BIENVENIDO, MICKEY VALDÉS

Como anoté en el anterior post, estas viñetas conformarían una suerte de cuaderno que examina las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba, pero desde la perspectiva del cine. Sin embargo, cuando hablo de cine aludo a algo más que lo referido estrictamente a los textos fílmicos. Hablo de producción, pero también de los espectadores que somos en la vida, y que construyen las nociones de la realidad compartida muchas veces a partir de los estereotipos que se intercambian culturalmente.

Quizás las nuevas generaciones no alcancen a entender del todo qué significaba ir al cine, pero sobre todo, qué significaba salir del mismo, es decir, regresar a una realidad en la que era inevitable tomar como la medida de las cosas lo que parecía natural en las películas que vimos. Por eso el cine, aun cuando ya no tengamos más salas cinematográficas como las que existieron en su época de esplendor, siguen revelando tanto de lo que hemos sido, como de lo que nos hubiera gustado ser.

La viñeta que copio debajo también habla de esa relación Cuba-Estados Unidos, a partir de lo sucedido el pasado 20 de julio. Si algunos de mis descendientes la lee, sabrá que no hay aquí nada de esas pretensiones académicas que seguramente trascenderán en los libros que se escriban para examinar críticamente estos eventos históricos.
Y, sin embargo, mis descendientes sabrán que muchas veces quienes íbamos al cine en su momento (y que fue la abrumadora mayoría de las personas nacidas antes de los noventa) construíamos nuestras realidades desde esas salas oscuras. De modo que lo que aquí está escrito, es una extensión de ese estado de ánimo.
JAGB

Bienvenido Mickey Valdes

BIENVENIDO, MICKEY VALDÉS

No hubo sorpresa alguna: el 20 de julio del 2015 ocurrió lo que se suponía debía suceder, de acuerdo a un guión que ya había establecido por anticipado hasta nuestras maneras de comportarnos en ausencia. Así que no importó que no estuviésemos en Washington: los televisores se encargaron de repetirnos, una y otra vez, ese momento en que la bandera cubana era izada de nuevo en la capital de los Estados Unidos. Y los discursos oficiales elaborados para la ocasión. Y las manos de los antiguos adversarios estrechándose como símbolo de la anhelada reconciliación. Y, desde luego, a partir de ese momento tan significativo se multiplicaron en los medios y redes los análisis que, bien mirados, tienen más de profecía y ejercicios cartománticos que de observación profunda.

Soy de los que me alegro que al fin las relaciones entre los dos países comiencen a normalizarse. Pero hubo un momento de ese día en que sentí que estaba viviendo una suerte de déjà vu. Entonces llegó a mi mente esa obra maestra en forma de sátira que es Bienvenido Míster Marshall (1952), de Luis G. Berlanga, con guión escrito por el director junto a Juan Antonio Bardem y Miguel Mihura. Esa es la ventaja del arte sobre el periodismo: mientras quienes informan del ahora mismo nos hablan de lo que está sucediendo como esa novedad única que estamos en la obligación de comentar para que no nos tomen por tontos, los artistas consiguen revelarnos el sentido oculto de esas puestas en escenas que se reciclan hasta el cansancio.

Por eso en medio del noticiero que me hablaba por tercera o cuarta vez de las mismas noticias (las mismas palabras, los mismos gestos, diría nuestro gran mirón de Memorias del subdesarrollo) decidí apagar el televisor, y ver una vez más Bienvenido Mister Marshall, sabiendo que la mayoría de sus escenas, no obstante el tiempo transcurrido, han envejecido menos que algunas de las informaciones que acababa de escuchar.

Los que han visto la película saben de qué va: tras la Segunda Guerra Mundial, el pueblo castellano Villar del Río recibe la noticia de que una delegación norteamericana visitará el lugar con el fin de poner en marcha algunas de las ayudas que brinda el Plan Marshall. Entonces, ebrios de ilusiones, deciden disfrazarse de andaluces. Como vivo en Camagüey, una ciudad que se encuentra a más de 500 km de La Habana y de Washington, pues no he podido evitar sentirme parte de esa lontananza del progreso que se describe de modo tan eufórico en los medios, y que la película de Berlanga (he allí su vigencia) nos hace notar. Algo de esto comenté en un post que hace poco publicara con el título de “La ilusión de foco del 17D”: los que vivimos fuera de las capitales en que se desenvuelven estos acontecimientos históricos, digamos, fuera de esa gran sombrilla en la que parecieran aglomerarse las cosas de esta nación que van a trascender, estaremos condenados a ser descubiertos de modo póstumo: nuestras ilusiones colectivas habitan en un mundo que aún es invisible para los grandes medios o eventos académicos (pregunten en LASA cuántos investigadores que no residen en La Habana discuten allí sus puntos de vista).

