CINE CUBANO HECHO PARA TELEVISIÓN: OTRA HISTORIA POR CONTAR (Fragmento)

Hoy terminé de escribir un ensayito sobre el cine cubano hecho para televisión, que es a mi juicio, una de las grandes lagunas que tiene nuestra historiografía. Es un texto que no intenta ser exhaustivo, sino en todo caso, trazar una suerte de mapa inicial, que permita apreciar lo sucedido en ese campo, vinculándolo al resto de la producción audiovisual del país. Comparto con los amigos del blog este fragmento, para que se tenga una idea de por dónde me gustaría orientar las discusiones.

JAGB

Uno de los grandes problemas que tuvo la primera historiografía referida al cine en sentido general, es que dependió exclusivamente de la memoria de quienes la escribieron y/o protagonizaron en un inicio.

Muchas de las películas creadas en el período primitivo, al no existir una política institucional dirigida a la preservación física de las mismas, se perdieron para siempre, quedando apenas el testimonio que nos brindaron quienes pudieron verlas, y alcanzaron a reseñarlas o mencionarlas de algún modo. De esta manera, los relatos históricos fueron organizados sobre la base de las impresiones y los recuerdos que en cada caso se podían acumular. La inexistencia del documento fílmico no era un gran inconveniente, por lo que podríamos hablar más una historia de fantasmas y fantasías, que de evidencias y hechos tangibles que soportasen un examen rigurosamente crítico.

Una historia del cine cubano hecho para televisión es probable que tropiece con los mismos inconvenientes. Admitamos que esta es una historia donde faltarán muchos eslabones, ya que a estas alturas será difícil que podamos recuperar todo lo que se ha realizado, y, por otro lado, está lo peor: la sensación tácitamente compartida de que aquella producción no merecía figurar en los análisis asociados al cine.

A diferencia de los directivos fundadores del ICAIC, durante un buen tiempo quienes han dirigido la televisión en Cuba nunca apreciaron lo que se realizaba en esos predios como algo que pudiese aspirar a lo “artístico”. En este sentido, resulta muy revelador el testimonio de la directora Teresa Ordoqui (Te llamarás Inocencia), cuando anota:

(…) El ICAIC gozaba de un apoyo muy grande para promocionar lo que producían, eran considerados artistas.  En la televisión, desgraciadamente, no existía esa concepción, nosotros éramos un personal casi administrativo. No se nos consideraba artistas y nunca se nos dio ese tratamiento. Eso no es un problema del ICAIC. Al ICAIC le interesaba promover su obra, la obra que ellos estaban haciendo. El  ICRT no jugó ese papel, nosotros llenábamos la pantalla ¿Quién lo hacía?, ¿quién era mejor o peor? No había  esa sutileza, sencillamente, gran parte de los problemas que hubo con la gente lo tenían también las empresas a las que pertenecíamos. Y también hubo una política de que no existieran  territorios aparte, sino que el gran Cine debía ser el ICAIC. Eran concepciones  erróneas, o no,  conflictos de intereses en los que nosotros pagamos los platos rotos. Hubo un grupo que yo admiro en el ICAIC, porque hay mucho talento allí, pero también admiro a Belkis Vega, por ejemplo, o a Lizette Vila, a toda una serie de gente que ha estado trabajando y que yo no creo que se les ha dado el reconocimiento que merecen porque de veras tienen una obra, lo que pasa es que no han trabajado en el centro que promociona (legitima) el cine. Nosotros éramos el negocito de al lado, no éramos el centro de atención de los programas de televisión aunque trabajáramos para la televisión. Era para llenar la televisión…

Te llamarás inocencia

De cualquier forma, los debates teóricos más recientes relacionados con el problema de la estética cinematográfica lo han enfocado desde ángulos más ambiciosos y complejos que la simple exaltación artística del medio. La percepción de la producción televisiva en Cuba, comparada con la producción del ICAIC, no podía escapar de las limitantes mentales que condiciona en cada época la interpretación de la cultura que nos rodea.

Nuestra Historia del cine cubano por lo general ha partido de la misma cinefilia que animara la construcción de un canon que repite una y otra vez la consabida nómina de “las cien mejores películas de todos los tiempos”. Seamos justos entonces: más allá de la agudeza y honestidad intelectual de quienes intervinieron en la consolidación de ese primer ICAIC, ¿se podía pensar de otro modo en aquellas fechas, si para decirlo como Fevbre, los útiles mentales compartidos en la época no permitían avizorar otra cosa?, ¿no debería entenderse que en la mentalidad dominante del período la aspiración de crear una cinematografía nacional respondía a un juicio condicionado que condenaba a planos inferiores a la televisión?

Los del ICAIC persiguieron el encumbramiento estético de lo producido en soporte celuloide, en una operación que prescindía de modo arbitrario de aquellos ángulos que manifestaban el carácter más natural de las prácticas cinematográficas, que sigue siendo el comunicativo. Un analista de la sagacidad y al mismo tiempo militancia anti-hollywoodense de Octavio Getino, en algún momento posterior a aquellos sueños iniciales, contribuiría a desmitificar esas infundadas nociones, al apuntar:

Convengamos que el cine es, antes que nada, un poderoso medio de comunicación social, aunque por sus características peculiares, puede también convertirse, aunque sólo a veces, en medio de expresión artística, según los valores estéticos que aparezcan en algunas de sus realizaciones. En este sentido, la calificación generalizada que se le ha otorgado como “séptimo arte” al cine en general, reviste un tono más presuntuoso y “marketinero” que real. Porque el cine puede producir inolvidables obras pertenecientes al campo del arte y la cultura universal, pero también, en la absoluta mayoría de los casos, películas sin ningún valor reconocible que rápidamente pasan al olvido. Sin hablar ya de la infinidad de producciones cinematográficas y audiovisuales que no están concebidas para su circulación en las salas de cine, sino destinadas a cumplir finalidades muy diversas en la educación y la capacitación, la divulgación cultural, la información documental, la propaganda ideológica o religiosa y la publicitación de industrias y servicios, o el entretenimiento”.

Asumir con naturalidad lo anterior, dejando a un lado las antiguas y falsas jerarquías, nos permitiría integrar en una agenda de estudio más ambiciosa, y con la perspectiva holística que permiten los nuevos enfoques culturales, las interacciones que ambos medios (cine y televisión) propiciaron entre sí en Cuba, ayudando a construir un imaginario donde se complementan los discursos y alusiones a una nación sometida a un escrutinio que, oficialmente, nunca ha figurado en la prensa.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el agosto 16, 2015 en EL CINE QUE NO SE VE. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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