiedad y expectativas provocadas por la posibilidad de acceder a la red de redes- ha crecido en el imaginario social y considera que la extensión y accesibilidad de la tecnología traerá cambios por sí misma. Luego deberán desaparecer ciertos pánicos morales que vacían en la tecnología todos los miedos, preocupaciones y angustias de la sociedad.

Las redes sociales y, especialmente la blogosfera, son espacios donde se activa lo que Armando Chaguaceda denominó “la conciencia cívica cansada”, que puede considerarse una forma de desconexión velada que tributa al inmovilismo. Al considerarse Cuba como marginal y subalterna en Internet no se ha asumido el desafío de la nueva economía típica de los flujos de medios digitales: la fragmentación de las audiencias, la participación puntual y fugaz, la práctica de compartir contenidos, y la puesta en tensión de los conceptos de autoría y propiedad intelectual.

Si con el fenómeno del consumo audiovisual informal se habían flexibilizado las prácticas de consumo de los individuos, esta ductilidad se acentúa en los consumos culturales en Internet. Gracias a las posibilidades que ofrecen las TIC´s, y sin pretender esta práctica a todos los sectores, en sus múltiples dispositivos, desde los espacios de trabajo o estudio, es posible simultanear el tiempo productivo con la comunicación a través de mensajería instantánea o extenderlo e hibridarlo con el ocio para la actualización del perfil en Facebook, escuchar música, reproducir videos, responder mensajes de texto llegados al teléfono móvil o utilizar códigos sonoros a través del timbrado para mantener un sistema de señales que permita un contacto equivalente. Otro elemento que debe analizarse desde la posición transdisciplinar que siempre ha caracterizado estos estudios es la idealización, como resultado del subconsumo acumulado y las regulaciones autoritarias, de determinados bienes y servicios y la manera en que esta situación ha generado el ansia y la adicción.

Otro fenómeno apreciable en el debate sobre el consumo cultural es la invisibilidad o descalificación de ciertos hábitos y prácticas de consumo de los sujetos ubicados en los espacios periféricos.

En las discusiones sobre los consumos culturales se ha eludido aquellos asociados a la práctica de deportes, los espacios asociativos, el imaginario mágico religioso, los sitios de socialidad como los parques, centros recreativos, clubes, bares, tiendas, etc. Esta es una carencia que también comparten, en alguna medida, las propias indagaciones científicas pues aunque existen estudios que analizan la apropiación de los espacios públicos como el de Yanet Toirac en el 2003 en el estudio de los consumos culturales estos no se integran orgánicamente con la mirada a otros bienes simbólicos y necesitan ser actualizados más de una década después.

En este sentido se desconoce la constitución de los procesos de identidad e integración de los sujetos en relación con ciertos lugares de la ciudad a partir del hecho de que los usos de los espacios urbanos es tal vez uno de los consumos culturales que se practica de la manera más inconsciente, pues un alto número de prácticas en los espacios públicos está vinculado con la rutina cotidiana de los sujetos. Es así que por tanto no se estudia de manera rigurosa y sistemática la apropiación del (los) espacio(s) público(s), donde los sujetos se representan lo que sucede en la sociedad, donde se da el conocimiento del sistema social, donde se piensan las relaciones materiales, donde se produce sentido.

Además el peso de los lugares en los mecanismos de constitución de las identidades tiene que ver con la realización o el desarrollo de actividades o relaciones significativas con el espacio seleccionado “…el uso social de un espacio marca los bordes dentro de los cuales se ubica al extranjero o, en otra palabra al que no pertenece”.

En los acercamientos al tema de los consumos se alude constantemente el repliegue hacia los espacios privados y a domicilio. Sin embargo, a pesar de la influencia que en su momento tuviera la etnografía de audiencias, que logró introducirse en los hogares, todavía hoy se siguen privilegiando –tal vez por cuestiones metodológicas- las indagaciones sobre los consumos culturales públicos y no se conocen los rituales de socialización que comienzan a desarrollarse en estos espacios privados

Ocurre también que concentrados, los interlocutores del debate y gran parte de los investigadores, sobre todo en lo que ven los cubanos no se han abordado no solo cómo lo ven o qué significa lo que ven sino, qué escuchan y leen. Cuáles son los gastos y equipamientos culturales en los hogares, las prácticas culturales que se van conformando en torno a las computadoras personales y otras tecnologías interactivas, la velocidad o los niveles de penetración digital en las industrias culturales y en las viviendas.

Tampoco se explora con profundidad o se menciona en los trabajos periodísticos que construyen el relato de la polémica, los consumos culturales menos ligados a la industria cultural: carnavales, ferias, fiestas populares, cultos y festividades religiosas, juegos de azar, circos, peñas, etc.

