ERNESTO DARANAS Y PAQUITA ARMAS FONSECA CONVERSAN

En Camagüey seguimos organizando lo que será el Primer Festival de Cine Cubano para Televisión, y mientras llega ese momento de exhibiciones y reflexiones teóricas, me da un gusto enorme compartir con las amigos de Cine cubano, la pupila insomne, algunas de las entrevistas realizadas por la crítica Paquita Armas Fonseca a realizadores de ese medio, y que con tanta gentileza ha ofrecido a lo que llama “nuestro blog”.

Esta entrevista con Ernesto Daranas, el celebrado director de filmes como Los dioses rotos o Conducta es reveladora en más de un sentido, pero a modo de invitación a que la lean íntegra, cito apenas este fragmento:

“Creo que el futuro de un grupo atendible de realizadores cubanos dependerá de la capacidad que tenga nuestra Televisión, aún desde sus limitaciones materiales, de asumir ese creciente rol que las televisoras de todo el mundo juegan en la producción Cinematográfica.

Es un fenómeno nacido de las alternativas que los formatos digitales abren al Cine y a la propia Televisión; así como de los cambios que se han registrado en las estrategias de producción y exhibición en un mundo que, nos guste o no, cada vez se apega más al consumo doméstico de los audiovisuales. Esto ha determinado, entre otras cosas, que los mecanismos de producción, distribución y recaudación del Cine encuentren crecientes fuentes de ingreso entre los anunciantes televisivos, los canales de pago, la venta de DVD y la comercialización de los subproductos más diversos. La situación comienza a repercutir, incluso, en los criterios artísticos desde los que actualmente se filma.

Ocurre que una película, hoy en día, es una obra audiovisual con una breve temporada en la pantalla grande, y una vida mucho más longeva y activa dentro de la chica. Pantalla grande que, por cierto, ya no lo es tanto según el actual criterio de las reducidas salas multicine; y una pantalla pequeña a la que, por el contrario, se le suman pulgadas, una definición ya increíble, servicios colaterales y un sonido cada vez más sofisticado. En fin, que los ortodoxos, los puritanos del Cine y la Televisión, están en crisis. No importan sus nostalgias, ni siquiera las razones que en muchos casos tienen; el universo audiovisual se ha transformado a pesar de sus pesares”.

Ernesto Daranas

ERNESTO DARANAS, UNA CRUZADA FRENTE A LA BANALIDAD

Por Paquita Armas Fonseca

Ernesto Daranas y Natacha Vázquez recibieron el último trece de abril, de manos del monarca español, el Premio de Periodismo Rey Juan Carlos. La adjudicación del reconocimiento a Los últimos gaiteros de La Habana había ocurrido meses atrás, como también ese documental fue el gran premio del Primer Festival de la Televisión Cubana. En esa primera confrontación entre los realizadores de la pequeña pantalla, Daranas obtuvo además el premio en dramatizados unitarios por ¿La vida en rosa?. Hombre de teatro, de radio, de prensa escrita, de cualquier medio donde se pueda expresar, es un creador con una formación teórica que le permite esbozar ideas polémicas.

Guantanamera S.A. y Maní Tosta’o ¿son tus únicas pieza de Teatro? ¿Por qué apenas se habla de esa faceta tuya?

Entre mediados de los 80 y finales de los 90 escribí tres obras de Teatro que suman una buena cantidad de representaciones. Por razones totalmente ajenas a mi voluntad, eso ha ocurrido fuera de Cuba. En cambio, la Televisión y la Radio me abrieron desde el primer momento una puerta hacia el cubano de aquí y de ahora, que es el interlocutor que más me interesa. En los últimos años, diferentes actores y directores me han pedido textos teatrales, algo que no se ha concretado sólo por una cuestión de tiempo, pues sigue siendo un mundo que amo y respeto.

Como guionista ¿qué placeres y malos momentos has sentido?

Los buenos momentos los he tenido en la misma medida en la que he ido asumiendo la realización de lo que escribo y compartiendo el resto sólo con aquellos directores que me interesan. Y como que disfruto lo que hago, los malos momentos se olvidan filmando, escribiendo.

“En el audiovisual, el guión es mucho más abarcador”, afirmaste en una entrevista, ¿por qué?

