REGRESO A ÍTACA (2014), de Laurent Cantet

He aquí al azar haciendo otras de sus travesuras inocentes. El azar, que rompe con todo lo que uno pueda prever. Si no hubiese sucedido lo de Cubana de Aviación, Leonardo Padura estaría hoy en Camagüey, y en la noche habríamos presentado en el multicine Casablanca Regreso a Ítaca (2014), de Laurent Cantet. Como se sabe la película ha conocido episodios de censura oficial, aunque afortunadamente fue proyectada un par de veces en el marco del Festival de Cine Francés, y circula ampliamente en el popular “paquete”.

Como intelectual, me parece sumamente cuestionable que las películas se censuren, si no hay en ellas llamados al odio o al exterminio de los otros. No me interesa hacerme cómplice del secuestro que determinados grupos políticos (aquí o allá) hacen de las obras de arte según los intereses puntuales que defienden. Es decir, me interesa fomentar un espíritu crítico en los individuos, una responsabilidad crítica, y no un paternalismo de Estado que intenta indicarles a las personas qué es bueno o no ver, leer, escuchar. Las películas no se prohíben: en todo caso se discuten.

Pero hablaba del azar y la inocencia de su devenir, y es que justo hoy, Progreso Semanal me publica una nota que escribí sobre el filme. La comparto con los amigos del blog.

JAGB

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Ítaca, el camino de la memoria

El 22 de febrero de 1960, el gran pensador francés Jean Paul Sartre arribó a La Habana. Llegaba acompañado de esa otra gran pensadora que fue Simone de Beauvoir. La Revolución liderada por Fidel Castro desde el 1 de enero de 1959 había comenzado rápidamente a radicalizarse, y contaba con un multitudinario apoyo popular. La foto que lo muestra en la escalerilla del avión, junto a Carlos Franqui, Guillermo Cabrera Infante, Virgilio Piñera y José Baragaño (apenas una pequeñísima parte de la tribu letrada de “Lunes de Revolución”) todavía transmite algo de su fascinación inicial por la Revolución.

Se sabe que el filósofo visitó lugares que no aparecían en las guías para turistas, se reunió con políticos e intelectuales, y escribió un texto que suele ser el punto de partida de aquellos cubanólogos que desean entender algo del hechizo de la izquierda europea de esos momentos por la Cuba revolucionaria: “Huracán sobre el azúcar”. Como diez años después Sartre terminó separándose de manera más bien amarga de la Revolución, los detractores del proceso revolucionario suelen ensañarse con él, acusándolo cuando menos de ingenuo; olvidan, sin embargo, que aunque entusiasmado con la Revolución, Sartre jamás renunció a su papel crítico como intelectual. Esto se nota con aquello que dice en medio de su encuentro con escritores cubanos que apoyaban al gobierno en aquellos instantes (incluyendo, desde luego, a los de “Lunes de Revolución”): “No olviden que los intelectuales no se encuentran jamás felices en ninguna parte. Cuba es su paraíso, pero yo les deseo que se quede así, que siga siéndolo”.

Como al decir de Borges solo existen los paraísos perdidos, muy pronto las vanguardias artística y política cubanas sacaron a relucir sus diferencias. Y llegó PM, donde lo menos que se estaba debatiendo era sobre la película, porque lo que estaba en juego eran las nuevas relaciones de poder. Esas confrontaciones entre artistas y políticos, que son naturales allí donde convivan los humanos, entre nosotros se satanizaron en nombre de un proceso político que pensaba en la justicia y la igualdad social ante todo, subordinando el presupuesto de la fraternidad a una unidad política que localizaba al gran adversario en el imperialismo. Todavía no se ha estudiado como se merece las maneras en que la política revolucionaria ha impactado el mundo de los afectos, el de las subjetividades privadas, o dicho por lo claro, el de la amistad entre ciudadanos comunes.

Medio siglo después de Sartre, otro francés llega a La Habana con su cámara, y la coloca en una de las azoteas de la ciudad. Quiere saber de la Cuba de ahora mismo, pero a diferencia de Sartre, no lo mueve el entusiasmo, sino más bien la curiosidad a ratos clínica. Seamos justos: a Laurent Cantet en Regreso a Ítaca no le importa tanto curiosear con lo que ha pasado a lo largo y ancho del país en estos cincuenta años de revolución, como en registrar el modo en que ese huracán descrito por Sartre impactara en otro grupo (apenas otro pequeño grupo) de intelectuales. Por eso, en mi lectura Regreso a Ítaca no es una película que comente sobre (o contra) la política a secas, sino que describe desde el intimismo, los estragos que en el plano afectivo pueden provocar las grandes convulsiones socio-políticas, y que, obviamente, no aparecen casi nunca contempladas en las Historias oficiales.

En una operación legítima desde el punto de vista artístico, y auxiliado por Leonardo Padura como guionista, el cineasta francés ha escogido al sector más desencantado de esa intelectualidad, y como era de sospechar, ello ha despertado las objeciones de nuestra policía ideológica, que haciendo caso omiso de las lecciones brindadas por las censuras de PM o Alicia en el pueblo de Maravillas muestra radical desprecio a todo lo que pudiera sonar a universos diegéticos. Y al igual que sucediera con PM o Alicia…, se entenderá que aquello que se muestra en Regreso a Ítaca quiere ser el reflejo íntegro de la realidad.