Se desconoce o no es objeto de análisis en el debate la dimensión moral del consumo, esto es, los principios y valores primordiales, normas, consideraciones morales que activan o no los sujetos, de una manera u otra para relacionarse consciente o inconscientemente y consumir cualquier mercancía.

En estos debates muchas veces se silencia que durante el proceso de consumo cultural los actores sociales se piensan, reflexionan, analizan, expresan deseos, aspiraciones, develan sus conflictos y competencias. Se ignora la capacidad de los sujetos de generar contenidos y productos culturales.

Una cuestión que ni siquiera se menciona o se hace de una manera episódica, aun cuando desde la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) se privilegia el análisis de las relaciones entre cultura y turismo, es el consumo cultural asociado al turismo internacional.

En el debate se menciona, pero no se profundiza en ello, tal vez porque aún en la academia esta perspectiva de análisis es incipiente, las nuevas relaciones entre la producción-distribución y consumo cultural-mercado. Se aborda de manera muy superficial la relación constitutiva del consumo. No porque se haya olvidado a Marx, sino porque el adjetivo “cultural” desvía la atención del tema de los aspectos que anteceden al consumo en un mismo proceso: la producción, la distribución y el intercambio.

Otros temas a incluir serán la proliferación de circuitos alternativos que permiten el acceso a la literatura, ya sea en formato impreso o digital y fomentan el consumo del libro como bien simbólico, por esta vía deberá llegar también la comprensión de cómo se modifica, con la aparición nuevos soportes para la apropiación de la literatura y la asimilación de textos hipermediales e interactivos, la experiencia de la lectura y qué significa para el lector. La proliferación de la piratería de medios como un fenómeno que también afecta los modelos de comercialización de los bienes simbólicos, pero que constituye un intento por equilibrar los desajustes del mercado, crea oportunidades en las economías emergentes, facilita el acceso a bienes que son objetos de lujo o cuya circulación es limitada, pero que también afecta a distribuidores, creadores y comercializadores institucionales. Se debe propiciar un diálogo que permita determinar el ordenamiento jurídico para este y otros fenómenos emergentes en el ámbito cultural en su acepción más amplia, y cuáles serán los alcances y límites de las soluciones de compromiso entre piratería y cumplimiento de la ley en el mercado de bienes simbólicos en Cuba.

Finalmente, a la luz de los acontecimientos más recientes y la centralidad que las relaciones Cuba-Estados Unidos tiene en todos los discursos públicos, la presencia in crescendo de ciudadanos cubanos como residentes temporales o definitivos en otras áreas geográficas y el incremento de las relaciones interculturales, hay pregunta aún por responderse desde el ámbito académico y científico y que no se plantea en los debates públicos y mediáticos: ¿cómo las nuevas plataformas tecnológicas, propician procesos de comunicación transnacionales? ¿Cómo la emergencia de esferas públicas diaspóricas relaciona de forma creciente a productores y consumidores de circuitos transfronterizos y comienzan conversaciones entre quienes se desplazan y los que permanecen en los países de origen? Pregunta que debe hacerse no solo ante el contexto que imponen las relaciones con los Estados Unidos, sino, las migraciones temporales o definitivas a otras áreas del planeta ya sea por razones de interés gubernamental o privado.

El debate sobre los consumos culturales en Cuba no se ha agotado y deberá pasar a planos superiores que implicarán la participación de los ciudadanos en los análisis y en la sugerencia de las propuestas para la concreción de políticas culturales más atemperadas a las condiciones de la Cuba contemporánea y futura. De la discusión colectiva y la socialización de las indagaciones generadas desde los ámbitos académico y científico podría derivarse la evolución de fenómenos hoy emergentes, hacia una mayor democratización de los accesos, la constitución de plataformas de cooperación comunes no solo en el plano investigativo sino en el de producción y apropiación de contenidos. El desarrollo de una política de distribución pública que empodere a los ciudadanos como productores consumidores de saberes. La concepción y puesta en marcha de nuevos procesos de alfabetización digital y cultural a partir de los presupuestos y experiencias de la educación popular.

 

NOTAS

[2] Se refiere al consumo mediático informal de programas audiovisuales, un fenómeno de reciente aparición en Cuba, que, no obstante, se ha extendido, ocupando una posición privilegiada en la recepción mediática. Entre sus características fundamentales se cuentan la libertad de elección de los receptores de los tipos de programas, horarios, secuencias, dosificación, repeticiones y espacios de consumo. Las aproximaciones a sus particularidades como proceso, hasta el momento han sido escasamente estudiadas en profundidad, denotando ambivalencias en los análisis al respecto, que bien se presentan apocalípticas o integradas, limitando las posibilidades de acercamientos que aporten luces sobre su complejidad sociocultural.

