PARA PADURA, DESDE CAMAGÜEY

Debo confesar que fue un duro golpe para mí no poder contar la semana pasada con la presencia de Leonardo Padura en Camagüey. Todavía no me resulta fácil asumir que tantos meses de contactos se fueran por la borda, en esta ocasión por razones que estaban más allá de lo humano.

Esta semana, tras la suspensión de la visita del escritor viajé a La Habana con la sensación de que, oficialmente, el hecho de que Padura nunca llegase a Camagüey no tenía la más mínima importancia para el sistema institucional. No hablo de los lectores y público que, bajo lluvia, acudieron a la cita que nunca tuvo lugar, sino de la reacción “oficial” ante lo acontecido.

Por suerte, para levantarme un poco el ánimo, Padura ha prometido que esa visita ocurrirá el próximo año, y que se desplazará a Camagüey por sus medios. También ha tenido la gentileza de darle a la Editorial Ácana de Camagüey los derechos de publicación de uno de sus textos, lo cual nos concedería el pretexto perfecto para tenerlo aquí en el momento de la presentación de ese libro.

Escucharlo decir esas cosas alivia un poco lo de la decepción, pero yo sé que será difícil, bien difícil, lograr robarle de nuevo un par de días de esa agenda de trabajo que cada vez se hace más ocupada. Y conseguir que otros (como lo logramos ahora) se sensibilicen con la posibilidad de contar con el regalo de su presencia en la ciudad.

Por suerte, ha llegado esta tremenda noticia de que Leonardo Padura acaba de recibir el premio Princesa de Asturias de las Letras, y eso nos compensa. Y otra vez me devuelve el deseo de tenerlo por acá para que los camagüeyanos que admiran su obra en Camagüey puedan compartir la alegría. Así que espero que, tarde o temprano, lo tengamos acá.

Juan Antonio García Borrero

PD: Como es lógico, a raíz de conocerse la noticia, han aparecido un sinnúmero de artículos. Pero este texto escrito por el también excelente escritor Abilio Estévez me ha encantado. Lo comparto con los amigos del blog.

PARA CELEBRAR A UN AMIGO QUE GANA PREMIOS IMPORTANTES

El escritor cubano Abilio Estévez recuerda los inicios literarios de Leonardo Padura, premio Princesa de Asturias de las Letras 2015

ABILIO ESTÉVEZ | 10/06/2015

Creo tener la certeza de que ya Leonardo Padura se ha reconciliado con la idea de que no será nunca un jugador de las Grandes Ligas. Ya no será el suyo el destino del gran Orestes Miñoso. Al menos con eso soñó en un tiempo, con el béisbol y los jonrones y los estadios repletos. Esa ambición es de hace muchos años, cuando lo conocí. Entonces trabajábamos los dos por las mañanas en la oficina de la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana, y estudiábamos por la tarde. Él tenía diecinueve años; yo, veinte. Y no puedo negar que a veces me resultara un poco irritante aquel compañero que, para mi gusto, hablaba demasiado de pelota. Su vitalidad no cazaba bien con el concepto romántico, casaliano (de Julián del Casal), que yo tenía de lo que debía de ser un escritor.

Como era natural, en aquel tiempo Padura admiraba el vitalismo de Hemingway, su lenguaje conciso, su pasión por la aventura y se iba a los estadios de béisbol. Y yo le decía que se dejara de tanto deporte y que leyera La montaña mágica. Él, supongo, pensaría que yo era demasiado nostálgico y que así no se escribía con verdadera fuerza. Quizá deba aclarar, en mi descargo, que mi inexperiencia estaba llena entonces de lugares comunes. Cuesta mucho acabar con los prejuicios en un sentido o en otro. Porque la verdad es que poco a poco, con una voluntad de acero, el carácter de un jugador que se prepara la gran temporada de las Grandes Ligas, Leonardo Padura fue levantando aquella catedral que todo escritor desea alzar, según la opinión de Marcel Proust. El entrenamiento se hizo íntimo y la tensión del músculo se hizo vigor literario. Primero, vinieron reportajes periodísticos de los que se convirtió en un maestro. Un periodismo profundo y controversial. Pero fue después, cuando leí Máscaras, me di cuenta de la reconciliación vital de Leonardo: la novela comienza con Mario Conde jugando al béisbol con adolescentes y se desplaza hacia un mundo de muerte, marginación, doble moral y grandes personajes sumidos en la muerte civil.

Años después, quienes participábamos en el jurado del Premio de Novela de Casa de Teatro en República Dominicana, descubrimos cuánto se distanciaba La novela de mi vida de las otras novelas presentadas al concurso. Y había allí el intento de un estudio sobre el exilio y sus consecuencias. Hoy, con más de once novelas escritas y cuentos y ensayos, y varios premios, entre los que destacan el Premio Nacional de Literatura de Cuba y el premio Princesa de Asturias de las Letras 2015 (concesión que ahora mismo celebramos), aquel muchacho apasionado del béisbol, se ha convertido en el más famoso de los escritores cubanos vivos. Con una narrativa intensa, comprometida y tan vigorosa como él mismo. Cómo logró transformar una energía en otra, es algo que siempre quedará un poco, y por suerte, en el misterio. Yo sé que tiene mucho que ver su tozudez, su capacidad de trabajo, su inconformidad, su disciplina. Por supuesto, también con su sensibilidad. También con la compañía de su esposa, que lo acompaña desde aquellos años universitarios, la no menos tenaz Lucía López Coll, y a quien no se puede olvidar en este momento de premios y princesas.

Yo le agradezco a Leonardo su amistad de tantos años y varias novelas que leo y releo cuando quiero espantar un poco mi nostalgia de siempre. Le agradezco que gane premios por nosotros, los que sabemos que además de un gran escritor es, y por raro que parezca, una gran persona. Y los que sabemos que habrá muchos más libros en el futuro. El nombre de Leonardo Padura no estará nunca en el Salón de la Fama del Béisbol. Estará, está, en cambio, en el de la literatura, y hasta donde sé (y él sabrá perdonar la herejía), aunque con menos mármol, este pequeño salón es mucho más perdurable.

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Publicado el junio 12, 2015 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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