LECTURA, CULTURA, TECNOLOGÍA Y DESARROLLO COGNITIVO.

Recomiendo muchísimo este texto que el ensayista Luis Álvarez Álvarez me envía, con el fin de compartir con los amigos del blog. El tema que desarrolla ha sido abordado en el sitio en diversas ocasiones, y ha originado también alguna que otra polémica, a raíz de aquel post que titulé El perfecto neoanalfabeto, y que fuera replicado por Víctor Fowler, y comentado por otros intelectuales, como Esteban Morales.

La propuesta de Luis de que hablemos públicamente de lo que él llama “analfabetismo cultural” se me antoja sumamente lúcida, tomando en cuenta los nuevos escenarios en que nos desenvolvemos tras el 17D. Porque ya resulta cada vez más evidente de que Cuba se está incorporando a toda prisa a ese universo tecnológico que nos permitirá vivir cada vez más conectados al mundo. No importa que ahora mismo las conexiones sean precarias, y algunas de las mentalidades que enfocan policiacamente el fenómeno de Internet aún no se planteen el asunto en la dimensión cultural: quieran algunos grupos o no, la realidad tecnológica va diseñando un modo de acceder a ese “nuevo mundo” que cada vez depende menos de las políticas locales.

Para el ciudadano común que en el fondo soy, estas noticias me alegran: me hacen sentir que mis posibilidades de ejercer mi libertad y elegir como individuo crecen, se multiplican. Pero para el intelectual que debe pensar críticamente lo público, e imaginar consecuencias a largo plazo, ya me resulta inevitable no meditar el asunto desde la sospecha. ¿Qué pasará con ese conjunto de compatriotas que del día a la noche tendrán a mano dispositivos que le prometen y ponen al alcance de sus manos un sinfín de novedades culturales?, ¿contaremos con hombres y mujeres más cultas (y cuando hablo de cultos no digo instruidos, sino sabios) que pondrán esa sabiduría al servicio del bien común?, ¿o tendremos nuevos rebaños de gentes que se dejarán conducir acríticamente a donde los dispositivos (y quienes lo controlen) dispongan?

En el foro sobre consumo cultural que celebramos el año pasado expuse mis inquietudes personales. Desde mi punto de vista bien personal, pienso que como nación no tenemos diseñada aún una estrategia pública que nos permita pensar a la educación, la cultura, y el desarrollo de las nuevas tecnologías, como un proceso donde todo marcha al unísono. Más bien persiste el deseo de mantener aisladas estas áreas marcando territorios y fronteras, y de forma involuntaria se sigue contraponiendo la densidad del libro tradicional al consumo más bien “leve” de lo que nos ofrece una pantalla electrónica, como si los saberes informales y de nuevo cuño que se producen en estos últimos soportes no garantizaran conocimientos.

Será preciso entonces que impulsemos, en la práctica, políticas públicas que integren en un solo plano las novedades espirituales que se vienen experimentando en estas áreas antes disociadas, más en virtud de las otroras estructuras jerárquicas, que del análisis de lo que acontece en la realidad. Dicho de otro modo: será preciso que pensemos en recuperar al individuo que somos, con todo lo que de pretensiones humanistas implica el gesto.

Propongo entonces que este texto de Luis Álvarez nos vaya sirviendo de introducción al análisis de esos problemas que se supone discutamos en Camagüey en el mes de octubre, como parte del segundo foro sobre consumo cultural en la Cuba de hoy. Análisis y propuestas prácticas, en tanto el cierre de su texto más inquietante y provocador no puede ser:

“A diferencia de los humanistas de fines del s. XV, los lectores de hoy —inmensamente numerosos en comparación con los que abrieron por primera vez la Biblia del inventor de la imprenta— contamos con la experiencia histórica de lo ocurrido con Gutenberg en cuanto a la estrechez con que muchos miraron un invento que habría de abrir el camino a la Modernidad. Así como el libro esencial no murió en 1456, sino que cambió de soporte y abrió las puertas a una nueva época de la cultura humana, en el presente el texto electrónico, el ebook, la biblioteca digital, las tabletas y todas las modalidades actuales y futuras del libro están lejos de destruirlo: por el contrario, nos indican la entrada en una nueva etapa del desarrollo cultural del hombre. Y, también, el peligro de un nuevo analfabetismo: el que impida asomarse al nuevo texto que la revolución informática promueve”.

