PIRATERÍA Y NUEVAS TECNOLOGÍAS: ¿UN DESTINO MANIFIESTO?

Vestido de novia, la película dirigida por Marilyn Solaya que aún no ha sido estrenada en los cines de Cuba, ya está en Youtube. Me dirán que eso sucede a diario en el mundo moderno. Y de hecho, entre cubanos, eso es hoy cosa casi institucional.

Antes del 17D se podía apelar a la coartada del bloqueo; ahora que Cuba y los Estados Unidos van camino a una solución diplomática de sus diferendos gubernamentales, los argumentos para ese tipo de acción tendrán poca solidez. Se tendrán que repensar entonces, y de un modo más bien urgente, todo el tejido de programación de nuestras televisoras (que aunque le llamemos Televisión Cubana, en singular, ya hay varios canales y perfiles): ¿estaremos preparados para esos cambios si todavía ni siquiera hemos puesto en marcha un diagnóstico del fenómeno?

Lo de las nuevas tecnologías y la compulsión a la piratería generalizada, efectivamente, parece que llegó para quedarse. Creo que el análisis de este asunto tendría que tener en cuenta, además de las cuestiones morales y legales, elementos que más bien se relacionarían con lo sicológico y la emergencia de nuevos públicos.

Si algo caracteriza a estos nuevos públicos (o usuarios) que, gracias a Internet y al nomadismo tecnológico, tienen al alcance de sus manos una producción cultural de la que apenas podrán consumir el cinco por ciento, es precisamente su manía de “compartir” archivos. Antes, los espectadores estaban condenados a ir a una sala y ver sin interrupciones una película a la que no podían ponerle pausa, o adelantarla, en caso de que les aburriera la trama. Eran consumidores más bien “pasivos”. Ahora, en cambio, los usuarios se convierten en compulsivos acumuladores de productos culturales que, al mismo tiempo, ansían “compartir”. Y las nuevas tecnologías parecieran estar diseñadas para concederles a sus usuarios gratificaciones de ese tipo cada vez más impecables.

Pareciera entonces que la profecía descrita a principios de los años ochenta del siglo pasado por Alvin Toffler en cuanto al prosumidor, se va haciendo realidad. Recordemos cuál fue entonces su punto de vista:

En La tercera ola (1980), inventamos la palabra «prosumidor», para designar a quienes creamos bienes, servicios o experiencias para nuestro propio uso o disfrute, antes que para venderlos o intercambiarlos. Cuando como individuos o colectivos producimos y consumimos, nuestro propio output está prosumiendo. Si elaboramos una tarta y nos la comemos, somos prosumidores. Pero prosumo no es solo un acto individual. Parte del propósito de confeccionar esa tarta tal vez sea compartirla con la familia, los amigos o nuestra comunidad sin esperar dinero o su equivalente a cambio. En la actualidad, dado que se ha encogido el mundo gracias al progreso del transporte, las comunicaciones y las tecnologías de la información (TI), la noción de comunidad es mundial, otra consecuencia del cambio en nuestra relación con el fundamento profundo del espacio. Por esa razón el prosumo puede incluir el trabajo no remunerado para crear valor y compartirlo con extraños del otro extremo del mundo”.

Ahora bien, en estos nuevos escenarios, donde el prosumo informal va ganando por el momento la hegemonía, y el repliegue a lo doméstico determina el perfil de las nuevas comunidades de consumidores, ¿cuál vendría a ser el papel de esas instituciones que, como el ICAIC, producen una película como Vestido de novia y se supone han de protegerla legalmente?

Ese papel todavía no lo tenemos claro, sencillamente porque no hemos examinado a fondo el fenómeno. La institución, tal como existe en estos momentos, sabemos que no podrá solucionar los problemas que viene generando la revolución electrónica a los productores tradicionales, que son los que se ven afectados en cuanto a ganancias e ingresos. Los consumidores, en cambio, andan de plácemes. Si alguien se arriesgara a tirar la primera piedra cuando preguntaran quién en esta época no ha pirateado algún archivo, sencillamente se sentiría bien incómodo, pues no se trata de moralidad o legalidades, sino del espíritu de la época, que es otro.

Se supone que socialmente las instituciones cumplen un rol que trasciende al capricho de los individuos. Por mal que les suene a los más liberales las llamadas “políticas culturales” estas se practican en todos los países del mundo, a partir del conglomerado de instituciones que garantizan que más allá de lo que dicte el mercado, producciones más experimentales ocupen también un espacio.

En lo personal sueño con una Cuba que me garantice el acceso libre a Internet desde mi espacio privado, pero también, una Cuba donde sigamos pensando la cultura como ese conjunto de bienes que merece ser protegido por sus valores. El que ha visto Vestido de novia en Youtube apenas está mirando una falsificación de esa cinta. Es como creer que conoce el “Guernica” por las reproducciones que ha examinado en los libros y revistas.

Vestido de novia no es la única película cubana que ha sufrido ese tipo de incidente. No es la primera ni será la última. Pero a estas alturas se hace evidente la necesidad de un debate alrededor del asunto, un debate que tal vez nos garantice en un futuro la observancia de una verdadera política pública.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el enero 13, 2015 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 4 comentarios.

  1. Aunque en nuestro país apenas se comiencen a debatir estos temas en el mundo hace mucho rato que esto es objeto de debate. Tendríamos que remontarnos a los años 80 con el nacimiento del software libre y el concepto de copyleft. A partir de ahí y del vertiginosos avance tecnológico, mucho se ha dicho sobre la cultura del remix y el share, o lo que es lo mismo, de la remezcla y el compartir, por solo hablar de algunas de sus características. Rechazo el término “piratería” y su carga de inmoralidad e ilegalidad, es un término manipulado mediáticamente. Las leyes del copyright han sido categorizadas como legislaciones del siglo XX, impropias para la forma de “producir, distribuir y consumir” la cultura en este nuevo siglo. No obstante cada vez que vamos a disfrutar de un filme tenemos que ver una aberrante secuencia de amenazas en todos los idiomas posibles de lo que nos pasará si compartimos con alguien esa película. Es que las grandes productoras que manejan multimillonarias sumas, no están dispuestas a ceder, y a reconocer que deben surgir y están surgiendo nuevos modelos de negocios adaptados a las nuevas condiciones. Estas grandes trasnacionales presionan a nivel internacional para hacer legislaciones cada vez más rígidas en todos los países que garanticen las ventas de sus películas en esos mercados, aunque perjudiquen a la cultura y a los derechos de acceso de los ciudadanos. También pasa en la música. Ahí están la Ley Sinde, HADOPI, SOPA, y otras versiones. En esto de la copia hay una doble moral, a la hora de consumir queremos tener acceso a todo y a la hora de proteger nuestras obras queremos el copyright más estricto. Las políticas culturales deben tener claro estos necesarios equilibrios y las nacientes “economías de la cultura” en plural, pues tendrán que coexistir diferentes fórmulas económicas y jurídicas. Estamos en un momento de tránsito. Quien no quiere que le copien, más que preservar posibles ganancias futuras e inciertas está actuando a favor de su anonimato, pues la “ecología” del mundo de hoy lo que sobra es información y obras creativas de todo tipo en circulación. Les recomiendo buscar información acerca de copyleft, cultura libre, procomún, dominio público, licencias creative commons, software libre, P2P, y en particular el sitio Artica , que incluye buenos textos al respecto.

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