Un guión tiene el poder de condicionarlo todo. Para empezar, viene a ser, digamos… como “el Eleguá” de una propuesta audiovisual, en tanto es la primera referencia de cuánto vale o no la pena arriesgar en un proyecto que debe tener la capacidad de comenzar por conmover a alguien tan pragmático como un productor o tan quisquilloso como un programador. El guión determina, además, la estructura y la dinámica internas de cualquier espacio, desde un dramático hasta un informativo; desde un documental hasta un musical. Condiciona, incluso, la calidad artística de un colectivo, pues es lo primero con lo que exige confrontar un actor o un especialista de puntería antes de aceptar formar parte de cualquier obra o programa. Un buen guión es, también, el mejor detector de un mal director mucho antes de que se concrete la obra. Un mal director comenzará invariablemente por modificar la historia y simplificar la propuesta hasta rebajarla al terreno en que sus limitaciones artísticas lo hacen sentirse cómodo; el bueno, la llenará de entrelíneas, búsquedas y connotaciones que trascienden y complementan al texto.

¿Cuál fue tu primer documental como director?

Hice algunas cosas pequeñas en una época en la que casi nadie filmaba independiente. La técnica no tenía nada que ver con la de ahora, pasé mucho trabajo, pero lo disfrutaba de un modo que a veces extraño. La verdad es que a veces no podía ni editar lo que con tanto sacrificio había rodado. Como quiera, así fue como aprendí el abc del cine y del video mientras me ganaba los frijoles en la Radio. Ya en los 90, comencé a filmar viñetas para una productora independiente con la que también hice algunos cortos. A partir de eso, tuve acceso a otras producciones relacionadas, sobre todo, con el documental de tema natural. Estudié Geografía y, como realizador, eso resultó muy útil para abrirme un espacio en ese tipo de trabajo. De esa experiencia nacieron, luego, la mayor parte de los temas que conformaron La Tierra más Hermosa. Ese fue mi primer trabajo documental para la Televisión Cubana.

¿Por qué piezas a cuatro manos y dos cabezas? ¿Resulta fácil la realización?

Eso depende mucho de la naturaleza del trabajo que enfrente. Hay proyectos que no podría filmar junto a nadie y en los que el sano egoísmo “de Autor” es indispensable. Al margen de eso, el audiovisual es un trabajo de equipo. Específicamente en el documental actual, son muy frecuentes los binomios creativos. Tampoco he tenido a menos hacerlo en la ficción, acompañando a ese excelente director que es Charlie Medina en El Hombre de Venus. Así es que no importa cuántas manos o cabezas hay si son laboriosas y capaces, si sólo hay tiempo para filmar y no existen tontos protagonismos. Los 12 documentales de La Tierra más Hermosa, por ejemplo, los hicimos con un equipo de sólo 4 personas en apenas un año de trabajo. Algo así sólo es posible desde el trabajo de equipo.

Los últimos gaiteros de La Habana te ha propiciado, y por supuesto a Natacha Vasquez, la co-directora, numerosos premios y reconocimientos ¿piensas mantener el binomio y el tema de la emigración?

La verdad es que no sólo hemos sido nosotros. Rigoberto Senarega y Pedro Suárez, más allá de la fotografía y el montaje que les corresponde, han sido pilares creativos de todo este conjunto de trabajos que hemos venido compartiendo. Otra vez somos 4 personas para todo. No me corresponde hablarte de la calidad artística de ese colectivo, pero sí de la humana; este es otro detalle que viabiliza tremendamente el trabajo de equipo, abriendo un futuro para nuestra colaboración en cualquier tema. En cuanto a los premios, llegan o no, y en el mejor de los casos, quedan luego como referentes que tienen el don de abrir otras puertas ante las que correr nuevos riesgos.

Se dice que el documental vive una reanimación en el ámbito planetario ¿qué opinas?