Juan Antonio García Borrero

 

LECTURA, CULTURA, TECNOLOGÍA Y DESARROLLO COGNITIVO

Por Luis Álvarez

La lucha contra el analfabetismo ha sido, durante todo el siglo XX, de una intensidad acorde, sin duda, con el dramático contraste entre enormes masas iletradas y una cultura cada día más centrada en la formación que, cuando menos, podría calificarse de escolarizada. Como es bien sabido, uno de los parámetros para considerar a una nación como “desarrollada” o “subdesarrollada” es, precisamente, la capacidad de su población de enfrentar, masivamente, la palabra escrita. Todo ello condujo incluso, en algunos países privilegiados, desde el siglo XIX a una atención concentrada de gobiernos e instituciones diversas sobre la solución del analfabetismo. La capacidad de lectura apareció como el rostro más directo y palpable de la cultura y el progreso.

A inicios del nuevo milenio, el problema del analfabetismo sigue siendo un problema mordiente para muchos países, en incluso para regiones fundamentales como América Latina, África y Asia. Pero, además, habría que confesarse que, en algunos países de los llamados —con cierto apresuramiento— “desarrollados”, lo cierto es que la capacidad de construir significados a partir de una sucesión de letras o grafemas, constituye una habilidad que no garantiza, por sí misma, el acceso a la cultura. Muchos son los componentes que permiten hoy afirmar algo tan estremecedor.  

Y es que, en efecto, el analfabetismo no se reduce a la habilidad de enfrentar la lengua escrita, sino que tiene en sí —se puede decir que como ocurre con la cultura misma— una serie de estratos que se traslapan y combinan de manera singularmente compleja.

Pues la noción, elemental por sí misma, de que el significado de que es portadora la palabra escrita cabe con llaneza en las acorraladas páginas de un diccionario, es de una ingenuidad que, por las consecuencias que ha tenido para las políticas educacionales y, por lo demás, para la conciencia cultural de la sociedad en el tránsito del siglo XIX al XX, no puede calificarse sino como aterradora.

De aquí que pueda hablarse, al menos, de dos clases fundamentales de analfabetismo: el primero, el que ha sido objeto directo de grandes campañas sociopolíticas y culturales en todo el planeta, puede denominarse como “analfabetismo lingüístico”, pues, ciertamente, sin un desarrollo de la habilidad elemental de comprender para qué sirve y cómo funciona la lengua escrita, es imposible acceder a una serie de conocimientos y, en particular, de modos de comunicación humana. Luego, propongo que se considere un “analfabetismo cultural”, puesto que la lectura y la escritura no se apoyan exclusivamente en el manejo de los signos gráficos o grafemas.

Para empezar el significado que se obtiene de un texto escrito, no deriva exclusivamente de las secuencias gráficas de un texto. Muy al contrario, dicho significado está en dependencia directa de otros factores que tienen una importancia fundamental. El primero de ellos es la habilidad del lector para predecir el significado de un texto, es decir, para, aun cuando su lectura no se haya completado, poder construir nociones generales sobre su carga semántica. Un ser humano incapaz de predecir el significado de un texto del que ha alcanzado al menos una percepción parcial, no es realmente un lector. No se trata sino de una comprensión, que se produce en todos los seres humanos con una habilidad lectora desarrollada, de que el texto, como expresión de un significado, solamente existe en un contexto. La cualidad obligatoria de que un texto debe tener una expresión, quiere decir que el texto se organiza con signos, que han sido tomados de un código específico, que puede ser gestual, cinético, postural, lingüístico, literario, musical, cinematográfico, teatral, arquitectónico, audiovisual, danzario, pero que también pueden ser signos, como a menudo sucede, que pertenecen a varios códigos y se integran en una única expresión textual para presentar un significado específico: esto es típico de las dos áreas más refinadas y complejas de la comunicación humana: la ciencia (donde el texto se caracteriza por tender a un énfasis en lo sistémico del código empleado) y el arte (donde el texto procura, generalmente, destacar factores extrasistémicos en el manejo del código por el artista).

