POST RENUNCIA

No tenía pensado regresar a este asunto de la renuncia, pero no medí que cuando uno toma este tipo de decisión y la hace pública, son inevitables las reacciones, sobre todo de los amigos. Así que quiero agradecer los diversos mensajes que me han enviado, ya sea por vía privada, o compartidos en el blog y Facebook: mensajes de solidaridad la mayoría; otros donde el consejo de que lo piense mejor, persiguen la misma buena voluntad de apoyarme en lo emocional.

Los agradezco todos, pero quienes mejor han entendido el porqué de mi renuncia son los que advierten que, más allá del derecho que tiene cualquier individuo a elegir su destino, está lo sintomático de algo más grave que tendría que ver con el malestar que, a estas alturas, generan en mí ciertas prácticas institucionales. Esto no es nuevo, ni soy el único, desde luego: por poner un ejemplo, cada cuatro años los miembros de la UNEAC elegidos para hablar en sus congresos, disertan durante dos o tres días sobre estas carencias, elaboran extensos alegatos, hacen catarsis. Después, todo regresa al río del “más de lo mismo”, y la viscosa sensación de que estamos sepultados en las trasnochadas maneras de pensar la cultura en el siglo XIX, termina por ahogarnos.

Como individuo tengo un montón de frustraciones, y no dudo que hayan pesado en el paso que di. Pero no es la queja individual la que realmente ha provocado que tome esta decisión de alejarme del sistema institucional luego de 25 años vinculado a las mismas, ni creo que eso tendría algo de especial. Derecho para quejarme tengo, como cualquier ciudadano de este país, desde luego, pero lo que me toca como intelectual que cobra un salario en una institución cualquiera, es contribuir a que esta modernice su razón de ser, en tanto las instituciones existen con un fin público, y no sectario: en ese intelectual al que aludo tendría que existir, pues, más inconformismo que resignación, y pensar y actuar de acuerdo a lo que le dicte el poder de su razón, y no a la inversa (la razón del Poder).

Los que trabajamos por la cultura (y no solo con la cultura) tenemos en nuestras manos un desafío tremendo. Pero de nada vale que apelemos a la cultura y al sistema institucional que debería protegerla si perdemos de vista que la misma existe porque la realidad es compleja, y gracias a ella se pueden articular los disensos que los humanos experimentan mientras viven, con el fin de construir sociedades más humanistas, más inclusivas. ¿De qué vale una cultura que olvida que la diversidad de los individuos ha de ser lo más preciado?, ¿qué la cultura será más importante en la misma medida que dignifique a los individuos que la hacen y consumen desde su diversidad?

Lamentablemente, nuestros debates en torno a estos asuntos son bien escasos. O para decirlo con más claridad: no existen. Y eso trae como consecuencia que muchas veces la realidad marche por un lado y lo que dicen los intelectuales y el poder político por otro. Nos pasa con esto del consumo cultural, que casi un año después de todo lo que se discutió con bastante vehemencia, todavía no somos capaces de concretar una agenda práctica en la que puedan vislumbrarse estrategias que ayuden a que el país se adentre con naturalidad en el terreno de las industrias culturales y creativas. Todo porque se sigue pensando la cultura desde lo diseñado hace medio siglo.

En un contexto como ese es posible entender el repliegue de los creadores a ese mundo interior donde garantizarían la realización de su obra, pero sin un desvelo real por lo público, cuya construcción de sentidos delegan en funcionarios y políticos, más atentos al cumplimiento milimétrico de lo reglamentado que a la innovación. Como si de repente el reproche de Lezama a Mañach echándole en cara a este último las miserias de quienes en su época habían trocado la “fede” por la “sede”, alcanzase definitiva legitimidad.

Si me preguntan, yo me sigo sintiendo más cercano de Mañach que de Lezama. Creo que es en la esfera pública donde se tienen que resolver los problemas que nos atañen a todos. Y que deberíamos luchar por reintegrarle al intelectual ese espíritu crítico que ha sido reemplazado por la fotogenia y el carisma con que se conforman los medios de esta época, y donde la cultura se suele confundir con la armonía preestablecida. Pero eso, tengo que confesarlo, ahora mismo lo veo como una utopía. Otra más.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el julio 23, 2015 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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