Archivos diarios: enero 31, 2015

¿CUÁL MARTÍ?

A José Martí no lo conozco todavía. Sucede que entre Martí y yo, se interpone una multitud cada vez más gigantesca de martianos que sí dicen conocer no solo sus obras, sino los que fueron sus pensamientos más íntimos, y a partir de esa convicción se empeñan en imponernos sus muy particulares versiones del héroe.

Creer en Martí de esa manera que roza con la idolatría acrítica no es cuestionable: todos necesitamos creer en algo o en alguien (o descreer, que es otra modalidad de la necesidad de creer, en este caso, creer que no se cree en nada). Lo fastidioso es que con tantas citas fuera del contexto, y tantas manipulaciones aquí y allá, nunca me dejan llegar al Martí de carne y hueso que vivió, padeció, y soñó con Cuba como la han soñado pocos. A estas alturas Martí se nos ha convertido en el recurso más utilizado por los cubanos en esto de la escritura creativa.

Cuando Tomás Gutiérrez Alea realizó en 1963 La muerte de un burócrata estaba pensando en esos vulgarizadores de la obra martiana. Y, por supuesto, tuvo que lidiar con las reacciones de aquellos martianos a los que no les cabe en la cabeza que hablar de Martí significa hablar de alguien que fue esencialmente humano, y cuya grandeza habría que localizarla no en el individuo físico del cual tuvimos noticias, sino en las metas que se propuso, y que supo defender en su corta vida, al extremo de hacerlas trascender al presente.

A Titón no le faltaron entonces martianos que cuestionaron el modo de abordar la figura del Apóstol. Pongo como ejemplo este fragmento de la conferencia de prensa efectuada con posterioridad al estreno de la película aquel año:

Periodista: No me gustó que usted usara a Martí para los bustos que sacaban en serie. Como es una figura tan venerada y tan pura, me pareció un poco de osadía por su parte. Estos bustos en los rincones martianos que aparecen en la película, efectivamente son una cosa ridícula, pero no me gustó que la figura de Martí fuera cogida para ese tipo de cosa. Además esta película va al extranjero y parece como si nosotros nos riéramos de Martí, o sea, que nos reímos de todo.

TGA: ¡No! Bueno, no sé si alguien quiere opinar sobre eso. (…) Lo que yo creo que sí realmente es ofensivo y realmente una falta de respeto, que me ofende y me hace sentirme muy mal, es el abuso que se ha hecho de Martí desde hace unos cuantos “cientos” de año, como dice el personaje. A Martí se le ha usado para todo y Martí –lo que para nosotros es efectivamente una de las realidades o de los hombres más grandes con los que nos podemos enfrentar- se ha convertido así en un instrumento para las peores causas. Entonces la repetición de ese símbolo de Martí lo ha despojado de todo su contenido, ya la imagen de Martí puede ser cualquier cosa menos lo que era Martí realmente.

(…)

Un peligro que hay en la Revolución es el de convertir los símbolos en cosas huecas. Entonces yo estoy contra eso. Estoy contra los brazos levantados, contra los rincones martianos, contra las banderas, contra los “affiches” esos, contra las consignas, contra todo eso que llega un momento en que se convierte en papel mojado. Entonces eso es una manera de romper ese tabú”.[1]

Entiendo la irritación de Titón con este uso y abuso arbitrario y oportunista de la figura martiana. Él, que era un martiano convencido (si rastreáramos la impronta de la imagen del héroe en su cine, la encontraríamos en casi todas sus cintas), sospechaba que para traer de vuelta a Martí, al Martí más auténtico, había que poner en marcha una operación intelectual similar a la que los griegos en su momento propusieron a través de la alétheia, o dicho de un modo más simple: a través del des-ocultamiento. Lee el resto de esta entrada

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