Archivos diarios: febrero 22, 2015

APUNTES PARA UNA CONVERSACIÓN CON AMBROSIO FORNET

Querido Ambrosio:

He leído emocionado su texto “El doloroso sentir: apuntes para una conversación con mis nietos”. La emoción nace de ese sentimiento festivo que acompaña a quienes se tropiezan en medio de una tupida madrugada, sin otras luces en sus manos que no sean las muchas preguntas que puedan compartir con el fin de seguir el trayecto. Preguntas algunas veces incómodas, pero a mi juicio más útiles que el montón de respuestas que algunos ya creen tener en sus manos.

También yo le he escrito a mis descendientes: para ser más precisos, a los nietos de mis nietos. Pero tengo la impresión de que ambos, en el fondo, sabemos que nuestros contemporáneos entenderán que el diálogo va con ellos, pues somos nosotros (los ciudadanos que en definitiva somos) quienes estamos obligados a construirles a nuestros nietos los cimientos de una nación que por principio debería ser mejor que la que hasta ahora hemos vivido.

Mientras leía su texto no podía evitar comentarlo en mi interior. Lo disfruté una primera vez de un tirón; luego lo imprimí, y comencé a subrayar ideas que provocaban y todavía provocan mis deseos de repensarlas, y que, para colmo, se me antojaban entraban en diálogo con algunas que casualmente he estado expresando en estos días en mi blog.

Digo casual, pero los dos sabemos que esa coincidencia de temas e inquietudes en modo alguno es tal: no obstante nuestras diferencias de edades, ambos respondemos a un mismo espíritu de época, un espíritu que, como es natural, nos afecta de modo diverso, pero nos empuja a buscar soluciones comunes; a ello se suma que, más allá de las divergencias puntuales, ambos militamos en el mismo campo, ese que aspira a la justicia social antes que al fomento de un individualismo feroz que solo legitimaría el conocido “sálvese quien pueda” capitalista.

Por eso, aunque usted ha decidido “tratar el asunto” con sus nietos, yo no he podido resistir la tentación de asumir (no exento de pudor) ese papel de intruso que, como en la vida cotidiana, impulsa a algunos a intervenir en conversaciones ajenas. Después de todo, cuando en el mismo párrafo usted habla de “encontrar temas de conversación y un lenguaje común para dialogar de verdad” está poniendo a mi vista el madero salvador al cual suelo aferrarme desesperado siempre que aparece un interlocutor con esa voluntad.

Sé que es una impresión demasiado personal, pero a ratos siento que los cubanos vamos por la vida huérfanos de esa cultura del debate que permitiría reconocernos como parte de este mundo que a diario se renueva. Como consecuencia de ello vivimos instalados de modo acrítico en una tradición que nos compulsa a permanecer fieles a lo que nuestros próceres contribuyeron a construir en su momento: fieles sin más. De allí que sea tan difícil “conversar y dialogar de verdad” sobre todo si están por medio las miradas dispares: lo que va predominando hasta ahora es el interminable torneo de egos peleones, el oportunismo político disfrazado de abstracciones humanistas que mal disimulan los intereses particulares, y lo peor aún, el conformismo intelectual que renuncia a soñar un mundo diferente, pero diferente a lo que hasta ahora hemos conocido, se viva donde se viva. Lee el resto de esta entrada

PRESENTACIÓN DE “LA GACETA DE CUBA” EN “EL CALLEJÓN DE LOS MILAGROS”

El próximo viernes 27 de febrero, a las 4.00 pm, estaremos presentando en “El Callejón de los Milagros” de Camagüey, el número más reciente de “La Gaceta de Cuba”. Como un anticipo del contenido que podrán disfrutar, comparto con los amigos del blog este provocador texto del ensayista Ambrosio Fornet. A mí su lectura me ha motivado mucho, al extremo que también he tomado mis apuntes con el fin de prolongar mi propia conversación con él. Compartiré esos apuntes personales en el próximo post.

EL DOLORIDO SENTIR: APUNTES PARA UNA CONVERSACIÓN CON MIS NIETOS

Por Ambrosio Fornet

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El otro día un joven escritor a quien aprecio por su discreta franqueza me preguntó si yo no sentía que para nosotros, los viejos, este difícil momento de transición había empezado demasiado tarde. Le dije que sí, pero aclarándole que la mayoría de nosotros seguimos teniendo tareas y hasta planes –planes a corto plazo, se entiende–y que eso no iba a cambiar porque haya una sola moneda o el reconocimiento de las leyes del mercado o de ciertos rasgos de la naturaleza humana. Si vamos a seguir siendo escritores y artistas comprometidos de algún modo con un proyecto de desarrollo social y cultural, tendremos que seguir escribiendo, componiendo, pintando, actuando y, por supuesto, haciendo planes. Con la única diferencia de que ahora tendremos que ser más cautelosos –valga la paradoja–, porque ahora sabemos, dando por descontado el oficio, que con la buena fe y el entusiasmo no basta. Ahora es necesario dudar. Dudar de todo –diría yo, cartesianamente–, menos de la justicia de nuestra causa. Y por tanto es necesario estar abiertos a la crítica, para poder exigir el derecho a criticar.

Hemos tenido que renunciar a muchas ilusiones –que ahora muchos llaman utopías—pero no podemos renunciar a la idea de que un mundo mejor es posible sin negarnos a nosotros mismos. En el vocabulario insular se ha reinstalado con mucha fuerza el adjetivo “pragmático” –un anglicismo, ¿no?–, y me parece muy bien que empecemos a considerarlo una virtud; pero no –para predicar con el ejemplo– sin someterlo antes a prueba. Porque los pragmáticos se equivocan también, y más cuando pretenden asomarse a un medio como el nuestro, donde la simple fórmula de dos más dos no siempre da cuatro.

Creo que a los intelectuales y artistas, tanto viejos como nuevos, la crisis nos da una oportunidad de crecer y demostrar una vez más lo que somos. Después de todo, utopía es –según el diccionario de la RAE– un proyecto optimista “que aparece como irrealizable en el momento de su formulación”, así que lo que cometimos, al creer que ya aquello estaba a nuestro alcance, fue también un error semántico. Error costoso, sin duda –lo estamos viendo–, pero reparable, lo que nos abre la alternativa de reorientarnos sin sobresaltos hacia lo que Sánchez Vázquez se atrevió a llamar la utopía posible. El papel que en esa alternativa debe desempeñar la Economía es decisivo. Decisivo, sí, pero insuficiente. Porque falta ahí un ingrediente básico, que es la Cultura. Varona decía que la moral no se enseña, sino que se inocula. De la cultura que no sea simple instrucción o pedantería podría decirse algo semejante. Así que a nosotros nos toca, en gran medida, darle a esa acción profiláctica un carácter orgánico, lo que sólo se logrará completando la fórmula incompleta del pragmatismo. Que la Economía permita desarrollar al máximo las fuerzas productivas del país, pero que ese imprescindible y ansiado desarrollo no vaya a borrar la memoria del pasado ni a distorsionar la visión del futuro, porque ese marco es el único en el que puede insertarse orgánicamente nuestro rostro, el rostro colectivo. Lee el resto de esta entrada