EN TORNO A “LOS OTROS SETENTA”

Este sábado que pasó tuve la suerte de compartir mesa en la Feria del Libro de Santa Clara con los escritores Norberto Codina y Ricardo Riverón, para hablar de “los otros setenta”. Como se recordará, hace unos siete años se originó en Cuba lo que algunos siguen llamando “la guerrita de los emails”, a raíz de la reaparición en la televisión cubana de tres funcionarios que tuvieron determinado poder durante el “quinquenio gris” o “decenio negro”.

La idea de hablar de los setenta en Cuba, de sus zonas oscuras, oscurísimas, pero también, de las luces que igual existieron, me sigue pareciendo bien atractivo. Siempre me he pronunciado por ese tipo de enfoque académico que mira a la realidad como algo complejo y lleno de matices: solo así conseguiremos humanizar el proceso examinado, y adquirir enseñanzas útiles. Inspirado en esa voluntad, yo mismo escribí en su momento un texto que titulé “Las aporías del gris” (publicado en La Gaceta de Cuba), donde intentaba describir fenómenos asociados a la producción del ICAIC que en las lecturas más tradicionales (apegadas al afán descalificador) se pasan por alto.

Las exposiciones de Riverón y Codina, a las que habría que sumar las del historiador Félix Julio Alfonso, me parecieron formidables, sobre todo si nos interesa adentrarnos en el estudio de estas zonas de nuestra historia no con un sentido monumentalista o anticuario, sino crítico.

Mientras preparaba las notas que finalmente expuse oralmente, encontré en mis archivos este texto que leí públicamente en Camagüey en el 2008, con el fin de presentar el libro “La política cultural del período revolucionario: memoria y reflexión”, compilación realizada por Desiderio Navarro de aquellas primeras conferencias que el Centro Criterios auspició. Creo que nunca se ha publicado, así que la comparto con los amigos del blog, como otra contribución mínima a ese debate permanente que nunca debiera desaparecer de nuestra esfera pública.

Juan Antonio García Borrero

SOBRE “LA POLÍTICA CULTURAL DEL PERÍODO REVOLUCIONARIO: MEMORIA Y REFLEXIÓN”

Mi generación (esa que nació alrededor de 1964, un poco más, un poco menos) tenía apenas seis o siete años cuando el Consejo Nacional de Cultura, encabezado por Luis Pavón Tamayo, comenzó a poner en práctica todo ese entramado de medidas represoras que hoy conocemos como el “pavonato”. A esa edad, era lógico que el horizonte de expectativas de mi generación estuviese enrumbado hacia otras zonas de la vida. Como toda inocencia infantil, la nuestra también fue egoísta. Imposible sospechar que esa realidad tan armónica que todo padre intenta agenciarles a sus hijos, disimulara tantas contradicciones, tantos autoritarismos, tantas injusticias que anularon a no pocos seres humanos.

Cuando hace cuestión de un año se originara ese debate en el cual un elevado número de intelectuales protestaron por la reaparición televisiva de Pavón y otros dos funcionarios de aquel período, lo primero que se puso de manifiesto fue la ausencia de un pensamiento verdaderamente auto-crítico en tantos años de devenir revolucionario. Por otro lado, el hecho de que ese debate ocurriera “fuera” de la sociedad real, en tanto los servicios de Internet y correo electrónico en Cuba son lujos de una minoría, habla de lo mucho que aún queda por implementar, si se quiere que la esfera pública sea algún día realmente participativa, y no solo apologética y unilateral. Felizmente, la publicación de un libro como “La política cultural del período revolucionario: memoria y reflexión” tiene la virtud de anunciar que ese aprendizaje pudiera comenzar a arrojar resultados tangibles.

Este libro se ocupa de la memoria histórica más reciente. Tal vez si Tomás Gutiérrez Alea aún estuviese vivo, diría que son las nuevas memorias del subdesarrollo, subdesarrollo que, como se sabe, no es tan grave en el aspecto material como en su variante intelectual. De hecho, hay momentos en que el libro llega a alcanzar tonos dramáticos perfectamente cinematográficos (sobre todo en los testimonios de Heras León y Mario Coyula), pero lo que predomina es la voluntad de análisis, el deseo de mostrar las cicatrices simbólicas de una época que confundió el humanismo con la intolerancia hacia aquella imagen que no coincidía con la que se esperaba tuviese el Hombre Nuevo, y condicionó la esperanza de muchos a la versión de la “realidad” que entonces pregonaban como única un grupo de personas en el poder.

