HASTA CIERTO TITÓN (Fragmento de la biografía intelectual de Tomás Gutiérrez Alea)

Titón dosEl 2 de mayo de 1972 Fidel Castro inicia una gira que lo llevará de visita por Guinea, Argelia, Bulgaria, Rumanía, Hungría, Polonia, RDA, Checoslovaquia y la Unión Soviética.Menos de dos meses después (el 11 de julio)Cuba (con Carlos Rafael Rodríguez encabezando la delegación) es admitida como miembro del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), la organización económica internacional de los países socialistas, con sede en Moscú.

El hecho es importante resaltarlo porque marca el inicio de la institucionalización del socialismo cubano en todo el país. En el plano económico comenzó en la isla un período donde la rigurosa planificación económica (según el esquema soviético) iba a jugar un papel preponderante, mientras que en lo ideológico se hacía igual de dominante el pensamiento reglamentado, algo que recordaba aquella observación de Albert Einstein, cuando en 1949, desde las páginas de “TheMonthlyReview” argumentara la superioridad humanista del socialismo, añadiendo como coletilla que,

“(…) sin embargo, es necesario recordar que una economía planificada no es todavía socialismo. Una economía planificada puede estar acompañada de la completa esclavitud del individuo. La realización del socialismo requiere solucionar algunos problemas sociopolíticos extremadamente difíciles: ¿cómo es posible, con una centralización de gran envergadura del poder político y económico, evitar que la burocracia llegue a ser todopoderosa y arrogante? ¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y cómo asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?”[1]

Pero no hay que desplazarse tan lejos en el espacio y el tiempo para advertir que también en la Cuba socialista de esa fecha aquel tipo de inquietud estaba presente. ¿Acaso no es similar a la preocupación ética de Einstein la que muestra Titón cuando en diciembre de 1971 hace referencia a la necesidad de fomentar un arte desalienador de la cultura, pero sin perder de vista que la ejecución de esas prácticas artísticas, al recaer en los hombros de unos pocos especialistas pueden enmascarar oscuras relaciones de poder? Nos dice Titón:

“No se me ocultan los peligros de esta situación: un arte ejercido por especialistas puede llegar a imponer una sensibilidad de capilla, de grupo privilegiado, de casta, de clase, en última instancia. Pero esos peligros son los mismos que asume la Revolución manteniendo durante mucho tiempo igualmente un aparato burocrático y un ejército profesional, antes de poder dar por extinguido el Estado”.[2]

Lo que a partir de 1972 comienza a afianzarse de un modo paulatino en el sistema cultural cubano no es exactamente un empobrecimiento de la calidad de lo que se produce (en definitiva, Virgilio Piñera siguió escribiendo desde las sombras, textos que hoy leemos con el fervor borgeano que habla de lo clásico), sino en todo caso la entronización de un proyecto público que declara inaceptable la autonomía artística, y demanda del creador el rol pedagógico y/o apologético, siempre en función de los intereses del Estado.

Por eso debería pensarse al intelectual como un eslabón apenas perceptible en la gran tragedia ciudadana que fue ese experimento que estableció férreas “reglas en el parque humano” de entonces. El daño provocado no afectó solo al artista, sino que mutiló todo ese conjunto de iniciativas espirituales que conviven en el seno de cualquier nación, empobreciendo el universo simbólico de los cubanos a través de la imposición de límites arbitrarios, estableciendo “verdades” unilaterales, y coartando la espontaneidad humana, que es, en el fondo, la fuente real de la evolución de cualquier cultura, más allá de los diferendos políticos que experimenten sus miembros.

Por eso puede afirmarse que si el “quinquenio gris” fue trágico para un grupo de creadores que no dejaban satisfechas las expectativas de aquellos que intentaban normar el “cómo debía ser la sociedad” (en vez de pensarla como era, y poner el empeño en mejorarla entre todos), el proceso resultaría definitivamente devastador para aquellos ciudadanos que vivían el día a día sin la posibilidad de que sus voces, cuando disintieran con la política oficial, a diferencia de la de los intelectuales alcanzase alguna resonancia, con el fin de ser reparada la injusticia en algún momento.

¿Tendrá relación con tal irracionalismo lo que Titón argumenta en la presentación que hace de Una pelea cubana contra los demonios aquel año en el festival de Karlovy Vary?:

“La acción tiene lugar en un pequeño pueblecito de nuestra Isla y se desarrolla durante la segunda mitad del siglo XVII. Es un intento de hurgar en nuestro pasado más oscuro, de ver con nueva luz nuestros primeros pasos, todavía al margen de la historia, de tomar conciencia de nuestras raíces. A partir de ahí, naturalmente, se pondrán de manifiesto nuestras inquietudes sobre la condición humana, sobre el hombre de todos los tiempos. Porque no hay que reírse cuando nos hablan de demonios, como si se tratara de una cosa del pasado. Hoy podemos llamar de distintas maneras esas manifestaciones aberrantes que se producen entre los hombres en determinadas circunstancias. Pero lo importante no es cómo se llamen, sino que el hombre no ha alcanzado aún una victoria definitiva sobre los mismos. A veces los tiene enfrente y puede identificarlos fácilmente y luchar contra ellos. A veces los lleva dentro de sí, sin saberlo”.[3]

Juan Antonio García Borrero

 

[1] Albert Einstein, “The Monthly Review”, NY, 1949.

[2]Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos, pp 194-195.

[3]Alea, una retrospectiva crítica (Selección de Ambrosio Fornet), pp 152-153.

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Publicado el septiembre 7, 2015 en TOMÁS GUTIÉRREZ ALEA. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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