ERNESTO DARANAS: ÍTACA EN EL PANORAMA ACTUAL DEL CINE CUBANO

ÍTACA EN EL PANORAMA ACTUAL DEL CINE CUBANO

Por Ernesto Daranas

Desde la fundación misma del ICAIC, el cine cubano ha estado movido por una marcada vocación social; en consecuencia, más de una vez ha tenido que lidiar con la censura. Los resultados han sido siempre contraproducentes y han repercutido más allá de la cultura. Esto no ha evitado que en años recientes algunas obras, sobre todo de nuestros más jóvenes directores y productores, hayan tenido que lidiar con el recelo que genera esa mirada necesariamente crítica que prevalece en nuestro cine. Regreso a Ítaca, entonces, no es un caso aislado.

A pesar de haber desarrollado la mayor parte de mi trabajo audiovisual como independiente, las dos películas que he filmado han sido producidas con el apoyo de las instituciones de la cultura y del cine cubanos. En ambos casos, la libertad creativa ha sido absoluta. Ese es el respeto que defiendo para toda obra de arte. Los artistas son responsables de sus obras, pero no son los autores de la realidad con la que dialogan; son parte de ella. Por eso, la censura es esencialmente retrógrada, en tanto limita y condiciona el necesario abordaje de los problemas que cualquier sociedad enfrenta. Las políticas o las estrategias editoriales, que en todas partes existen, son más o menos efectivas en la medida que son capaces de integrarse a un sistema cultural y de valores que reconoce a la diversidad de criterios como uno de sus factores de progreso y crecimiento.

En el caso de Regreso a Ítaca se ha concretado una censura sin argumentos. Tal y como ha venido ocurriendo con la demanda de una Ley de Cine o la legalización de la producción independiente, se asegura que no hay nada en contra, pero los hechos no indican eso. Quienes retiraron la película del Festival confiesan que ni siquiera la han visto y opinan que "debe acompañarse y prepararse el terreno" para que sea exhibida.

Un ingenuo paternalismo en la era del paquete semanal y del trasiego digital, encargados de hacer parte del trabajo que corresponde a la cultura, en un tiempo donde ninguna restricción es ya capaz de contener el flujo de informaciones y de arte de todos los signos y tendencias.

Lo ocurrido con la película de Cantet, Padura, Isabel, Perugorría y otros importantes creadores se suma a otras censuras pasadas y presentes, al accionar que cierra por decreto las salas de exhibición particulares o prestas más atención al paquete semanal que a la Ley de Cine. No se ha comprendido que el sistema que de esa Ley se derive es la herramienta capaz de propiciar estrategias culturales a la altura de lo que pueden ser nuestro cine y el consumo audiovisual en estos días. Ninguna prohibición es efectiva en ese crucial terreno de la vida moderna. Los temas por venir en nuestro arte serán cada vez más complejos y expresarán, de manera creciente, el legítimo enfoque de las generaciones más jóvenes, sumado a las miradas de quienes les preceden. Es un proceso natural y necesario que exige de un diálogo real, interesado en activar las opciones de renovación y crecimiento del modelo de cine, cultura y, en consecuencia, de sociedad que todos sabemos posible. La resistencia a esto es una posición autodestructiva, que tiene como principales aliados a la resignación y el silencio.

Invitar Ítaca al Festival de La Habana, además de un acto de coherencia artística, es parte del derecho que le corresponde a una película que es nuestra. Retirarla frente a quienes agotamos todas las vías para evitar que se cometiera el error, ha equivalido a desautorizar la potestad que se espera de un Festival para decidir lo que programa. A la vez, se ha dejado entrever que las instituciones de nuestro cine y de nuestra cultura no están en capacidad de revertir la medida, a pesar de todos los argumentos aportados para ello y con los cuales no se han mostrado expresamente en desacuerdo. ¿Qué hacer entonces? ¿No es obvio el daño que se hace a la credibilidad de estas entidades? ¿Cómo es posible que desconozcan el llamado de atención de sus creadores y sean involucradas en un error de esta naturaleza? A pesar de los encuentros que hemos sostenido antes, durante y después del Festival, no tenemos una respuesta convincente, pero una simple lectura del actual estado de cosas evidencia cómo los conflictos que Ítaca plantea mantienen una nociva vigencia. Estar o no de acuerdo con sus puntos de vista forma parte de ese intercambio natural y necesario que de cualquier hecho artístico se espera.

Mientras estos errores se reiteran, los cineastas cubanos debatimos cómo mejorar nuestro escenario y lograr que el cine tenga todo el peso que le corresponde dentro del espacio cultural de los cubanos. Esto, luego de años esperando por medidas tan obvias como la urgencia de legalizar esa producción independiente que sostiene, desde hace rato, gran parte del peso del cine que hacemos, a menudo en colaboración con las instituciones. ¿No es absurdo entonces que esas instituciones tengan que interactuar con un ente sin figura legal definida? ¿Hasta dónde el propio modelo de funcionamiento de la sociedad está perfilando formas de ilegalidad que luego combate? ¿No está claro que la realidad no puede esperar por ese afán regulador que limita la implementación de reglas de juego efectivas que tengan en cuenta el criterio de quienes mejor dominan sus problemas?

Una esperada realidad comenzó a perfilarse el pasado 17 de diciembre con las declaraciones de Raúl y Obama. La capacidad de dialogar, dentro y fuera de Cuba, desde "el arte y el respeto de avanzar civilizadamente con nuestras diferencias" es el tipo de pensamiento que anima a los cubanos realmente interesados por su presente y su futuro. En este nuevo contexto, el grueso del cine y de buena parte del audiovisual que se exhibe en Cuba proviene de la producción de cine y televisión de Estados Unidos, algo que ha sido posible bajo las condicionantes de un bloqueo tal vez ya en punto de mate. Si eso cambia, como parece previsible, la producción nacional tendrá que llenar enormes vacíos en un momento donde el cine y el audiovisual cubanos carecen de sistemas culturales y productivos medianamente funcionales y donde parte de nuestro mejor talento, incluyendo a no pocos graduados de las escuelas de cine, emigra en un flujo continuo. Más allá de las razones económicas, es una migración potenciada por la ausencia de respuestas tras años de reclamos.

Es en la dirección de estas y otras problemáticas que los cineastas hemos estado haciendo nuestras propuestas. Estas son las razones por las que hemos terminado constituyéndonos como un grupo de trabajo, en defensa de los intereses que nos unen y abordando con claridad nuestras diferencias en busca de consensos. Desde hace dos años funcionamos a partir de una Asamblea Abierta en la que todos tienen voz y voto.

Así se eligió el grupo que ha trabajado, en diálogo con el ICAIC, en el diseño de un nuevo escenario para el cine cubano que tenga en cuenta a todos sus actores y que contempla aspectos tan diversos como la producción, la exhibición, la comercialización y la preservación del patrimonio, entre otros. A pesar del inmovilismo y los prejuicios enfrentados, hemos mantenido nuestra disposición de diálogo y de trabajo. Pero está claro que un diálogo real conduce a respuestas reales, dadas a tiempo.

El suceso de Ítaca y los malentendidos frente a nuestro desempeño demuestran por qué el espacio en el que se dirimen las contradicciones de la cultura ha de ser público, como mismo ha sido público el peso de la censura ejercida. A la vez, ratifica que los problemas de la cultura deben abordarse desde la cultura, único cimiento de las políticas perdurables, renovadoras y verdaderas.

La Habana, 26 de diciembre de 2014

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Publicado el diciembre 27, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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