Por eso lo primero que deberíamos exigir es que este libro se convierta en lectura obligatoria para todo dirigente que tenga que ver con la cultura en el país, y desde luego, para todo dirigente político. Pero no solo de lectura, sino de discusión sistemática y pública. Sería un modo de comenzar a subsanar no solo los errores de antaño, sino de comenzar a tomar verdadera conciencia de lo dañino que ha resultado al proyecto humanista planteado por la Revolución, esa renuncia al espíritu auto-crítico en virtud de la trasnochada excusa de “no entregarles armas al enemigo”.

En este sentido, me queda claro que la mera fetichización de una Idea (con mayúscula), no importa lo noble que esta sea, como todo acto que prescinde del análisis crítico, solo sirve para deshumanizar el contexto en que se desenvuelven aquellos que viven en la sociedad, en tanto estos no serán mirados como seres humanos reales y concretos, sino en todo caso como simples arquetipos que, en dependencia de los intereses de un grupo, pueden contribuir a consolidar o destruir esa Idea que se defiende. Las consecuencias de ese modo de mirar la vida, además de simplista, llega a convertir en una verdadera pesadilla a la existencia real, en tanto solo concede importancia a los polos, a los estereotipos. Baste recordar que en esa época de la que se ocupa el libro, llegó a parecer natural percibir los conflictos generados por el proceso revolucionario apenas de un modo prosaicamente binario: o se era combatiente, o se era bandido.

Ante todo quisiera, al igual que lo ha hecho Ambrosio Fornet en su ensayo, puntualizar mi lugar de enunciación. Quiero decir, especificar desde dónde escribo estas líneas, pues de la misma manera que no es lo mismo hablar de la realidad cubana desde La Habana que desde Málaga, tampoco es lo mismo hacerlo desde el Vedado que desde mi cueva en Camagüey. De allí que me parezca tan oportuna la observación de Arturo Arango, cuando dice que “(q)ueda también por estudiarse la manera como los dictámenes del Congreso se infiltraron en las estructuras de base y su interpretación y aplicación en otras regiones de eso que, un poco que despectivamente, se suele llamar “el interior” del país”. [1]

En mi caso puntual, tendría que aclarar que hablo desde el mismo Camagüey que en los años setenta se dio el increíble lujo de prescindir de Desiderio Navarro, expulsándolo del Conjunto Dramático de Camagüey. El mismo Camagüey de los setenta a donde, citando una zona del ensayo de Eduardo Heras León, enviaron de castigo a Senel Paz. El mismo Camagüey donde tengo entendido que Reynaldo González, por esa misma fecha, no encontró el respeto que merecía. Hoy, afortunadamente, cada uno de los intelectuales que he mencionado tienen la admiración de quienes lo leen, pero ello no me impide apreciar que otros no alcanzaron a tener la misma suerte. ¿Cuántos, tan solo por vivir en provincia, y tener menos acceso a los circuitos habaneros, habrán quedado por el camino?, ¿a cuántos se le habrá decretado la muerte civil?, ¿cuántos habrán cargado con esas heridas para siempre, sin que se les concediera las excusas?, ¿cuántos no se habrán perdido en el exilio? En este último punto, y para seguir con Camagüey, no puedo dejar de evocar el ejemplo de Carlos Victoria, aclamado en el extranjero, pero desconocido en nuestra provincia (para no decir en el país), aún cuando sus angustias y desventuras también forman parte de la memoria histórica de la nación.

Apelando a la famosa imagen del efecto mariposa, podríamos preguntarnos hasta qué punto no fue aquel clima de intolerancia de los setenta el que empujó a Carlos Victoria a un exilio que (ahora lo hemos terminado por confirmar de una manera demasiado dolorosa, demasiado trágica), no era más que un largo suicidio. Un exilio que no tendría fuerzas suficientes para superar, como en su momento tampoco pudo lidiar con quienes lo acusaban de “diversionismo ideológico”. No digo esto con aires del juez que no soy, ni me interesa ser: solo intento recordar que tan importante como denunciar el peligro de que vuelva de manera impune a pavonizarse la cultura en el país, lo es acabar de declararle la guerra a las secuelas mentales que nos dejó (muchas veces de una manera inconsciente) la práctica sistemática de esos atropellos y exclusiones.

