Archivos diarios: diciembre 28, 2014

EL ARTE DE LOS INOCENTES

¿Cómo se explica que uno entre a un cine y vea en pantalla una historia, y te atrape el movimiento trepidante, la ilusión de absoluta realidad, todo a partir de imágenes fijas?; ¿cómo puede conseguirse ese efecto ilusorio de dinamismo si el origen no es más que un conjunto de imágenes estáticas?

Al grueso de las personas le sorprende reparar que ese movimiento que percibimos en pantalla es pura ilusión inventada por nuestros sentidos, y se asombran cuando se les explica que todo ello se debe a la llamada persistencia retiniana, un fenómeno mediante el cual una imagen perdura en la retina durante una fracción de segundo después que la imagen original se haya desvanecido.

Creo que está allí la apoteosis de la inocencia. Que los hermanos Lumière escogieran un día como hoy, pero de 1895 (día de los santos inocentes) para exhibirle por primera vez al público algunas de las vistas tomadas, debía prepararnos sicológicamente para esa propuesta de juegos y mascaradas que han sido los cien años y un poco más de imágenes en movimiento proyectadas sobre una superficie.

Imposible imaginarse a estas alturas un mundo donde todavía no existían esas enormes pantallas reflejando vidas que nunca fueron reales, y que, sin embargo, hoy nos definen en el modo de comportarnos. Allí está su Historia, una historia que deberíamos poner bajo sospecha si creyéramos a Godard cuando dice: “La historia del cine es la única que puede llegar a tener su propia historia, porque es la única que posee sus propias huellas: se fabrican imágenes y quedan imágenes”.

¿Las imágenes de quiénes son las que han quedado en estos cien años? Esa es una pregunta que suelo hacerme cuando aspiro dejar a un lado el estado de inocencia en el cual se disfruta mejor del cine. Pero hoy no: hoy jugaré a ser ese espectador que por primera vez se enfrentaba a la locomotora que corría sobre él. Es verdad que los tiempos son otros, pero la inocencia humana en el fondo sigue siendo la misma. Y a veces es bueno recordarlo y volver a experimentarlo.

Juan Antonio García Borrero