No es que el cine cubano, por ejemplo, no haya intentado reflejar lo que se despierta en esas comunidades alejadas de las capitales (pensemos en El cuerno de la abundancia, de Juan Carlos Tabío, o en las películas de Daniel Díaz Torres escritas por Eduardo del Llano), pero yo hablo de ese acercamiento al fenómeno histórico desde lo que dice el ciudadano en su entorno más básico. A algunos les parecerá broma, pero en este país las noticias más confiables de cómo y qué piensan los cubanos no se encuentra en Granma, ni en la blogósfera, sino en lo que llamo la guaguasfera (basta montar a una guagua –ómnibus para los extranjeros- y poner los oídos en función de lo que la gente va comentando en su vía crucis cotidiano, pues a diferencia del silencio que se apodera del viajero que se desplaza en el metro de Madrid, los cubanos aprovechan las guaguas para hacer catarsis, purificar sus estados de ánimo, aplaudir a quienes admiran o mentarle la madre al último demagogo que aspira a manipular sus ilusiones).

Como es de esperar, este período de la historia cubana iniciada el 17 de diciembre ya está recibiendo el máximo de atención académica; varias universidades de prestigio (Harvard no puede faltar) intentan entender el problema a partir de lo que oficialmente se ha declarado. Sin embargo, si quisiéramos explorar lo que se mueve en lo más profundo del imaginario de un pueblo que, efectivamente, ha dado y sigue dando muestras de resistencia en el día a día, yo recomendaría darnos una vuelta por el ya voluminoso corpus de memes que reflejan los sentimientos de quienes desde la hierba ven luchar a los elefantes.

Un meme se asocia a esa imagen o idea que se transmite a través de Internet de un modo casi viral. No busquemos allí veracidad en el sentido que se lo plantearía un periodista tradicional, y, sin embargo, hay allí mucha verdad. Hablo de la verdad inconsciente que los modernos cartesianos, en su afán de construir mundos perfectos en nombre de una utopía que, justo por ser utopía, es más soñada que real y humana, jamás toman en cuenta. En esa imagen que fusiona a Mickey Mouse y Elpidio Valdés, por ejemplo, aparecida apenas minutos después de las alocuciones de Obama y Raúl Castro el 17 de diciembre del 2014, permanecen sumergidas un montón de ilusiones que quienes son habitados por estos tiempos modernos van compartiendo de modo silencioso e irreverente. Por lo que pude ver el 20 de julio, hubo más entusiasmo callejero en esos días en que se compartían todos los memes que iban apareciendo en Internet, que en esta hora de reconciliación oficial entre los dos países.

Será que la gente del siglo XXI ha aprendido de los políticos de antaño demasiado rápido la lección. Y se muestran cautelosos a la hora de administrar o derrochar el entusiasmo. Y es que es otro mundo el que vivimos, aunque las banderas sigan siendo las mismas, y nos siga despertando orgullo por la tierra que representan (para algunos, tierra donde hemos nacido; para otros, tierra donde nos acogen). De allí que el final de Bienvenido Mister Marshall permanezca invicta en su moraleja, esa que a quienes vivimos en Villar del Río o Camagüey, nos sirve de maravilla:
“Y Villar del Río vuelve a ser lo que ha sido siempre, un pueblecito cualquiera. Ya se sabe, a veces pasan cosas, pero luego, luego sale el sol, todo brilla y todo vuelve a repetirse. El humo es otra vez tranquilo. Las mujeres cosen en silencio. Las vacas, no, no mascan chicles, lo hacen habitualmente. Sí, ahora hay sol y hay esperanza. Suena la campana, la vieja campana, y como siempre un hombre que está trabajando se levanta y descansa o sueña mirando hacia arriba, al cielo, porque en definitiva ¿quién es el que no cree en los reyes magos? Y colorín colorado, este cuento se ha acabado”.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el agosto 12, 2015 en CUBA Y ESTADOS UNIDOS EN EL CINE. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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