CIUDADANÍA, REPÚBLICA Y REVOLUCIÓN, de René Fidel González García

Hace unos minutos presentamos en la UNEAC de Camagüey varios libros y revistas publicados por la Editorial Caserón de Santiago de Cuba. A mí me tocó Ciudadanía, República y Revolución, de René Fidel González García. Comparto con los amigos lo que leí en público, que son notas bien personales provocadas por la lectura del volumen. Creo que es un tema que merece se le conceda toda la visibilidad posible. Y que se debata, desde luego.

UN LIBRO IMPRESCINDIBLE Y POLÉMICO

No sé exactamente cuáles razones animaron a los amigos de la Editorial Caserón para invitarme a presentar un libro como Ciudadanía, República y Revolución, de René Fidel González García. Quizás haya pesado el hecho de que, aunque ya no ejerza como abogado, ellos sepan que entre 1982 y 1987 estudié Derecho en la Universidad de Camagüey, y que hasta 1990 ejercí el oficio en un Bufete.

Yo aspiraría a que las razones de la elección se asociaran, en cambio, al perfil altamente polémico del tema que examina el volumen, y que debiera ser prioridad de análisis en la agenda de cualquier intelectual crítico de hoy. Porque, digámoslo con claridad: poco sentido tendría la construcción de una sociedad donde el arte y la literatura tuviesen un altísimo valor, si antes no se garantiza que la condición ciudadana alcance su plenitud. Y eso solo será posible si los intelectuales intervienen en lo público con la misma intensidad con que elaboran sus obras personales: después de todo, el escritor, el artista, conciben sus mundos (aun cuando la referencia a la realidad no sea la más explícita) desde esa vocación de demiurgo que opera con una vocación todo el tiempo cívica.

Que la UNEAC de Santiago de Cuba tiene claro ese compromiso ciudadano con lo más apremiante de nuestras discusiones, me lo ha logrado poner en evidencia el ciclo de conferencias organizado con el nombre de “Mirar a fondo”, o la organización del evento Félix B. Caignet, que en lo teórico contó con un altísimo nivel académico, y ahora la lectura de este libro publicado por la Editorial Caserón que, como el propio autor indica, habría que interpretar como “un punto de partida y no de llegada”.

Pues, en efecto, el debate sobre la ciudadanía es de data más bien reciente entre nosotros. Al menos yo no recuerdo que en mis tiempos de estudiante de Derecho mis profesores (muchos de ellos excelentes) me estimulasen a adentrarme en el examen epistemológico del tema. Como bien nos describe su autor:

“Sería en los inicios de los años 90, cuando se produciría una apertura, no exenta de contradicciones y retracciones, a la investigación de temas, o conceptos, como gobernalidad, legitimidad, democracia, representación y participación política, sistema político, cultura política, ya fuera de manera descriptiva, o aplicándolos a la realidad cubana, aun cuando, en muchos casos, sus conclusiones resultaran encarnizadamente polemizadas a partir de lecturas de fuerte sabor ideológico”. Algo que el destacadísimo jurista Fernández Bulté resumiría con lucidez, al apuntar a finales de los noventa que “por más de tres décadas en Cuba se enseñó sólo legislación positiva y nada de Derecho”.

Si esto pasaba en nuestras Universidades, ¿qué podríamos esperar de la cultura jurídica del ciudadano de a pie? No quisiera especular, pero si ahora mismo hiciéramos una encuesta entre los cubanos comunes con el fin de indagar sobre el conocimiento que se tiene de nuestra Constitución, es posible que los resultados sean francamente desoladores. Pero lo peor es que ese desconocimiento, lamentablemente, alcanza a no pocos dirigentes que suelen ejercer su poder y fiscalizar la gestión de sus subordinados, no apegados al espíritu de lo que se contempla en nuestra Carta Magna, sino de acuerdo a su muy personal sistema de filias y fobias.

En un contexto así, la UNEAC, desde luego, podría jugar un papel primordial a la hora de impulsar la construcción de un espíritu ciudadano que ayude a promover los valores recogidos en la Constitución, como el que se estipula en el Artículo 53:

Se reconoce a los ciudadanos libertad de palabra y prensa conforme a los fines de la sociedad socialista. Las condiciones materiales para su ejercicio están dadas por el hecho de que la prensa, la radio, la televisión, el cine y otros medios de difusión masiva son de propiedad estatal o social y no pueden ser objeto, en ningún caso, de propiedad privada, lo que asegura su uso al servicio exclusivo del pueblo trabajador y del interés de la sociedad. La ley regula el ejercicio de estas libertades”.

A mi juicio, este postulado legal resultaría el soporte fundamental de lo que se pacta en el Artículo 5 de los Estatutos de la UNEAC, ese donde se declara que:

La UNEAC se adhiere a los principios de la democracia socialista y en consecuencia defiende el derecho a la información, a la palabra, al ejercicio del criterio, a la libertad de creación, a la investigación, a la experimentación, a la crítica, al debate y a la polémica”.