Y es que el pavonato es algo más que un período histórico que quedó atrás, y al cual uno se aproximaría con un simple interés arqueológico. De hecho, quisiera precisar que cuando hablo de Pavón no hablo del ser humano que es dueño de ese nombre propio, y que como ser humano merece respeto. No es al hombre al que hay que atacar, sino a las prácticas que legitimó. Creo que en su sentido connotativo, el pavonato es una actitud donde se puede reconocer el miedo adolescente a confrontar ideas que no nos son afines; es la burocratización del pensamiento llevado a sus extremos más grotescos, esos donde apenas puede detectarse la caricatura de un funcionario que prefiere cumplir con el reglamento (es decir, con las orientaciones dictadas desde arriba) antes que desvelarse por la calidad de los resultados concretos. Por eso me parece acertada la afirmación de Ambrosio Fornet acerca de que “el pavonato no es tanto la expresión de una táctica política como una visión del mundo basada en el recelo y la mediocridad”.[2]

Ahora bien, de ser cierto lo anterior, entonces será preciso demostrar que a la época actual le es ajena ese tipo de adicción a la mediocridad en cualquiera de sus variedades. Y que ese complejo de inferioridad que simboliza la renuncia a convivir con el que piensa distinto, ya no se asume como una virtud. Creo que publicaciones como La Gaceta de Cuba, Temas o la gestión del Centro Teórico-Cultural Criterios, han estado dando indicios de que es posible fomentar una verdadera cultura de la polémica, propiciando espacios de discusión sobre temas que hasta ahora eran auténticos tabúes. Pero, ¿y más allá de la capital?

Me pregunto, para seguir hablando desde Camagüey: ¿tendremos aquí alguna vez un espacio de debate similar al que fomenta Desiderio Navarro en La Habana, y del cual es resultado este libro?, ¿podrá examinarse alguna vez aquí lo que han sido las relaciones entre la vanguardia política y la vanguardia artística en Camagüey, y los efectos que sobre la cultura camagüeyana ha tenido ese vínculo?, ¿sería capaz el Centro del Libro del territorio de asumir el desafío de aproximarse críticamente a la obra y personalidad de Carlos Victoria, por poner solo un nombre, del mismo modo que hizo en su momento con Severo Sarduy, como una manera de demostrar que aquella visión municipal de la cultura ahora es cosa del pasado?, es decir, ¿cómo una manera de confirmar que aunque geográficamente es el mismo Camagüey de los setenta, espiritualmente es otro?

Lo que me parece significativo del libro “La política cultural del período revolucionario: memoria y reflexión”, y que lo convierte desde ya en un punto de referencia insoslayable, es que no se conforma con hacer público el inventario de barbaridades y abusos que se hicieron naturales en la época. De hecho, ese inventario todavía es incompleto, no obstante la avalancha de testimonios que en su momento se originó. Desde luego que toda catarsis tiene su utilidad psicológica, en tanto permite liberarnos (al menos de forma temporal) de una angustia o frustración interior que nos tortura, pero de carecer de un respaldo intelectual, esa catarsis puede llegar a convertirse en algo estéril, a la par que monótono. Si se quiere de veras llegar al fondo de las cosas y mejorarlas, es preciso organizar las ideas, ir más allá de lo anecdótico con el fin de descubrir mecanismos de dominación y sumisión mucho más sofisticados que la censura explícita. Y eso sólo lo logra el pensamiento reposado. Crítico, polémico, pero reposado, al estilo del que propicia en su texto ese incansable pensador que es Fernando Martínez Heredia.

Creo que cada una de las conferencias que se incluyen en el libro tiene la virtud de invitarnos a prolongar la discusión, y a seguir develando esos nexos que se establecen entre las diferentes zonas que componen la realidad cubana, y que algunos reducen a lo binario. Y es que no basta con que sepamos qué pasó con cada una de las diversas expresiones artísticas de la época; es preciso que indaguemos en el modo en que estas se relacionaban entre sí, y a su vez, que indaguemos en la manera que negociaban con la vanguardia política sus formas de representar esa realidad a la que aludían.

En esta área de nuestros estudios culturales falta todavía mucho por transitar, sobre todo porque se han acumulado demasiados problemas sin examinar. Sean bienvenidos, pues, libros como el que hoy comento, que dejando a un lado la cómoda apología, nos invitan a pensar la cultura cubana desde la complejidad, que es la única manera de descubrir a los seres humanos que la hacen posible. Porque al final somos humanos precisamente porque somos, y seremos siempre, animales complejos e irreductibles, con una única pretensión común: ser felices.

Juan Antonio García Borrero (En Bembeta 723, el 8 de marzo de 2008).

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Publicado el marzo 31, 2015 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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