Durante las últimas dos décadas, el documental -quizás no tanto como género, pero sí como industria-, pasó de ser esencialmente cinematográfico para devenir un hecho audiovisual básicamente televisivo. La aparición del video, fue el primer paso tecnológico hacia una producción masiva para el género filmada con técnicas propias de la televisión. Más recientemente, la explosión de los canales por satélite y de cable trajo como consecuencia un rápido incremento en la demanda de materiales para cubrir parrillas de programación que han multiplicado por más de 100 veces sus horas de emisión en menos de 10 años. Esa traslación del Cine a la TV trajo, como es lógico, un grupo de exigencias que, en muchos casos, ha estandarizado el género “enlatando” buena parte de su factura con productos (eficaces, directos, sustentados en el interés del tema abordado pero con escasas búsquedas formales) al estilo de los que vemos en Pasaje a lo Desconocido, Fotogramas o el Canal Educativo. Pero siguen habiendo espacios para otras propuestas, incluso dentro de la propia industria latinoamericana. De hecho, han surgido emisores especializados en esas obras que pudiéramos catalogar “de autor”.

Como quiera, está claro que no es lo mismo narrar para el Cine que para la Televisión, y esto no significa que los presupuestos estéticos del realizador se vean obligados a bajar su nivel, simplemente, lo que se está imponiendo es un posicionamiento coherente con el medio “desde el que” y “para el que” uno se expresa. Tal vez este sea uno de los principales problemas de nuestra producción actual de documentales. En ocasiones, se filma en video desde las mismas reglas de juego del Cine. Se siguen haciendo obras en las que se respira el mismo aliento de aquellas de los 60 y los 70 ignorando no sólo el tiempo transcurrido, sino que es la Televisión y no el cine el vehículo natural de expresión para más del 90% de nuestra producción actual de documentales. E insisto en que no se trata de “bajar la parada”, sino en aprender a alcanzar el mismo vuelo creativo desde las características propias del nuevo medio para el que se trabaja, un medio, por demás, prácticamente inabarcable en la riqueza y variedad de sus recursos expresivos.

Cada vez se filma menos documental en celuloide. De hecho, los grandes éxitos recientes de este género (incluyendo, en nuestro contexto, Suite Habana) han sido rodados en digital. Y esta es una realidad que, en la misma medida que el digital se perfecciona a una velocidad impresionante, se impondrá también en la ficción. Y la razón no sólo está dada por los costos de producción, sino porque, cada día más, incluso para buena parte del “cine puro”, es la televisión y no la sala oscura el mercado principal. El naufragio de grandes productoras y distribuidoras de cine ha tenido mucho que ver con su capacidad o no de insertarse en el mercado televisivo, de la misma manera en la que han aparecido productoras y distribuidoras tradicionalmente televisivas que ganan incidencia en la producción cinematográfica. El motivo esencial rebasa el manido argumento del perfeccionamiento del video y del digital como alternativas tecnológicas y se debe a un hecho mucho más pragmático: en la Televisión es donde están los anunciantes, en la Televisión es donde está el dinero, la gente va mucho menos al cine ahora que hace 20 años y eso ha determinado que si, por ejemplo, hasta los 80 una película no llegaba a la TV hasta los 3 ó 4 años de su estreno cinematográfico, ahora te encuentres estrenos de hace apenas unas semanas emitiéndose por los canales de pago. Y el documental fue el primero en comprender y adecuarse a ese hecho.

La ruptura de los límites entre ficción y no-ficción ¿influye en una nueva aceptación a ese género?

Esa ruptura es sólo un elemento más dentro del creciente eclecticismo, no sólo del documental como género con fronteras cada vez más difusas, sino del audiovisual en general. La ficción, por ejemplo, también se ha retroalimentado sin sonrojo del documental. Eso sí, en ninguno de los dos casos se trata de movimientos recientes, de manera que no buscaría en ellos la razón de un boom propiciado, entre otros factores mucho más influyentes, por la estructuración y consolidación de un nuevo tipo de mercado audiovisual cada vez más amplio, diverso y compartimentado en el que hay espacio para casi todo. Así, el documental llena hoy –como decía antes- la parrilla de varios de los más famosos canales del mundo, cimentando una cultura de producción y de consumo que ha respaldado el éxito reciente de algunas obras de este género filmadas en digital y con enorme impacto, incluso, en los circuitos Cinematográficos.

En Cuba ¿cómo anda la salud del documental? ¿Qué se necesita para que vuelva a los puntos que alcanzó en la época dorada de Santiago Àlvarez?

