¿CUÁL MARTÍ?

A José Martí no lo conozco todavía. Sucede que entre Martí y yo, se interpone una multitud cada vez más gigantesca de martianos que sí dicen conocer no solo sus obras, sino los que fueron sus pensamientos más íntimos, y a partir de esa convicción se empeñan en imponernos sus muy particulares versiones del héroe.

Creer en Martí de esa manera que roza con la idolatría acrítica no es cuestionable: todos necesitamos creer en algo o en alguien (o descreer, que es otra modalidad de la necesidad de creer, en este caso, creer que no se cree en nada). Lo fastidioso es que con tantas citas fuera del contexto, y tantas manipulaciones aquí y allá, nunca me dejan llegar al Martí de carne y hueso que vivió, padeció, y soñó con Cuba como la han soñado pocos. A estas alturas Martí se nos ha convertido en el recurso más utilizado por los cubanos en esto de la escritura creativa.

Cuando Tomás Gutiérrez Alea realizó en 1963 La muerte de un burócrata estaba pensando en esos vulgarizadores de la obra martiana. Y, por supuesto, tuvo que lidiar con las reacciones de aquellos martianos a los que no les cabe en la cabeza que hablar de Martí significa hablar de alguien que fue esencialmente humano, y cuya grandeza habría que localizarla no en el individuo físico del cual tuvimos noticias, sino en las metas que se propuso, y que supo defender en su corta vida, al extremo de hacerlas trascender al presente.

A Titón no le faltaron entonces martianos que cuestionaron el modo de abordar la figura del Apóstol. Pongo como ejemplo este fragmento de la conferencia de prensa efectuada con posterioridad al estreno de la película aquel año:

Periodista: No me gustó que usted usara a Martí para los bustos que sacaban en serie. Como es una figura tan venerada y tan pura, me pareció un poco de osadía por su parte. Estos bustos en los rincones martianos que aparecen en la película, efectivamente son una cosa ridícula, pero no me gustó que la figura de Martí fuera cogida para ese tipo de cosa. Además esta película va al extranjero y parece como si nosotros nos riéramos de Martí, o sea, que nos reímos de todo.

TGA: ¡No! Bueno, no sé si alguien quiere opinar sobre eso. (…) Lo que yo creo que sí realmente es ofensivo y realmente una falta de respeto, que me ofende y me hace sentirme muy mal, es el abuso que se ha hecho de Martí desde hace unos cuantos “cientos” de año, como dice el personaje. A Martí se le ha usado para todo y Martí –lo que para nosotros es efectivamente una de las realidades o de los hombres más grandes con los que nos podemos enfrentar- se ha convertido así en un instrumento para las peores causas. Entonces la repetición de ese símbolo de Martí lo ha despojado de todo su contenido, ya la imagen de Martí puede ser cualquier cosa menos lo que era Martí realmente.

(…)

Un peligro que hay en la Revolución es el de convertir los símbolos en cosas huecas. Entonces yo estoy contra eso. Estoy contra los brazos levantados, contra los rincones martianos, contra las banderas, contra los “affiches” esos, contra las consignas, contra todo eso que llega un momento en que se convierte en papel mojado. Entonces eso es una manera de romper ese tabú”.[1]

Entiendo la irritación de Titón con este uso y abuso arbitrario y oportunista de la figura martiana. Él, que era un martiano convencido (si rastreáramos la impronta de la imagen del héroe en su cine, la encontraríamos en casi todas sus cintas), sospechaba que para traer de vuelta a Martí, al Martí más auténtico, había que poner en marcha una operación intelectual similar a la que los griegos en su momento propusieron a través de la alétheia, o dicho de un modo más simple: a través del des-ocultamiento.

Martí, efectivamente, ha quedado oculto detrás de tantas citas que se han repartido a partes iguales quienes contienden en la vida del día a día, y apelan a su autoridad simbólica para doblegar a los adversarios. En lo personal, desde muy joven me hice adicto a las “citas”. Soy de los que las colecciona y aprovecha cualquier oportunidad para compartirlas. No veo nada negativo en ello siempre que uno esté consciente que las citas resultan apenas instantáneas intelectuales de algo que siguió siendo permanente devenir. Creer que por una cita conoceremos el perfil sicológico de quien en su momento expuso las ideas es puro autoengaño, para no decir que malsana manipulación.

Las citas se agradecen cuando invitan a quienes las leen a internarse en la complejidad del ser humano que dio lugar a esa formulación. Nadie “es” en esta vida mientras estemos viviendo, sino que todos estamos “siendo” en la misma medida que vivimos, por lo que aferrarse a lo que Martí dijo en este o aquel instante, sin examinar a conciencia los contextos objetivos y subjetivos que propiciaron el razonamiento que ha logrado trascender, estaría hablando más de los intereses vitales de quien cita que del citado.

Para llegar al Martí más primigenio, pues, no al Martí que sigue hipnotizando a muchos sin haberse asomado jamás a lo que fue su vida concreta, será preciso atravesar ese frondoso bosque de habladurías martianas que ahora mismo nos separa de él. El trayecto se adivina arduo y largo, tomando en cuenta la cantidad de mitos que han conseguido acumularse a su alrededor, y que como cantos de sirenas, constantemente ponen en peligro la comunicación directa con el individuo que fue capaz de formular un proyecto de nación que pensaba en todos.

