PRIMER FESTIVAL DE CINE CUBANO PARA TELEVISIÓN (Camagüey, del 7 al 11 de octubre del 2015)

Como todas las Historias, la del cine cubano ha funcionado también sobre la base de muchos malentendidos que se desplazan de una época a otra en forma de mitos. Uno de esos mitos es el que asegura que una película realizada para la televisión (los llamados telefilmes) son automáticamente inferiores a las películas realizadas para la pantalla grande.

El hecho de que vivamos en una sociedad donde el tamaño de la pantalla ya no dice nada de la importancia de lo que se ve en ella, ha permitido que esa falacia comience a desmoronarse. Hay películas pensadas y rodadas en función de lo que hasta ayer conocíamos como “el cine como arte” que son unos bodrios, y, en cambio, cintas concebidas para ser apreciadas en la intimidad de nuestros hogares que logran transcender en el tiempo.

La verdad es que a estas alturas la Historia del cine ya no se puede contar como si no existiera la Historia de la televisión afectándola directamente. Normalmente el cine ha sido apreciado como algo que goza de una autonomía estética tal, que puede darse el lujo de narrar su historia como si fuera el ombligo de lo visible. El disparate se explica porque, por lo general, esos relatos se han organizado a partir del gusto demasiado personal de quienes escriben la Historia, de allí que en las numerosas encuestas que cada cierto tiempo se realizan con el fin de seleccionar “las mejores películas de todos los tiempos” una y otra vez salgan a relucir las mismas: en todos estos casos quienes escogen están respondiendo a una tradición que ya decidió de modo arbitrario que “lo artístico” era aquello que había sido concebido originalmente para ser mostrado “en grande”.

Hollywood se enteró temprano de que esas divisiones solo existen en las mentes fantasiosas de los críticos. Es cierto que en un inicio el desarrollo de la televisión generó feroces confrontaciones, pero al final se impusieron las negociaciones, debido a que en la vida real, los universos se van mezclando a partir de lo que las prácticas cotidianas generan. El arte (si de verdad existe) de eso que se muestra en una pantalla nunca estará determinado por el tamaño de la misma, o el lugar donde se encuentra ubicada, sino por las competencias creativas que sus realizadores inviertan en el producto.

En Cuba la relación establecida entre películas para pantalla grande y películas para televisión también ha estado marcada por los recelos, las exclusiones, y los olvidos. Es difícil encontrar a un crítico de cine cubano hablando con naturalidad de las producciones de los Estudios Cinematográficos de la Televisión. Y cuando habla es para compararlas con “las películas de verdad”. Con seguridad estará enterado de casi todos los pormenores de lo que va ocurriendo con la producción de cintas que en algún momento u otro serán estrenadas en los cines (sin importar que sean buenas o malas); en cambio, se mostrará indiferente con lo que pase en este otro universo.

Por eso resulta tan difícil encontrar entre nosotros análisis que examinen esas películas como parte de un campo cultural donde “la imagen en movimiento” es también un problema, que a su vez podría generar profusos estudios en torno a la recepción y la conformación de audiencias que, en definitiva, hoy se reciclan en consumidoras de películas hechas para nuevos escenarios y nuevas comunidades.

Pienso que de la misma manera que en su momento, como reacción a la competencia establecida entre la televisión y el cine, se legitimaron los canales donde se producían películas exclusivas para la primera, no sería asombroso ver cómo en un futuro se consoliden productoras que hagan películas para ser vistas en los teléfonos; y nosotros, sin enterarnos de los cambios, insistiendo en hablar de la misma historia del cine cubano de siempre: la de “las mejores películas producidas por el ICAIC” para una pantalla cinematográfica.

Desde luego, tampoco se trata de apelar a un tipo de análisis que contraponga por contraponer, con afán de desplazar lo ya conocido con una supuesta y efímera novedad. Necesitamos un análisis de esa producción que nos ayude a entender de qué manera las prácticas de representación audiovisual, más allá de los centros productores que las acogieran, estimularon la creatividad, o en su defecto, propiciaron una parálisis estética.

En lo histórico tenemos un extenso corpus de películas que se remontan a la década del sesenta (Yerma/ 1964, de Amaury Pérez, El final/ 1966, de Sergio Núñez) y llega hasta nuestros días, con las contribuciones de Alejandro Gil, Charly Medina, Alejandro Gil, Ernesto Daranas, por mencionar apenas algunos de los exponentes más destacados. Por el medio perdura la extensísima obra de Tomás Piard, y nombres como los de Teresa Ordoqui (Te llamarás inocencia/ 1988), Miguel Torres (La casa colonial/ 1984), Jorge Ramón González (Madrigal del inocente/ 1986), Senobio Faget (Caturla/ 1985), Diego Rodríguez Arché (Esta larga tarea de aprender a morir/ 1988), Jorge Proenza (La bandada/ 1990), José Torres López (Cuestión de principio/ 1986; A fuego limpio/ 1988), Manuel Acosta Cao (Aventuras de Guille/ 1984), Simón Escobar (La gruta/ 1986).

¿Qué sabemos de esas películas?, ¿en qué circunstancias fueron realizadas?, ¿a partir de qué expectativas?, ¿cuánto de poética de grupo podría adivinarse en esa creación?, y lo fundamental, ¿existen todavía?; ¿y en qué medida la actual producción de películas para televisión podría significar un puente que parte de una tradición hasta el momento invisibilizada por la Historia oficial?

Tomando en cuenta todos esos vacíos teóricos, y además, tomando en cuenta la producción sostenida y multiplicada de esos materiales, entre el 7 al 11 de octubre del 2015 estaremos organizando en Camagüey el “Primer Festival de Cine Cubano para Televisión”. Quedan invitados a aportar ideas.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el mayo 8, 2015 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

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