No creo que se pueda regresar a esa época, más bien hay que avanzar en una dirección diferente acorde a la realidad de esta. Eso fue justamente lo que hizo Santiago en su momento. Por eso sigue siendo un guía; en tanto fue un pionero, un innovador, alguien que asumió retos que continúan siendo de vanguardia. Me gusta el documental cubano. El bueno, desde luego. No quiero caer en la tentación de mencionar nombres y obras, pues siempre se termina por ser injusto. En la ficción puedo decirte que Memorias… sigue siendo mi película, pero con el documental la cosa no es tan clara, al menos para mí. Pienso, eso sí, que Por primera vez, de Octavio Cortázar, tiene una magia especial; la misma que, en otro sentido y desde otros presupuestos, consiguió Dalton con su documental sobre Los Zafiros, Herido de Sombras y Fernando con Suite Habana. Simplemente, creo en la emoción como la forma más efectiva de comunicarse y estas tres obras apelan a ella sin sonrojos. No digo que sean las mejores, pero es el tipo de propuesta con el que soy más afín.

¿La vida en rosa? fue tu exitoso estreno como director en ficción ¿ese será tu camino más transitado desde ahora? ¿Por qué?

He dirigido más de 20 documentales y otros muchos trabajos de diferentes tipos. La mayor parte como freelance, sujeto a esquemas de trabajo bastante más operativos, eficientes y racionales que los que habría tenido que aceptar en cualquier espacio institucionalizado. En los últimos años, algunos renovadores criterios productivos y artísticos encontraron espacio entre los unitarios de la Televisión. A partir de eso me decidí a presentarles ¿La Vida en Rosa?, un telefilme bien complejo, con 73 minutos rodado en apenas 16 días y editado en otros tantos. La producción de Vania Valdés, así como el apoyo de Daniel Diez y Magda González, resultaron determinantes. La clave del resultado estuvo, eso sí, en la enorme carga de trabajo que aceptaron asumir, con talento y entusiasmo, actores y especialistas del más alto nivel. Siempre que se me permita perfeccionar esa línea de trabajo y abordar temas que me interesen, por supuesto que estaré abierto a repetir la experiencia.

¿Dónde ves el futuro de ese grupo de realizadores que ha potenciado el salto cualitativo que se aprecia en esos unitarios dramatizados; en la Televisión o en el Cine?

Creo que el futuro de un grupo atendible de realizadores cubanos dependerá de la capacidad que tenga nuestra Televisión, aún desde sus limitaciones materiales, de asumir ese creciente rol que las televisoras de todo el mundo juegan en la producción Cinematográfica. Es un fenómeno nacido de las alternativas que los formatos digitales abren al Cine y a la propia Televisión; así como de los cambios que se han registrado en las estrategias de producción y exhibición en un mundo que, nos guste o no, cada vez se apega más al consumo doméstico de los audiovisuales. Esto ha determinado, entre otras cosas, que los mecanismos de producción, distribución y recaudación del Cine encuentren crecientes fuentes de ingreso entre los anunciantes televisivos, los canales de pago, la venta de DVD y la comercialización de los subproductos más diversos. La situación comienza a repercutir, incluso, en los criterios artísticos desde los que actualmente se filma. Ocurre que una película, hoy en día, es una obra audiovisual con una breve temporada en la pantalla grande, y una vida mucho más longeva y activa dentro de la chica. Pantalla grande que, por cierto, ya no lo es tanto según el actual criterio de las reducidas salas multicine; y una pantalla pequeña a la que, por el contrario, se le suman pulgadas, una definición ya increíble, servicios colaterales y un sonido cada vez más sofisticado. En fin, que los ortodoxos, los puritanos del Cine y la Televisión, están en crisis. No importan sus nostalgias, ni siquiera las razones que en muchos casos tienen; el universo audiovisual se ha transformado a pesar de sus pesares.

¿Y cómo encajaría toda esa transformación en una Televisión tan específica como la nuestra?

Aún desde sus diferencias y especificidades, la Televisión Cubana ya tiene un camino adelantado en tal sentido a partir de la atendible experiencia de sus unitarios. Es inminente entonces el momento en que le corresponda aceptar ese doble desafío de la gran pantalla y de la chica, en el contexto de una Cinematografía igualmente obligada a encontrar alternativas que la saquen del estancamiento de los últimos años. La ganancia, entonces, será doble: por un lado, podrá multiplicarse la producción y exhibición de Cine cubano; por otro, la calidad, variedad y repercusión cultural de la propuesta televisiva se verá recompensada. El error que la Televisión no debe cometer ante esta perspectiva, es el de pretender asumirla calcando la muy perfectible experiencia productiva de sus unitarios, pues estamos hablando de obras y de producciones que, aún desde la austeridad de ese medio, tendrán que ser más complejas y ambiciosas.