Ahora bien, si comprender la expresión es importante para captar la integridad funcional de un texto, vale decir, pues, para el ejercicio de la lectura, ello no es suficiente para garantizarla, ni, por lo demás, es absolutamente definitoria de la lectura. Puede que un lector no haya realizado una comprensión exhaustiva acerca de un texto dado, es decir, que no domine toda la expresión de la que ese texto es significante, pero, si el lector lo reconoció como texto, ello suele tener que ver con ha podido identificar sus límites, pues, como ha apuntado el culturólogo Iuri Lotman, un texto sólo existe de manera efectiva a partir de esos límites, los cuales se realizan sólo y a partir de uno o varios contextos específicos de un texto. Señalar que un texto, para existir, requiere tener límites, no quiere decir meramente que un texto debe tener un marco formal para la expresión. Los límites de un texto se realizan como una jerarquía, una estructura que puede ser, incluso, abierta, como en el caso del arte efímero. Esa jerarquía es portadora de un sistema de interrelaciones con diversas zonas del código o código utilizado para expresarse, y, también, con el cuerpo general de la cultura en la cual ese texto es producido. No existen textos de abstracción total, ajenos a una determinación, siquiera mínima, de tiempo, espacio y dimensión cultural humana. Por ello, percibir los límites de un texto significa, ya, adelantar un paso en la lectura de ese texto, aunque la comprensión de este sea incompleta.

Finalmente, un texto, además de estar dotado de expresión y límites, debe poseer carácter estructural, lo cual quiere decir que un texto escrito no es tan sólo una sucesión de frases gráficas en el intervalo de unos límites y con un significado determinado: tiene que haber una organización interna, específica de ese texto —lo cual imprime un carácter individual a todo texto—, pero, al mismo tiempo, vinculada, de un modo u otro, con cierto tipo de textos que le son semejantes por algún rasgo —de aquí la factible ubicación genérica de cualquier texto en un grupo textual—.

Leer un texto, en sentido cabal, entraña un proceso simultáneamente de identificación de límites, de comprensión de expresión y de penetración en una estructura interna. A esta noción fundamental hay que agregar otra de no menos importancia: lo esencial de la evolución de la cultura humana, desde sus remotos puntos de partida, ha consistido en un gradual desarrollo de la habilidad para construir, emplear y descifrar signos. Lectura, escritura y sociedad son una tríada inseparable ya. El impacto creciente de las tecnologías informáticas no solo depende de la asociación de los dos grandes sistemas sígnicos de la humanidad —los lingüísticos y los matemáticos—, sino que cada día ha ido proponiendo nuevas modalidades de comunicación informática, vale decir, de signos y códigos para estructurarlos, los cuales van siendo incorporados también como temas y aun como modos de estructuración en la literatura: una novela como El corazón de Voltaire, del puertorriqueño Luis López Nieves, tiene como estructura básica la del correo electrónico, de modo que por una parte se revitaliza la muy antigua y prestigiosa epistolar, pero en su modalidad más contemporánea y, por eso mismo, en cierto sentido inesperada. No es casual que López Nieves organice esta narración alrededor de la figura de Voltaire, en cuyo siglo y cultura se desarrolló con mayor fuerza la novela epistolar.

Pero la cuestión del analfabetismo no se limita a la literatura y su recepción. Otros sectores de la cultura, como la lingüística, arrojan nueva luz sobre el sentido socio-cognitivo más profundo del analfabetismo. El filósofo, lingüista y teórico literario Jacques Derrida, una de las figuras de mayor relieve en el siglo XX, cuyos estudios contribuyeron no poco a la comprensión actual de que la escritura no es —como se creyó, a partir de Ferdinand de Saussure, y se repitió académicamente durante un siglo— una especie de reflejo mimético del lenguaje hablado. Hoy sabemos que el lenguaje oral tiene, en efecto, como función primaria la comunicación, y como función secundaria la noesis, pero que la escritura es inversa: su función primaria es el conocimiento, y la secundaria es la comunicación. Por ello el analfabetismo —flagelo aún masivo en varias regiones del planeta— no constituye tan solo un obstáculo para el usufructo de la cultura, sino que, ante todo, es una limitante para el desarrollo del pensamiento del individuo. Este hecho reinstala la problemática de la lectura como una cuestión más que nunca crucial en la sociedad contemporánea, pero también obliga a una perspectiva por completo renovadora.

