VIAJE AL FUTURO A TRÁVES DE LAS PAREDES DEL TIEMPO.

Cuando de aquí a un siglo, a los nietos de mis nietos les pregunten en sus escuelas sobre cuál podría ser la fecha que más impactó el imaginario de los cubanos que vivíamos por estos días, es probable que mencionen, sin dudarlo mucho, al 17 de diciembre de 2014.

Y es lógico, pues si para entonces la Historia se sigue narrando del mismo modo que hasta ahora (es decir, concediéndole casi toda la importancia a los “grandes sucesos”, a los grandes líderes), es previsible que sean los discursos de los presidentes Barack Obama y Raúl Castro anunciando la reanudación de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, los que sigan monopolizando la curiosidad. No importan las filias y las fobias políticas que ambos gobernantes desaten a su alrededor, pues hablamos ahora de algo que tendría que ver con lo cultural en su sentido más amplio de la palabra: los discursos de ambos, y la manera en que se dieron a conocer al mundo, sencillamente operan como uno de esos sorprendentes puntos de giros que los guionistas introducen en las películas con el fin de trastornar el sistema de representación de la historia que veníamos siguiendo. De ahora en lo adelante, optimistas, pesimistas, escépticos e indiferentes, tendrán que imaginarse el futuro de los cubanos (incluyendo el remotísimo que habitarán los nietos de mis nietos) de una manera distinta a la que hasta ahora se pronosticaba.

Pero como suele suceder con toda evocación histórica, cuando los nietos de mis nietos hablen de este día no se enterarán de qué significó realmente en buena parte de mis contemporáneos las medidas anunciadas (nos pasa lo mismo a nosotros con aquellos hambrientos que tomaron La Bastilla en el inicio de la Revolución Francesa: ¿qué sabemos de ellos ahora mismo?, ¿qué sabemos de lo que realmente querían en el minuto del asalto, mucho antes que los ilustrados acuñaran los hoy célebres y manipulados términos de justicia, igualdad y fraternidad?

Lo que quiero decir es que los nietos de mis nietos podrán aprenderse hasta de memoria lo que ambos mandatarios expresaron, revisar del modo más exhaustivo lo que reportaron los medios, lo que la gente dejó anotado en Facebook o sus innumerables bitácoras, o lo que analistas concienzudos escribieron o comentaron en espacios “prestigiosos”: a pesar de ello seguirá siendo invisible ese universo de emociones encontradas que movilizó en un solo día los afectos y desafectos de millones de cubanos regados por todo el planeta.

Estoy hablando de las emociones de esos hombres y mujeres comunes que Michel de Certeau estudiara en su famoso libro La invención de lo cotidiano. Seres que han aprendido por puro instinto a vivir su día a día con el tráfico invisible de ilusiones y desencantos, haciendo de las “artes del hacer” el modo más eficaz de sobrevivir, y que aunque forman parte activa de ese intangible que llamamos “nación” carecerán de un nombre propio o de un perfil definido en ese gran relato que trasciende en los libros oficiales. Por suerte, en un blog uno no escribe para los futuros historiadores, sino para dejar a los suyos el testimonio de un estado de ánimo puntual. El mío, tres días después de lo anunciado, sigue estando muy cerca de esa felicidad algo extraña y paradójica que mi militante optimismo trágico algunas veces ha conocido y ansiado retener.

Quizás los nietos de mis nietos nunca alcancen a escuchar un proverbio africano que a mí me seduce mucho: “Cuando los elefantes luchan, la hierba es la que sufre”. Entonces quizás influya demasiado que lo que ahora escribo está garabateado desde la hierba, o sea, desde ese lugar en el que se desenvuelven a diario la mayoría de los cubanos, vivan donde vivan, y donde, como en la existencia misma, encontrarás las más diversas opiniones (que no son tan diversas, porque el grueso insiste en apreciar apenas el lado político del asunto, con toda la polarización y simplificación que ello sigue implicando).

