¿HACIA DÓNDE VA EL AUDIOVISUAL CUBANO?

Esta es una pregunta que con demasiada frecuencia aparece en algunos de los cuestionarios que someten a mi consideración. Entiendo el interés que pueda despertar una interrogante como esta, pero todo lo que se responda estará condenado a la mera especulación.

Todavía hoy pensamos en el audiovisual cubano como algo que se puede “controlar”, y decidir desde un determinado centro de operaciones cuáles serán sus contenidos, sus maneras de realizarse y distribuirse. Es normal que se piense de esa forma, toda vez que hasta hace apenas unos cinco años, “el cine” parecía algo objetivo, una cosa que se podía tocar, oler, en las salas cinematográficas tradicionales.

Hoy esa imagen ha quedado quebrada para siempre. El cine, o mejor decir, el audiovisual, se nos ha hecho líquido, y consigue impregnar sus invisibles olores en casi todo lo que pasa ante nuestros ojos: ya no hay una vía única por donde circulen las imágenes acompañadas de sonidos, sino que todo se bifurca en miles de senderos que no conducen a ninguna parte (aparentemente). Ya el sentido de lo que vemos no importa, o importa poco: la búsqueda del sentido ha sido sustituida por el impacto en los sentidos.

¿Estarán conscientes de ello los creadores de audiovisuales cubanos de estos tiempos? Puede ser, pero no hay un cuerpo de ideas plasmados en algún documento que nos permita interpretar con cierta profundidad cuáles serían las características de este “nuevo audiovisual”, y hacia dónde quiere ir (o incluso: contra qué quiere ir). Es como si todo el mundo estuviese nadando en una corriente que nos arrastra sin que exista idea de cuál es el destino, y se defienda ese viaje incierto como lo máximo.

Sin embargo, debo confesar que no he encontrado demasiadas novedades en ese viaje del audiovisual cubano más reciente. Esto no contradice la idea de que no pocas de las nuevas producciones me han interesado, y me han hecho pensar en ellas. Pero hablo del viaje a lo inesperado que tendría que ser la incursión de un cineasta en los abismos de su tiempo.

Bazin, hace algo más de cincuenta años, apuntaba: “Un escritor puede repetirse en el fondo y en la forma durante medio siglo. El talento de un cineasta, si no sabe evolucionar con su arte, no dura apenas más de uno o dos lustros”. Y en el caso de nuestro audiovisual, lo que ahora mismo quizás tengamos a la vista es la evidencia de que el lenguaje utilizado ya no da más. A no ser que pensemos que el cine solo sirve cuando los disfrutan apenas nuestros vecinos de lunetas: los eternos inquilinos de la caverna platónica.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el abril 16, 2015 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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