En efecto, quienes siguen asumiendo como lectura capital la que se realiza sobre un texto impreso, olvidan que el libro no consiste estrictamente en su soporte material, sino sobre todo en su contenido. Ya a fines del s. XV, con la aparición de la imprenta, hubo actitudes extremas que impugnaron el entonces novísimo artilugio; las razones aducidas entonces son equivalentes en mucho a las que se arguyen hoy contra la lectura del texto electrónico: se decía contra el invento de Gutenberg que el libro impreso carecía de la belleza deslumbrante del manuscrito miniado, y —mucha atención a esto— se añadía que la lectura está “indisolublemente asociada” a un manuscrito que había que desenrollar en sentido vertical, mientras que las operaciones manuales con el libro gutenberiano eran, desde luego, muy distintas y tendientes a la horizontalidad. A diferencia de los humanistas de fines del s. XV, los lectores de hoy —inmensamente numerosos en comparación con los que abrieron por primera vez la Biblia del inventor de la imprenta— contamos con la experiencia histórica de lo ocurrido con Gutenberg en cuanto a la estrechez con que muchos miraron un invento que habría de abrir el camino a la Modernidad. Así como el libro esencial no murió en 1456, sino que cambió de soporte y abrió las puertas a una nueva época de la cultura humana, en el presente el texto electrónico, el ebook, la biblioteca digital, las tabletas y todas las modalidades actuales y futuras del libro están lejos de destruirlo: por el contrario, nos indican la entrada en una nueva etapa del desarrollo cultural del hombre. Y, también, el peligro de un nuevo analfabetismo: el que impida asomarse al nuevo texto que la revolución informática promueve.

 

 

 

 

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Publicado el abril 23, 2015 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Esto sí es una buena polémica.Hablar sobre lingüística,tomándola como base para el análisis del uso de las tecnologías,la lectura ( lo que sería obvio) y la cultura en general,me fascina,porque es algo notablemente olvidado,por decirlo de alguna manera y me parece sensacional, insisto.Ahora bien,ese uso de tecnologías para el desarrollo de la vida actual,no se limita a los ebooks,libros electrónicos u otros,va mucho más allá,cosa que estoy convencida que Luis sabe mejor que yo,mucho mejor,porque entre otras muchas actividades que ha realizado,fue mi tutor en el primer intento de tesis que hice y no he olvidado jamás,que analizamos los discursos de Roa y propusimos una nuevo tipo de párrafo ( el macropárrafo), que para la época era toda una innovación y riéndonos muchos años después decíamos que nos hubiéramos hecho famosos si no existiera Van Dijk y precisamente hace énfasis en el macrotexto,metatexto y todo lo que va más allá del texto en sí y hasta del contexto.Lo que quiero decir,es que la lectura,las tecnologías y su uso, están interrelacionadas,no hay asuntos aislados y yo defiendo el desarrollo tecnológico para aprender,hasta creo que ha traído y traerá aunque no lo entendamos todavía, mucho cambios en la escritura,en la forma de obtener conocimientos y demás.Lo dejo aquí por el momento.Yo estudié Educación,con énfasis en Lengua y Literatura.A los 45 años casi no sabía utilizar el correo electrónico por lo que alguien de alto rango en una entidad importante de la Cultura en Cuba intentó burlarse una vez.Hoy,doy clases de Tecnologías de la Imformación para el aprendizaje de la literatura y la lengua. He aprendido tanto y lo que me falta,que soy una defensora a ultranza y con evidencias científicas como me enseñó el primo Luis hace mucho tiempo que debían hacerse las aseveraciones en este tipo de conversaciones.Saludos y qué rico hablar sobre esto así,me siento renovada y como si estuviera en el Pedagógico,o en el ISA, o en la Biblioteca de Camagüey.

  2. Fe de erratas
    Muchos cambios
    Tecnologías de la Información
    Propio Luis

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