LA ÉPOCA Y EL DESENCANTO

Una anciana acaba de recordarme que ya no se hacen películas para emocionarnos. Cierto: ahora casi todo está en función del espectáculo que intimida, de lo que impacta por un rato nuestros sentidos, y termina devorado por esa insaciable sed de inútiles novedades audiovisuales. La emoción imperecedera ha sido sustituida con el estremecimiento que se borra casi al instante, y deja apenas el remordimiento de haber malversado ese tiempo que jamás se recupera.

Malas noticias para quienes piensan que el 3D de ahora puede salvarnos de tanto naufragio. Gombrich tenía claro lo que vendría, al apuntar: “Cuando el cine introdujo la «tercera dimensión», la distancia entre lo esperado y lo percibido fue tan grande que muchos sintieron la excitación de una ilusión perfecta. Pero la ilusión se gasta una vez que la expectativa sube un peldaño; la damos por sentada y queremos más”.

Alcancé a vivir esa época a la que la anciana alude. En esas fechas, uno iba a los cines, y sumergidos en la oscuridad del salón, rodeados de extraños que por un par de horas se volvían familia, vivíamos junto a los protagonistas de las historias que nos contaran sus desdichas y laureles. Así crecimos mientras aprendíamos a vivir con esos héroes que muchas veces solo estaban destinados a recibir los golpes; pero que a pesar de eso (o quizás por eso) sobrevivían, y se instalaban para siempre en nuestras memorias.

No tengo claro cuándo fue que comenzó a cambiar todo. La anciana habla de “los cines” como si se tratara de una época muy lejana (y lo es: hace rato se desdibujaron en el horizonte las luces que iluminaban sus fiestas más memorables). Como jamás le ha dado por escribir críticas o hablar “en serio” de su pasión, se conforma con comentarme que lo de antes era distinto. Para mí, en esa queja lacónica hay más elocuencia que en veinte libros que intenten explicar el fenómeno del modo más académico que uno pueda imaginar.

Pero pensándolo mejor, creo que el origen de este malestar para con una época que ha hecho del tedio estético su marca registrada, comenzó hace mucho tiempo.

Lezama Lima

Y para no sentirme tan incurablemente solo en esa convicción, vuelvo a leer a Lezama:

Nuestra época tiende a convertirlo todo en espectáculo. Gide y Eliot reciben premios, se les engorda la bolsa y el Rey con todas las candilejas les entrega el cheque y el pergamino. Si Lautréamont hubiese vivido en nuestros días, le damos también el premio Nobel y el derecho a no hacer cola para entrar en el cine.

El aburrimiento es total y parece que todas las obras van a recibir su premio. Hacer una obra que nadie premie es totalmente imposible y eso revela la pobreza risueña y perversa de nuestra época”.

Juan Antonio García Borrero

 

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Publicado el agosto 25, 2015 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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