Una de las características notables su dicho desarrollo es la velocidad con que se esparce entre las formas más cotidianas de vida y por los espacios cada vez más privados de consumo mediático, llegando de la mano de un sistema multimedia continuamente cambiante, que tiende aceleradamente a la reducción de sus formatos, la ductilidad, adaptabilidad, así como al incremento de su capacidad y potencia; lo que habla de una diversificación de los soportes asociados al consumo mediático informal: dispositivos USB, computadoras, discos duros, iPod, DVD/VCD, tablets. Es decir, todo un campo de novedades tecnológicas que permite al receptor una serie de opciones y posibilidades, como la de ser productor de su propia parrilla de programación, con la libertad de escoger programas y hacerlos coincidir con horarios, espacios y compañías acorde a sus gustos, elementos que con anterioridad escapaban de su ámbito de decisión frente a los medios de comunicación tradicionales.

[3] No negamos que en amplios grupos de las juventudes cubanas se produce, como en los de otras latitudes, se plantea una desazón en los sentidos que tiene que ver con el des-ordenamiento cultural y la reorganización de las formas de socialización donde los padres ya no constituyen la principal referencia en la construcción de patrones conductuales, la escuela no es el centro legitimado y legitimador del saber de manera exclusiva, no es ya el libro el centro articulador de la cultura. Ellos mismo son cada vez menos homo legens para convertirse en homo videns. Únase a ello la aparición o reaparición de fenómenos que resquebrajan las certidumbres alrededor de las que se había construido el proyecto social cubano.

[4] Que se manifiesta, por tanto, como una construcción subjetiva determinada por cada grupo social o sujeto con sus demandas, necesidades, motivos y actitudes particulares. Se patentiza mediante discursos verbales o escritos, imágenes, o cualesquiera otras formulaciones sintéticas de sentido descriptible y diferenciable, producidas por actores sociales como formas de percepción o simbolización de aspectos claves del proceso de consumo, que pueden analizarse como elementos objetivos, mesurables, en tanto permite identificar cierta regularidad en el nivel de frecuencia y de ocurrencia de estas conductas.

[5] Si tal preocupación siempre estuvo presente, la flexibilización del bloqueo y el proceso de normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, pone en crisis la concepción de cité assiege, y deberá pensarse la cultura y el consumo cultural en una nación que transita hoy de la condición de plaza sitiada a la plaza abierta, lo que implica, también en cuestiones culturales no estar más a la defensiva y colocarse a la ofensiva.

[6] En los sitios de redes sociales y en los blogs, se continúa y a la vez se crea un sentido de comunidad, sin embargo, no se produce un escape de la vida real sino que se convierte en un espacio de análisis y reconfiguración posible de esa vida real. Aun así se convierte en un proceso cerrado que imita a la “serpiente que se muerde la cola” de las técnicas narrativas, en tanto tales debates y análisis a veces se mantienen –por decisión propia o imperativos funcionales- al margen de la vida real o sin poder reinsertarse en ella.

[7] En tal sentido se pierde para el enriquecimiento del debate y el reconocimiento de las potencialidades participativas de los sujetos sociales, designados bajo un concepto semánticamente móvil como es el de prosumidor, que según la investigadora Ana Rosas Mantecón describe como “las audiencias se vuelven usuarias, productoras y emisoras, en la medida en que la interactividad que permiten las nuevas pantallas trasciende la mera interacción simbólica con ellas, para situar a las audiencias como creadoras de sus propios referentes, no solo como re-creadoras simbólicas de significados e interpretaciones de los referentes producidos y emitidos por otros desde las pantallas” (2011:38)

[8] La demorada e incipiente inclusión de Internet y los consumos culturales digitales en los estudios sobre el tema, responde a los bajos niveles de conectividad del país –según los datos publicados por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI) en 2013-, solo el 25% de la población cubana había accedido a los servicios de Internet o a la Intranet. Otras condicionantes son la lentitud, escasez y los criterios políticos para el acceso, sus altos costos y marco regulatorio restrictivo, ambiguo e incompleto. En fin, que aunque hay esfuerzos gubernamentales para revertir esta situación (Confróntese al respecto el trabajo periodístico Nuevas tecnologías en nuestra educación, de Amaya Saborit Alfonso, publicado en el periódico Granma del 30 de abril de 2015).

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Publicado el octubre 28, 2015 en CONSUMO AUDIOVISUAL EN CUBA. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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