Perdura allí un disparate que merecería ser revisado de una vez y por todas, si de veras queremos que en algún momento nuestros debates ganen la altura y la calidad que merece la nación. Se equivoca el censor cuando piensa que una película puede convertirse en el inventario definitivo de las virtudes y los males de la época en que se realiza: siendo el cine uno de los dispositivos humanos que mejor refleja lo inconsciente colectivo, no tanto en lo que los realizadores nos muestran como en lo que como espectadores le añadimos al relato, este tipo de desmesura al final de lo que mejor habla no es de la imaginación de quienes hacen las películas, sino de quienes la descalifican sin someterla a la crítica, sin concederle el beneficio de la confrontación.

Con Regreso a Ítaca, tirios y troyanos (hablo aquí de aquellos que van a leer la película desde los extremos de un diferendo político que, no obstante el 17 D, permanece en sordina) se sentirán frustrados. Y razones legítimas no faltan en ambas orillas: aún con las numerosas desventuras que cada uno de los personajes describe en pantalla, puede decirse que Amadeo, el escritor que regresa del exilio, paradójicamente ha navegado con suerte. Pues, ¿cuántos escritores cubanos no han podido retornar?, ¿cuántos han muerto en esa distancia donde siguieron soñando en cubano?, ¿cuántos, como Carlos Victoria, terminaron en el suicidio? De eso, no obstante los desencantos que abruman a los protagonistas, no se habla en Regreso a Ítaca; pero tampoco se alude a los intelectuales que aún desencantados en algún momento, mantienen activadas las esperanza dentro de la isla. No le estoy reclamando a la película que debía incluir tales elementos, porque en ese caso estaría haciendo mi película; solo trato de resaltar lo que de siempre ha sido una evidencia: ninguna película puede ser un retrato exhaustivo de las sociedades que describe.

Por eso, y como aquí tampoco lo observado puede separarse del observador, entiendo los contrastes que le esperan al filme en su recepción. En mi experiencia personal, tengo a manos dos ejemplos de los muchos que se podrían poner: lo ocurrido en el cine Chaplin, cuando Regreso a Ítaca fue exhibido como parte de la programación del Festival de Cine Francés (y buena parte del público lo conformaba una generación cercana a la que retrata el filme) y recibió prolongados aplausos, y lo que pude apreciar tras la proyección que le hiciera en Camagüey a un pequeño grupo de mis jóvenes estudiantes. Para estos últimos, Regreso a Ítaca no le revelaba mucho más de lo que ya habían apreciado mejor (dicen) en Larga distancia (2010), de Esteban Insausti, y jamás llegaron a sentirse enganchados emotivamente con lo que se le contaba.

¿Cómo interpretar esta disparidad tan radical de lecturas más allá de las interpretaciones personales o generacionales? Porque al margen de las experiencias puntuales que en cada caso se tengan, los públicos cubanos que se asomen a Regreso a Ítaca lo estarán haciendo desde ese lugar común que sería el de la comunidad imaginada que se aferra a lo nacional. La película nos podrá gustar más o nos podrá gustar menos, estaremos de acuerdo con lo que dicen los personajes o nos parecerán lamentables sus parlamentos, pero lo que realmente se está discutiendo a través de ella es la memoria o desmemoria misma de la nación. Ahora, ¿de qué memoria estaríamos hablando?

He allí una interrogante cuya respuesta podría auxiliarnos a enfocar un poco mejor la discusión en torno a Regreso a Ítaca, porque ya a estas alturas es evidente que una cosa es la memoria histórica de nación (que por lo general administran los políticos, ideólogos, e historiadores), y otra la memoria afectiva, la cual suele conocer la luz gracias al arte y sus diversas modalidades. En la memoria afectiva de la nación, los grandes acontecimientos, las grandes gestas, los grandes hombres y mujeres también existen, desde luego, pero lo que importa es el registro minucioso de las consecuencias que han dejado en los individuos (seres finitos que aspiran a cumplir en vida sus utopías más personales) esos procesos colectivos. Vale apuntar que estas memorias no se excluyen entre sí, sino que se complementan, y que es su confrontación (no el divorcio planificado de las mismas) lo que nos daría una idea más íntegra de lo que ha sido el devenir nacional.

En definitiva, por mucho que hablen y hablen los personajes de Regreso de Ítaca desde esa azotea en la que parecieran estar por algunas horas más allá del bien y del mal, uno sabe que tarde o temprano tendrán que reincorporarse a esa vida que fluye indiferente a nuestros deseos allá afuera: regresarán al oficio de sobrevivir, al mundo de la acción y la construcción de nuevas utopías. Esa escena en que Cantet observa desde lejos cómo unos vecinos introducen un cerdo en una de las casas, me recordó un pasaje de las lecciones de filosofía de Hegel, aquel en el que Estipón debate en la plaza pública con Crates, y deja la discusión a medias cuando avisan que venderán pescado. “¿Cómo?, ¿abandonas el discurso?”, le reprende su interlocutor, a lo que responde el otro, en un acceso de lucidez insobornable: “Nada de eso, no abandono el discurso, sino que te abandono a ti, pues el discurso queda, pero el pescado se vende”.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el junio 4, 2015 en LA MIRADA DE LOS OTROS. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Excelente analisis, no he visto la pelicula, pero la buscare. Es un privilegio que Camaguey cuente con personas de su talla.

  2. Luis Viamontes

    Después de este artículo, ¡necesito ver la película! Gracias, Juani, lúcido y muy certero una vez más.

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