UN CINE CUBANO EN EL LIMBO

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CAMAGÜEY. El conjunto de películas realizadas por cubanos es tan reducido, comparado con las producciones de países donde las industrias cinematográficas están desarrolladas a plenitud, que uno tiene la sensación de que ya lo conoce todo sobre el cine nacional. Y como se ha escrito tanto sobre sus diversos tiempos históricos (el silente, el sonoro pre-revolucionario, el revolucionario) llamar la atención sobre nuevos ángulos de ese fenómeno pareciera una temeridad: y, sin embargo, todavía queda mucho cine cubano por descubrir…

Al “cine sumergido” (ese que no necesariamente se hace fuera del ICAIC, pero que no alcanza a proyectarse en las pantallas que lo legitimarían ante su público natural), tendríamos que incorporar otro que ni siquiera aparece en las actas de bautizos de los historiadores y críticos que narran las dinámicas productivas del audiovisual realizado por cubanos: es un cine que podríamos afirmar que habita en un inefable limbo, porque hasta el mismo nunca ha llegado el pronunciamiento, ya sea a favor o en contra. Sencillamente, no existe, aunque fugazmente pasaran por determinados festivales, incluyendo el de La Habana.

Deben existir varios ejemplos, pero siempre que pienso en este fenómeno llega a mi mente el documental Si me comprendieras (1997), de Rolando Díaz. El nombre de Díaz ha quedado definitivamente asociado a Los pájaros tirándole a la escopeta (1983), una de las películas cubanas más populares de todos los tiempos, pero en su filmografía, integrada por documentales y ficciones, encontramos más de veinte títulos. Como hacia los finales de los noventa el realizador decidió residir fuera de la isla, puede entenderse (aunque nunca justificarse en lo académico) que los estudiosos perdieran de vista esa obra realizada en ultramar (Cercanía; La vida según Ofelia; Los caminos de Aissa), pero, ¿cómo explicar la sistemática indiferencia ante Melodrama o Si me comprendieras, esta última ganadora de una Mención Especial en el XX Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana? Creo que en estos casos estamos en presencia de algo más complejo que el ejercicio de la censura explícita.

Quiero decir, no estamos hablando de filmes como PM (1961) o Alicia en el Pueblo de Maravillas (1991), por mencionar apenas dos de las películas que en su momento provocaron determinadas reacciones oficiales, sino de algo más sutil que tendría que ver con la desmedida subjetividad, el gusto o el cambiante humor de quienes tienen la posibilidad de decidir sobre las cuestiones culturales. Este mal que fue detectado muy tempranamente por el cineasta Tomás Gutiérrez Alea, justo por los años en que se hacía realidad la absurda prohibición de PM.

En un memorando dirigido a Alfredo Guevara, que, sin embargo, podría leerse todavía como uno de los más lúcidos análisis que alguna vez se ha escrito en este país en torno al ejercicio del poder en la esfera cultural, Titón le cuestionaba al entonces presidente del ICAIC sus maneras autoritarias de legitimar aquello que llegaría al público. El memorando es extenso y Titón destaca en mayúsculas las siguientes ideas:

  1. a) La experiencia que puede extraerse del conocimiento de una obra reaccionaria puede dar lugar a soluciones positivas, revolucionarias, dentro del trabajo de un artista revolucionario.
  2. b) Ocultar obras porque pueden constituir una mala influencia para nuestros compañeros sólo puede producir un estancamiento en el desarrollo de los mismos. Y como consecuencia inevitable, una falta de confianza en las ideas que se dan como buenas (ya que se evita una confrontación con la realidad).
  3. c) No puede haber variedad en nuestras obras si todas se deben ajustar al gusto de una sola persona.
  4. d) La imposición de ideas, aun cuando estas sean correctas, es un arma de doble filo pues genera una reacción (muy humana, por cierto) en contra de la idea.
  5. e) No se puede pensar por los demás.[i]

En la historia del cine cubano revolucionario podemos encontrar numerosos episodios donde las películas, al margen de su calidad en términos artísticos, han jugado en determinadas fechas un papel catártico en lo político. Cecilia, por ejemplo, nunca fue la Cecilia de Solás, sino en todo caso el ajuste de cuentas con un Alfredo Guevara que no encajaba demasiado en los moldes de quienes pavonizaron la cultura de aquellos tiempos.

Pero no siempre ha sido lo explícitamente político lo que ha determinado la suerte de ciertos filmes, pues hay otro tipo de censura que estaría más asociada a la pereza intelectual, o a lo que llamo el triunfo de la noluntad, que es a mi juicio lo que en estos instantes viene dominando en el sistema institucional cubano. Y, en este sentido, y para hacer más compleja la visión que tengamos de estos fenómenos, puede apreciarse del ICAIC hacia dentro la misma dinámica que el Instituto debió enfrentar con sus adversarios externos.

Hace ya algún tiempo el realizador Rolando Díaz envió una carta abierta a Alfredo Guevara donde denunciaba la censura nacional de sus filmes, incluyendo Si me comprendieras. Hay allí un gesto legítimo por parte del director, desde luego, pero el historiador que intente encontrar algún documento que corrobore que hubo una prohibición de este tipo, probablemente fracase una y otra vez: nunca existió ese tipo de negativa explícita, en tanto lo que ha operado es la estrategia de la sordera.

“Háblame, para que yo te vea”, exigía Sócrates en su momento, y en la actualidad los poderes cuando censuran juzgan más eficaz la invisibilidad de quienes se quejan en la esfera pública que la ruidosa descalificación, pues, como aseguraba no sin cinismo Cioran, “en un mundo con prisas, ¿quién se detendría para responder a nuestras insolencias o para deleitarse con nuestros ladridos?”. Es allí donde defiendo para estos tiempos que corren el rol permanentemente crítico de la historia al que aludía Nietzsche.

La revisión histórica de la producción audiovisual cubana (incluso, de la que todavía no parece histórica, porque es demasiado reciente) ya no puede conformarse, en modo alguno, con las voluntades monumentalistas o anticuarias. Es preciso incorporarles a esas incursiones en nuestro pasado el carácter que solo un epistemólogo, es decir, alguien que esté dispuesto a poner bajo sospecha la conciencia que tenemos de ese pasado, podría llegar a desenmascarar.

Por eso no podemos darnos el lujo de que películas como Si me comprendieras no alcancen a incorporarse a ese ciclo de debates que en la actualidad se promueven alrededor del género y la racialidad como componentes siempre activos de la nación cubana.

Por otro lado, recuperar esas películas que hasta ahora permanecen en esa suerte de limbo tampoco significa concederles, en virtud de lo hasta ayer silenciado, el valor de una obra maestra, o de algo que no merece ser discutido con energía. De lo que hablamos aquí es de descubrir, a partir de un conjunto de análisis que opera más con lo sintomático que con las calificaciones superficiales, los diálogos establecidos con la época en que fueron filmadas, y a raíz de esas interpretaciones, reconstruir los mecanismos de inclusión y exclusión utilizados por el poder para legitimar determinados cánones, o naturalizar ciertos gustos que parecen naturales, cuando en realidad obedecen a intereses demasiado humanos.

Progreso Semanal/ Weekly autoriza la reproducción total o parcial de los artículos de nuestros periodistas siempre y cuando se identifique la fuente y el autor.

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Publicado el septiembre 9, 2015 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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