Se dirá que es imposible alcanzar esa meta. Que siempre estarán por medio las subjetividades de quienes interpretan de buena o mala fe ese conjunto de ideas ajenas que llega hasta el individuo que estamos siendo en cada instante. Y es cierto que se nos ha hecho demasiado natural ir presentando a Martí (mejor dicho, a la parte del Martí que nos conviene) de acuerdo a la ocasión que nos convoca. Desautomatizar ese modo de pensar en Martí demandará en términos intelectuales la misma energía que exige cualquier gran disciplina.

Herramientas más rigurosas que el simple impresionismo ya existen a estas alturas. Podríamos pensar incluso en Wilhelm Dilthey (contemporáneo de Martí), que ya desde entonces ponía las primeras piedras en la construcción de ese edificio de saberes asociados a la hermenéutica, y que todavía hoy nos permite aproximarnos a las vidas concretas de individuos excepcionales con pretensiones un poco más exigentes que la simple cita de autoridad. Dilthey supo fundamentarnos muy bien la necesidad de una técnica que estableciera reglas sólidas para la investigación en lo que llamaba “el mundo histórico” y “el conocimiento científico de las personas individuales”, y argumentaba:

Podemos equivocarnos acerca de los motivos de las personas que actúan en la historia y hasta los mismos actores pueden proyectar una luz equívoca sobre ellos. Pero la obra de un gran poeta o de un descubridor, la de un genio religioso o la de un filósofo genuino, no puede ser sino la verdadera expresión de su vida anímica; en la sociedad humana, tan llena de mendacidad, una obra semejante es siempre verdadera y, a diferencia de cualquier otra exteriorización en signos fijos, es apta para una interpretación completa y objetiva, y es ella la que arroja luz sobre los demás monumentos artísticos de una época y sobre las acciones históricas de los contemporáneos”.[2]

En lo que al cine se refiere, la figura de Martí todavía espera por esa aproximación que nos lo devuelva en su dimensión más humana. Me dirán que Fernando Pérez con El ojo del canario consigue algo de esto. Es de agradecer, efectivamente, la valentía del cineasta para asomarse a ese universo martiano a estas alturas casi intocable, y proponernos ángulos hasta ahora inéditos, que incluye el descubrimiento de la sexualidad. Pero yo todavía espero por la representación audiovisual de ese Martí que desde hace mucho ya he convertido en fuente de inspiración personal: el Martí demócrata que comenta el ensayo de Spencer sobre el socialismo y la nueva esclavitud, pero que en el mismo artículo le reprocha al autor no ofrecer alternativas a la suerte de quienes iban padeciendo esa pobreza extrema; la misma pobreza que por combatirla en su momento, lo impulsó a elogiar a Marx por ponerse de parte de los pobres.

No se trata entonces de preguntarnos, desconcertados, cuál parte de Martí conviene citar o retener de acuerdo a nuestros intereses demasiado humanos, sino de pensarlo como un ser que en la misma medida que vivía, ganaba conciencia de lo que significaba asumir la vida en su complejidad. En mi percepción de Martí, que obviamente es una percepción demasiado personal, no hay poses autoritarias de maestros que quieren imponernos sus maneras de pensar. O dicho por lo claro: mi Martí no quiere que piense como él, sino en todo caso que piense por cabeza propia.

Juan Antonio García Borrero

NOTAS:

[1] Voir Et Lire Tomás Gutiérrez Alea (Compilación de Emmanuel Larraz). Université de Bourgogne, 2002, p 183-184.

[2] Tomado de Wilhelm Dilthey, “El mundo histórico”. En Obras completas, T VII, México, F. C. E., 1978, pp 321-336.

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Publicado el enero 31, 2015 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 6 comentarios.

  1. Recuerdo que desde muy niño participaba en los Seminarios de Estudios Martianos que se convocaban desde la base (secundaria) y llegaban a encuentros nacionales, adonde un par de veces asistí con ponencias. Me llamó la atención esa absurda sacralización de una figura que siempre sentí viva y actuante ; por ejemplo, recuerdo a una señora que después fue colega nuestra y hoy ya no vive, interrumpiendo la lectura de quien llamara a Martí “apóstol”. Claro, ella era solo una vocera de oscuras fuerzas superiores, que también atacaban públicamente los enfoques de Mañach, Ichaso y Santovenia, por considerarlos reaccionarios y contrarrevolucionarios, algo que por supuesto, hacían apriorística y descontextualizadamente.
    Desde entonces sentí que el Martí que tanto yo leía y estudiaba (“mi” Martí) no coincidía mucho con el de mucha de la gente que presidía aquellas comisiones. Algo, afortunadamente ha cambiado; hoy por ejemplo, Martí ha vuelto a ser orgullosamente “El Apóstol” de nuestras mejores causas, pero en algo coincido contigo: nuestro cine sigue estando en deuda con él, pese a los respetables intentos de José Massip y Fernando Pérez.
    Afortunadamente, tanto la plástica como la literatura se han volcado de modo mucho más creador a una figura tan rica, procurando su lado humano, que es el mejor. El cine debe seguir ese camino.
    Frank Padrón

  2. Juany leerte un domingo es como recorrer aquellos adoquines q solíamos ver en nuestra primera juventud cuando ya soñábamos con cine, poesía y los místico de esta ciudad q para otros parecía escondida, creo que ver a Martí desde adentro es solo para virtuosos, ese humano que en su época logró conocer el amor, el placer y la patria .Siempre consideré a través de su escritura, a la que vuelvo haciendo nuevas anotaciones que era un humano al q debíamos tocar ,sentir en ese andar de colores y el q él padeció , disfrutó y a veces ignoramos, gracias por tu empeño Y sueño de encontrarlo en lo q considero su mayor entrega, su condición de humano .ODALYS

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