Lo que nos lleva directamente a la esencia del fenómeno que tan bien estudia González García en su libro, y que mejor no podía definir cuando en el subtítulo habla de “los desafíos de la ciudadanía en Cuba”. Cuando hablamos de “ciudadanos” no estamos hablando de entes pasivos que establecen con el Estado o la sociedad en la que viven un pacto que los obliga a comportarse de acuerdo a lo establecido en algún momento específico.

La ciudadanía es algo que está en permanente construcción y reconstrucción, lo cual exige un debate sistemático de sus fundamentos, pero también una actualización de los que vienen siendo las principales discusiones en el mundo. De no precisarse ese marco teórico, hoy que la globalización amenaza con imponer ese modelo de pensamiento único que tanta reservas provoca en muchos, obviamente las discusiones estarán girando en torno a nociones que responden a los tiempos iniciales del proceso revolucionario.

En nuestro caso, por poner un ejemplo, ahora mismo tendríamos pendiente el debate en torno a lo que ya se ha dado en llamar la ciber- ciudadanía, y que en la misma medida en que Cuba se incorpore de una manera, digamos, más normal a la sociedad red, se hará más fehaciente la necesidad de estudiar el fenómeno.

Como todo buen libro, este parte de una pregunta aparentemente simple, y que, sin embargo, no resulta nada fácil de responder. Para el caso, la pregunta es: ¿qué es ser ciudadano­? En un contexto como el nuestro, donde, para decirlo como González García, duele percibir “el enorme e increíble déficit de cultura jurídica existente en todos los estratos y niveles de la sociedad cubana”, pese a los altos grados de instrucción del pueblo, intentar responder esa pregunta nos podría acarrear no pocos malentendidos y consecuencias negativas.

Para algunos (o para muchos) será preferible dejar las cosas tal como están, pues entienden que el ciudadano sería el resultado de lo que los poderes jurídicos ordenan, y no a la inversa. Hace poco una amiga en Facebook, de buena fe, me preguntaba qué sentido podía tener insistir en este tipo de investigación y crítica dirigida a lo institucional (crítica no encaminada a los individuos, sino a las prácticas generadas por esos individuos, y no con el fin de destruir lo institucional, sino de corregir sus evidentes debilidades) si al final los demás apenas lo iban a agradecer, y algunos de los representantes de esos poderes se seguirían sintiendo intocables, algunas veces rehuyendo el debate transparente, en otras, apelando al argumento ad hominen y la descalificación ideológica que se deshace de los argumentos, para imponer los epítetos.

Un libro como este podría parecerle a mi amiga inútil. Y claro que René Fidel González García no es un Mesías, ni está hablando de salvar a nadie. Su libro va hacia algo más profundo, pues tiene que ver con lo cívico. Uno como individuo puede alejarse u oponerse a un Estado, irse del país que le vio nacer (cosa que yo no criticaría porque además de cubano, ya he dicho que me siento ciudadano del mundo, y eso no me hace amar menos a mi país), pero nunca se podrá huir de uno mismo, lo cual nos pondrá permanentemente ante el dilema cívico, es decir, ante el drama del ciudadano que convive con otros ciudadanos, con todo lo que eso implica en cuanto a la relación que se establece entre la libertad y la responsabilidad.

Yo también quiero, como decía Bolívar en la cita con la que el autor introduce su discurso, vivir libre y morir ciudadano. Que nadie vea en esto retórica política, porque eso vale lo mismo para el que viva en Cuba como en Los Ángeles o Buenos Aires. Me interesa vivir en un lugar donde se me reconozca ante todo como ciudadano, pero a diferencia de los políticos, que muchas veces se ven obligados a hablar en abstracto, los ciudadanos tienen que aprender a defender sus derechos día a día, y con hechos concretos.

Y por eso es que todos los días hay feministas en el planeta entero saliendo a las calles a exigir sus derechos, negros que no paran de reclamar ante la discriminación explícita o velada, homosexuales que con razón quieren que lo valoren como personas y no con esos estereotipos patriarcales que califican o descalifican a priori, o gente cuya pobreza extrema contrasta de un modo verdaderamente obsceno con la riqueza que van acumulando unos pocos. Si no lo hacen ellos como ciudadanos, ¿quién los va a hacer?

Para resumir: Ciudadanía, República y Revolución, de René Fidel González García, es el tipo de libro que necesitamos en la actualidad. Polémico, incisivo. Felicito a su autor por esa valentía cívica que ayuda a poner otra vez en su lugar a la virtud intelectual, esa que enemiga del conformismo egoísta y el silencio cómplice, se ocupa de la suerte de los más desfavorecidos, y en sentido general, de la de los ciudadanos que al final somos todos.

Juan Antonio García Borrero

Camagüey, 19 de octubre de 2015.

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Publicado el octubre 19, 2015 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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