¿Y acaso todo esto no propiciaría que la Televisión termine cediendo al Cine lo mejor de su talento?

No, en tanto la Televisión Cubana deje de ver “al Cine” como una responsabilidad de otros; en tanto asuma que ella está en condiciones de realizar un aporte cultural importantísimo en este sentido. ¿Cuántas películas cubanas se hacen al año?, ¿cuál es la repercusión real del Cine que ahora mismo se está haciendo? Tal vez entonces la situación sea más bien a la inversa, sobre todo si la Televisión comprende que tiene por vez primera en sus manos la opción de convertirse en una zona de máximo interés para el mejor talento fílmico del país y que, desde esa coyuntura, puede interesarlos hacia la profundidad de un medio que les abre, a la vez, la puerta de muchas otras opciones de dramatizados, necesitados desde hace rato de oxigenar sus criterios.

¿Eres un hombre de la Televisión?

Creo que sólo soy un hombre de trabajo. Un creador que no hace tontas diferencias jerárquicas entre la Radio, el Teatro, el Cine, la Literatura o la Televisión; entre las instituciones y la creación independiente. El medio que vale y al que pertenezco es aquel que, en cada momento de mi vida, me permite expresarme, llegar a la gente de mi tiempo y, por supuesto, dar de comer a mis hijos.

¿Qué exige la pequeña pantalla para que sea gigante en sus propuestas culturales?

No puede -o al menos no debe- hacerse una Televisión cuya primera premisa no sean las necesidades y particularidades del Público. En nuestro caso específico; casi tres lustros de limitaciones económicas y de inevitables transformaciones sociales, han afectado las alternativas recreativas, culturales y de ocio del ciudadano medio, multiplicándose con ello el rol de la Televisión como opción cultural y de entretenimiento por excelencia del cubano. Se ha multiplicado también entonces el nivel de prioridad que este Medio merece hacia la totalidad de su programación y no sólo hacia una parte de ella. Ante esta perspectiva; ¿cómo hacer converger de manera productiva y armónica las pretensiones educativas, informativas y de entretenimiento que animan al quehacer televisivo? ¿Cómo perfilar una propuesta culturalmente eficaz que tenga en cuenta las expectativas y necesidades reales de nuestro variopinto destinatario? Una buena señal ha sido asumir finalmente que los estudios de audiencia, lejos de documentos clasificados, son la única herramienta que posibilita un acercamiento objetivo a los intereses, carencias y necesidades de cualquier Público, y que al margen de esto, no existen mediums capaces de intuir lo que la gente necesita, clarividentes a menudo atrincherados en dos posiciones igual de riesgosas. La primera; la que entiende que el gran rol de la Televisión ante su destinatario es el de instruirlo y educarlo a ultranza. La segunda; propugnando que ese rol es, por el contrario, de mero entretenimiento. Es “el yin y el yang” de los Medios y, como en el taoísmo, la búsqueda del equilibrio entre ambos extremos se perfila como el propósito principal y más complejo. Un propósito que debe eludir esa cara, reiterada y estéril pretensión de desconocer -o reinventar- nuestra realidad, cultura e idiosincrasia mismas. Cada paso que pretendamos dar ignorando este hecho representará, a la postre, un retroceso. Nuestro público (como el de cualquier parte) buscará por otras vías aquello que no sepamos ofrecerle de manera inteligente, equilibrada y atractiva. Hay quienes suponen que el rol de la Televisión en nuestro contexto es el de arquitecto de una burbuja mediática que proteja al receptor de toda la basura pseudo cultural que se produce. No ha de extrañarnos entonces su sorpresa al percibir que ese mismo televidente al que se le comenta casi cada película, cada documental, cada concierto, cada video clip y cada suceso que ocurre en este mundo, de repente sucumba a la virosis del reguetón o al de la telenovela mexicana del banco de video. Sucede que, más que satanizar o canonizar modos y modas, corresponde ser capaces de ofrecer opciones; un concierto de calidad y diversidad hábilmente articulado a una estrategia cultural que se imponga por su coherencia con la realidad, con nuestra idiosincrasia, tradiciones y valores, y no sólo por sus buenas intenciones. Satanizar es, también, una forma de categorizar y hasta de priorizar. La batalla frente a la banalidad no es una cruzada evangelizadora. Es el pan de cada día. Un bregar constante que no se ruboriza de nuestra verdadera esencia y que ha de ser guiada, ante todo, por esa mirada cultural firmemente comprometida con ese ser que es el cubano, con su espiritualidad, sus conflictos, aspiraciones, carencias y atavismos.

