Archivos diarios: diciembre 29, 2014

UN BAR CASABLANCA EN CAMAGÜEY

Hoy, a las nueve de la noche, se estará inaugurando en Camagüey el Bar Casablanca, que forma parte del Paseo temático “La calle de los cines” que todavía anda en construcción en la ciudad. Se trata de un bar que es la réplica de aquel que se ve en la mítica película interpretada por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman. Aprovecho para compartir con los amigos un post que escribí hace tiempo, a propósito del cine Casablanca que existe en Camagüey, y que tan importante ha resultado en la formación espiritual de varias generaciones de camagüeyanos.

CASABLANCA

Por Juan Antonio García Borrero

En mi primer Casablanca, el personaje de Humphrey Bogart no le pide a Sam que toque otra vez “As Time Goes By” (en realidad, sabemos que esa petición no existe: que todo fue un memorable despiste de Woody Allen). Tampoco aparece Ingrid Bergman, con ese magistral derroche de cursilería que bien le pudo costar un Oscar a la secuencia más ridícula, cuando pregunta si aquello que se escucha en lontananza son los cañonazos de los alemanes o el eco de su propio corazón. Ese, el filme, fue mi segundo Casablanca; pero antes, en mi caso, hubo otro Casablanca que me llevó a fetichizar la película: el cine Casablanca.

Para cualquiera que haya vivido en Camagüey, Casablanca siempre fue un poco como el bar de Rick: el sitio donde todo el mundo tenía que ir aunque fuera una vez al año. Llegó a tener gente que, lunes por lunes (ese era el día que entonces se estrenaban los filmes) se fugaban puntuales de sus trabajos. Hicieron del contrabando de rumores que más tarde determinarían la suerte del estreno, casi una profesión.

Casablanca no fue el cine más grande de la ciudad, ni el más vistoso (ese adjetivo le corresponde al Alkázar), pero sí el más popular. Tenía 1200 capacidades, lo cual hoy puede parecernos monstruoso, mas no pocas fueron las oportunidades en que la fila de “moviegoers” (para seguir con terminología hollywoodense) llegaba hasta la calle Lope Recio, colapsando la paciencia de los choferes que transitaban por Estrada Palma.

No tengo la certeza de cuál pudo ser la película más taquillera que pasó por allí. Hay quien habla de las aglomeraciones provocadas por La vida sigue igual, con Julio Iglesias. Otros, de una cinta mexicana titulada La niña de los hoyitos, que de tanto exhibirse, al final ni los hoyitos se veían. Entre las que yo evoco, con cristales rotos, policías controlando el acceso al pequeño parque aledaño al cine, y todo un ritual carnavalizante de la ansiedad colectiva, está la cubana La Bella del Alhambra, de Enrique Pineda Barnet.

Guillermo Cabrera Infante decía que “lo malo de ser cubano es que, en cuanto uno habla en serio, suena a la letra de un bolero conocido”. Sé que corro el riesgo de que, sobre todo los más jóvenes, perciban en estas líneas una incurable proximidad a lo sensiblero. Es lógico: estoy hablando de algo que ya no existe. Que tal vez nunca existió, pues seguro hay tantos cines Casablanca, como personas han pasado por allí.

Cada espectador lo recordará a su modo. Para unos, ese lugar será asociado a la inocencia de la infancia. Otros lo evocarán como una oscura Catedral donde era posible elevarle al Deseo reprimido las más fervientes plegarias. No quiero idealizar ese sitio: solo digo que, en mi caso, Casablanca fue el principio de una larga amistad con el cine.

Juan Antonio García Borrero