Mi criterio es que reducir los análisis a esos polos políticos hace perder de vista un universo vastísimo de acciones culturales y subjetividades emergentes que ahora entran casi de un modo inédito en este escenario hiperconectado que es el mundo del siglo XXI, y donde (desde hace ya algún tiempo) buena parte de los cubanos ya se hallan inmersos, gracias a las nuevas tecnologías.

Los que celebran o descalifican la nueva política aludiendo apenas a lo que materialmente podría implicar todo, jamás tendrán idea de la real importancia que tienen las ilusiones colectivas en procesos como estos. No importa que mañana nuevos obstáculos se interpongan en las consecuciones de las metas que la nación y sus ciudadanos se impongan; no importa que se fracase: lo que la gente agradece es la recuperación de un capital utópico que en esta época de tanto descreimiento no ha hecho otra cosa que conducirnos a la parálisis, la renuncia, y en algunos casos, la muerte civil.

Para llevar este breve análisis al terreno en el que más he incursionado, debo recordar que a lo largo de su historia, el audiovisual realizado por cubanos en ambas orillas ha dejado un profuso testimonio de esas existencias vapuleadas por las circunstancias políticas que les tocaron vivir. Lo mismo en Memorias del subdesarrollo que en El super, el cubano (a través de sus protagonistas) ha formulado las preguntas más incómodas, preguntas realizadas casi siempre por individuos que han debido sufrir la indiferencia que para ellos ha tenido la Historia.

Hay una cinta, sin embargo, que en estas últimas horas ronda de modo insistente mi cabeza. Se trata de La anunciación, de Enrique Pineda Barnet. Recuerdo que en el momento de su estreno escribí una carta abierta a su realizador. En aquellos momentos (como a la inmensa mayoría de mis compatriotas) me parecía tan lejana la posibilidad de encontrar una solución al diferendo que los gobiernos de ambos países han mantenido desde inicios de los sesenta, que la misiva terminó resultando más pesimista de lo que normalmente yo hubiese deseado.

En aquella carta a Pineda Barnet anoté algo que comparto ahora:

No soy incauto: no son las películas, ni los libros, los que propiciarán ese entendimiento social, pero es de agradecer las acciones que algunos intelectuales deciden asumir con ese fin. Es decir: me queda claro que una nación, por ser precisamente una nación, jamás alcanzará la ansiada concordia por decreto poético. Hasta ahora no conozco ningún sitio donde el individuo (y lo que más cercano le queda: la familia), no esté acosada por esos Poderes que desde fuera terminan minando su estabilidad. Más allá de los mitos de la libertad, la democracia, y otros tantos espejismos, se viva donde se viva, siempre persistirá el problema de la dignidad individual. ¿Será posible llegar a vivir en un sitio donde ningún poder (sea político, religioso, o económico) nos someta a esas jerarquías que marcan precisamente las diferencias que La anunciación propone enriquecer con el amor?”.

Si los nietos de mis nietos alcanzan a leer esto, tal vez consigan entender por qué tantas personas (yo, uno más, entre ellas), personas que nunca figurarán con sus nombres propios en los libros de historia, decidieron dar rienda suelta a su euforia ese día. No es que todo el mundo se alegrara, desde luego, porque también tendríamos que contar a quienes pensando este momento crucial desde la legítima inconformidad con el gobierno de La Habana y los Estados Unidos, o incluso desde el resentimiento más visceral (ese que Nietzsche supo poner en su lugar), hubiesen preferido que se prolongara esa política norteamericana que a lo largo de cinco décadas fracasó una y otra vez. Pero, más allá de que se cumplan o no los sueños que a diario nos proponemos, lo que agradeció el individuo que fuimos cada uno de nosotros ese día es que le reintegren esa posibilidad de soñar que alguna vez, en nombre de un interés público, les dijeron que era conveniente postergar, o se la mutilaron. Porque lo que contaba era únicamente el sueño colectivo.