Ante esta certeza, ¿cómo pasar por alto el detalle esencial de que, cada día, 11 millones de nosotros buscamos vernos realmente reflejados en ese pequeño espejo oscuro que requiere ser iluminado de alegría, razones, cultura, diversidad y buen entretenimiento?

Una Televisión realmente cubana es algo más que una televisión hecha por nosotros, es, sobre todo, una Televisión concebida para nosotros. Una Televisión que no por ello deje de ser universal y abierta a lo mejor del arte, la cultura popular y el pensamiento contemporáneos. Una Televisión enraizada en sus mejores tradiciones; que reconoce a la emoción como vehículo de la idea, al arte como mensajera de los valores; puntual con sus horarios de emisión y que sabe priorizar en ellos los intereses y necesidades reales de su Público. Una Televisión que asuma que su rol no es el de esbozar una alternativa de nuestra realidad, sino el de comprometerse con ella, consciente de que mucho más importante que el realismo es la veracidad, en tanto “realismo” es simple reproducción, y “veracidad” implica una elaboración ética, artística y comunicativa eficaz, portadora de valores y generadora de pensamiento.

Recientemente aseveraste “Para mí, es esencial que cada propuesta funcione a nivel de público” ¿lo logras?

Que otros valoren ese logro o fracaso. Eso sí, definitivamente me importa la gente. Desconfío de los genios incomprendidos. Nací y crecí en La Habana Vieja. La casa era el reino de la cultura de mis padres; pero la verdad es que en la calle era otro mataperros que terminó por ser un habanero impenitente. Todo lo que soy y lo que no soy como creador es una negociación entre esos extremos. Pero al mismo tiempo, necesito correr riesgos. ¿La Vida en Rosa? habla de todo eso: de la falsa barrera que a veces alzamos entre el arte pretendidamente puro y el arte popular, de la responsabilidad que siento ante ese mundo y esa gente a los que me debo, de la cuerda floja a la que me aferro.

¿Y no temes que los juegos formales presentes en tus obras te distancien de ese público?

Por supuesto, esa es la cuerda floja de la que te hablo, ese morbo de riesgos que padezco. Pero no subestimo la inteligencia de la gente en distinguir la pose y la “metatranca” de lo que es auténtico. Es mi manera de contar, sin perder nunca de vista que la emoción y el sentimiento son los mejores vehículos de la idea. Tengo la ventaja de escribir lo que filmo y de conocer siempre muy bien de dónde brota cada historia. Sólo desde esa verdad emprendo una búsqueda que deberá trascender el burdo realismo. De lo que se trata es de encontrar un reflejo artístico. En otras palabras: me interesa la veracidad, pero detesto el realismo. Aún así, jamás impongo a priori una pretensión estética; todo lo que formalmente haga -desde el guión, hasta la puesta y el montaje- habrá tenido antes muy en cuenta la naturaleza de la historia y de los personajes con los que trabajo, a la vez que se habrá cuestionado mil veces la mejor manera de que el público entre a un juego interesante, creativo y, de ser posible, enriquecedor e inteligente.

¿Cómo son actualmente tus relaciones con la palabra para imprimir?

La verdad es que han estado limitadas exclusivamente por el tiempo y la carga de trabajo. La narrativa en particular me ha ofrecido más de una oportunidad y, te confieso, comienza a molestarme no haber sido capaz de reservarme un espacio para concretar ese sueño.

¿Qué sueños confesables hay en tu mochila?

Poder confesarlos en la pantalla, sobre un escenario, en el éter, en un libro… Todo eso, aquí y ahora.

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Publicado el mayo 31, 2015 en Uncategorized y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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