Pasada la euforia del momento noticioso, vendrá ahora lo más difícil: hacer realidad los sueños individuales (y aquí no podría dejar de invocar una vez más el sabio consejo de Ambrose Bierce: “Si quieres hacer realidad tus sueños, ¡despierta!”). Despertar, para hacer realidad el sueño, nos permitirá advertir que ya la vida venía haciendo sus cosas de un modo más bien clandestino. Creo haber comentado en alguna ocasión que a mí esta época que vivimos en Cuba me recuerda la que Marial Iglesias ha estudiado en su estupendo libro “Las metáforas del cambio en la vida cotidiana: Cuba 1898-1902”, esa época en que los cubanos debieron aprender a convivir con lo que dejaba en su retirada el régimen español, y lo que pugnaba por imponer el emergente poder norteamericano. Las circunstancias históricas son otras, obviamente, pero hablo de esas mutaciones de hábitos culturales que ya se hacen cada vez más naturales en las vidas cotidianas de la gente de la isla. No juzgo: solo llamo la atención sobre un fenómeno que desde hace mucho ya llegó al centro mismo de nuestra sociedad.

A raíz de ese fenómeno, hace un par de meses debatimos con bastante intensidad los problemas y ganancias generadas por el nuevo consumo cultural en Cuba. Aunque no se dijera con claridad, lo que estaba en el centro de las discusiones era la creciente hegemonía de una producción asociada casi exclusivamente al modelo de representación del mundo propugnado por los Estados Unidos. Para algunos, ello era más que alarmante, para otros sigue siendo importante fomentar espacios críticos donde, en vez de censurar, se le ofrezcan herramientas analíticas al receptor. Con la nueva noticia, todo cambia, y más bien, surgen de inmprevisto interrogantes que no tendrían que ver tanto con los contenidos que circulan en los distintos medios, como el modo legal en que a partir de ahora se tendrá que lidiar con quienes los producen. Apunto apenas tres interrogantes que me llegan a la mente: ¿y ahora cómo se las arreglará la televisión cubana para emitir las películas y seriales norteamericanos?, ¿o qué pasará con los vendedores de discos que cuentan con una patente para vender legalmente, pero no con los derechos internacionales de quienes hicieron esas películas?, ¿no se hará más evidente ahora la necesidad ya impostergable de crear una Ley de Cine que contribuya a equilibrar la suerte del audiovisual cubano en el nuevo contexto, y al mismo tiempo, estimular su crecimiento?

Las respuestas a cada una de las preguntas que irán surgiendo en el camino, no las tiene nadie todavía. Así que no voy a representar ese papel de falso profeta que tan popular se ha hecho en estos días. Prefiero poner todas mis energías en función de imaginar un futuro cubano que (al menos mi optimismo trágico así me lo sugiere) será necesariamente mejor, porque peores no quedan. Después de todo, este post lo escribo para ver si un día los nietos de mis nietos lo leen, y alcanzan a vislumbrar que detrás de las grandes noticias que quedaron impresas, los grandes análisis que para entonces les recomendarán como bibliografía a estudiar, había más gente intentando arreglar su día particular (incluyendo la disposición afectiva del instante), que personas conscientes de lo que aquello significaba.

A mí en lo personal, la noticia me sorprendió unos minutos después de leer un poema de Jim Morrison. Un poema que cuando lo releo ahora desde esta tranquila habitación en que escribo este post para los nietos de mis nietos, me revela que tampoco ahora escaparemos de esa regla ontológica que de siempre ha pre-escrito nuestros destinos:

“Aún permanecen y en

sus silenciosas habitaciones vagan

las almas de los muertos,

que no pierden de vista a los vivos.

No tardaremos en cruzar

las paredes del tiempo. Nada

añoraremos

excepto unos a los otros”.

Juan Antonio García Borrero

Anuncios

Publicado el diciembre 20, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: