DE GUSTAVO ARCOS A GARCÍA BORRERO, MÁS SOBRE EL CONSUMO AUDIOVISUAL EN CUBA

Juany:

Veo que mañana tendrás un espacio en La ciudad simbólica, para hablar del "paquete". Muy bien!!. Aquí te envío este texto que sacó hace tres años La Gaceta de la UNEAC. Lo escribí originalmente (en el 2010) para un libro o enciclopedia sobre Cuba a publicarse en EEUU. Posiblemente sea de los primeros que se escribieron sobre el tema y tuvieron cierta difusión pública. Aun la distribución alternativa de materiales audiovisuales no era conocida bajo el nombre del Paquete, pero ya estaba bastante expandida esta forma de adquirir productos de la industria cultural. Como podrás leer, hay en él dos o tres cosillas que han cambiado, pero en general sus interrogantes e ideas se mantienen vigentes .No recuerdo ahora si, en su momento, lo llegaste a colgar en tu blog, pero me parece que si vas a conformar un dossier sobre el tema, este texto no debe faltar.

Un abrazo y suerte con tu cita de miércoles.

Gustavo.

IMÁGENES EN TRANSICIÓN. TELEVISIÓN Y CONSUMO EN CUBA

Por Gustavo Arcos

No vemos la realidad como es, sino como son nuestros lenguajes. Y nuestros lenguajes son nuestros medios de comunicación. Nuestros medios de comunicación son nuestras metáforas. Nuestras metáforas crean el contenido de nuestra cultura.

Neil Postman*

Comencemos por una pregunta: ¿De qué hablamos, cuando hablamos de televisión en Cuba? La respuesta merece una observación preliminar, que aunque conocida, viene a cuento recordar. Debemos dejar claro que se trata de un medio de comunicación perteneciente al Estado y que por casi cincuenta años ha tenido una función de servicio público, no comercial.

La población dispone de cinco canales, pero sólo cuatro tienen alcance nacional. Cada provincia, además, tiene el suyo propio y en ciertas zonas montañosas del oriente funciona la llamada Televisión Serrana, de exitosa experiencia comunitaria. Pero no existe un sistema de canales temáticos (deportes, música, documentales, películas o noticias), ni de emisiones independientes, por cables, o satelitales. Lo que se emite, básicamente desde un centro radicado en la capital, les llega a todos por igual. No es sólo una cuestión tecnológica sino también conceptual y estratégica. Es una televisión que intenta representar a la mayoría, pero desde la perspectiva de sus únicos “patrocinadores”, el Estado y según marche económicamente la nación, así marchará también la televisión. Con escasos programas en vivo y nula interactividad, posee un diseño que legitima los espacios educativos e informativos, algunos de los cuales se mantienen durante décadas en el aire y en horarios estelares, sin importar su real impacto social. He aquí una de sus marcas, el destinatario pocas veces es tomado en cuenta. Subvencionada por el gobierno, responde totalmente a sus intereses, sean estos de orden cultural, político o ideológico aunque paradójicamente, en la parrilla de programación pueden apreciarse películas, series, animados y espectáculos musicales provenientes de Estados Unidos, país con el que mantenemos una dura porfía política desde hace medio siglo. La no existencia de relaciones entre ambos, hace que tampoco se hayan suscrito convenios que regulen la distribución y exhibición del producto audiovisual, no hay derechos de autor que respetar o pagar y la piratería reina a ambos lados del estrecho de la Florida. Aunque no hay estadísticas al respecto, pudiera decirse que nuestros espectadores han consumido en los últimos veinte años, sólo a través de su televisión, un porciento bastante alto de programas e imágenes producidas “por su mayor enemigo”.

Hasta los años 90, ver televisión en Cuba resultaba una actividad cotidiana, que involucraba a millones de pasivos espectadores, que recibían una señal unidireccional desde un centro que controlaba todos los servicios y contenidos. El diseño era simple y respondía al principio del Bien vs el Mal que ofrecía un mensaje simbólico: dicho de una manera simplificada, todo lo que ocurría fuera de Cuba resultaba, enajenante y censurable, mientras que en nuestro patio, apenas existían contradicciones, los problemas eran corregidos a tiempo, la sociedad era moralmente incorruptible y el futuro, pertenecía por entero al Socialismo. Problemas como el consumo de drogas, la prostitución, la violencia doméstica, la descomposición social, la emigración, la guerra o el racismo podían verse siempre en los relatos, noticias y personajes provenientes del exterior, pues se prefería esconder la cabeza cuando alguna de tales “desviaciones” ocurrían en nuestros predios.

Por mucho tiempo las cosas fueron dictadas de esa manera y el televidente cubano, sobre todo en los años 70 y 80, reproducía el viejo mito platónico de la caverna donde unos hombres atados al suelo sólo contemplaban las sombras del mundo que se proyectaban en una pared. Vivíamos con mucha ingenuidad visual pero felices, pues esas sombras también tenían matices y hoy muchos de los que rebasan los cuarenta años sienten nostalgia por varios programas, dramatizados, humorísticos o musicales de aquellos tiempos, cuando por cierto, la televisión se hacía en vivo. No era frecuente, entonces, la transmisión de programas extranjeros, que en todo caso llegaban de los países del antiguo campo socialista. Los filmes soviéticos o húngaros llenaban los espacios cinematográficos, las películas de Tarkovski se pasaban los domingos a las 3 de la tarde. Klari Katona, Alla Pugachova, Karel Gott y Locomotiv GT eran los rostros visibles del pop y el rock de aquellos años, cuando el búlgaro Bisser Kirov ganaba el hit parade con su tema: Cuba- Bulgaria, un machete y una rosa. Solo en un espacio de factura nacional como Colorama o el de la televisión alemana Ein Kessel Buntes, podían verse las caras de Bonney M, Abba o Bee Gee. En aquella época la televisión norteamericana apenas podía apreciarse y sólo alcanzaba a los hogares de ciertas zonas de la Isla cuando fenómenos atmosféricos traían al espectro electrónico cubano las señales de los canales de la Florida.

Habría que apuntar que Cuba tuvo televisión desde el año 50, siendo no sólo uno de los primeros países del mundo en transmitir de forma regular una señal sino también el segundo, tras los Estados Unidos, que implementó un programa en colores. Cuando en 1962 los estudios y canales de televisión, que estaban en manos privadas, fueron nacionalizados para crear el Instituto Cubano de Radiodifusión, la nueva administración heredaba una rica tradición, además de instalaciones, servicios y equipos tecnológicos de primer nivel.

Se cambiaron las estructuras y sentidos dejando a un lado el carácter eminentemente comercial que la sustentó en sus inicios para transformarla en una de servicio, de alcance nacional y público, supervisado, curiosamente, no por artistas o figuras del medio sino por funcionarios del Partido Comunista, héroes de la Sierra Maestra y más recientemente, oficiales de las Fuerzas Armadas o el MININT, quienes definían sus contenidos y estrategias generales.

La pretensión del Estado por generar un “hombre nuevo”, suerte de individuo intachable, entregado por completo a las causas colectivas, austero, de altos valores morales y éticos, generó particularmente en los años 70 un tipo de programación ascética y excesivamente didáctica que pretendía dictarle al televidente normas de conducta y convivencia. La televisión era como el viejo sabio de la tribu, de donde partían los mensajes importantes de la nación, se configuraba la imagen de la Nueva Cuba, el lugar donde se emitía el discurso oficial, que decía cómo debían ser las cosas y cuáles debían ser nuestras preocupaciones o sueños, que nos llegaban además en blanco y negro.

Muchos recordaran, cuando a finales de los 80, el Estado decidió crear un canal con una programación destinada exclusivamente para los centros turísticos, muy a tono con los cambios económicos que se producían en el país tras la caída del campo socialista, colocando, en el edificio más alto de la ciudad, una antena trasmisora que enviaba su señal codificada a receptores establecidos en los grandes hoteles de la capital. Se trataba en realidad de ofrecer, por vez primera, un paquete de canales que incluía importantes cadenas de cable como HBO, CNN, VH1, CINEMAX, ESPN y DISCOVERY, entre otros, que llegaban de forma directa a las habitaciones de los turistas. Rápidamente los habaneros pusieron sus conocimientos tecnológicos al servicio de la piratería, diseñando rústicas antenas parabólicas que se ofrecían en el mercado negro. La expansión de ese modelo de televisión alternativa e ilegal fue tan rápida en toda la ciudad, que el asunto llegó a ser discutido en la Asamblea Nacional, donde, a pesar de algunos llamados de los parlamentarios para regularizar el servicio, cobrándolo a los interesados, se tomó la decisión de retirar el transmisor colocado en lo alto del Hotel Habana Libre. Es la clásica historia de “vender el sofá”. No pasaron muchos años para que los mismos ciudadanos, “expertos” en telecomunicaciones, se hicieran con los medios necesarios para fabricar nuevas parábolas que eran convenientemente camufladas en casas o edificios y que ahora, en vez de una decena de canales, eran capaces de recibir la señal de cientos de ellos, de todo el mundo, incluyendo los de contenido pornográfico, bajados directamente del satélite, donde encontraban cabida también los emitidos en la comunidad de exiliados de Miami.

Así, se destapó la caja de Pandora y lo que pareció, para algunos, una sabia decisión de la dirección del país en su afán de controlar los medios y evitar la “contaminación ideológica”, se convirtió en un boomerang, un hecho que tras la entrada de las nuevas tecnologías digitales, a mediados de los 90, provocaría un extraordinario impacto social y una definitiva descentralización del discurso acerca del mundo y la vida generado desde el poder oficial.

Los nuevos soportes posibilitaron una nueva forma de consumo, segmentando las audiencias, ahora diferenciadas y con mayores oportunidades para “conectarse con la vida real”. Esa “masa homogénea” que antes recibía, entre pasiva y conforme, un mensaje único, tenía acceso ahora a otros productos y contenidos audiovisuales o informáticos, distribuidos sin control a lo largo y ancho de la Isla a través de todo tipo de soportes, como las flash memory, discos duros, dvd, computadoras, internet, blogs, celulares o señales satelitales, bajadas a sus aparatos domésticos que eran posteriormente copiadas y vendidas en el mercado informal, generando por tanto comunidades y grupos sociales reunidos bajo nuevos intereses, gustos e identidades.

Hoy, las emisiones de la televisión estatal deben convivir con una vasta circulación alternativa de estos productos. La primera ha tenido que rediseñarse, expandiendo y diversificando su programación a las veinticuatro horas del día para tratar de lidiar con las vías independientes, ofreciendo, sin renunciar a su carácter de servicio público, espacios variados o dramáticos que tratan con mayor frecuencia los conflictos nacionales. Novelas mexicanas, brasileras o colombianas son ávidamente consumidas de manera privada por grandes grupos de la sociedad. Todas las series norteamericanas, españolas o inglesas que están en el aire pueden alquilarse o comprarse en el mercado subterráneo. Comunidades de aficionados al animé o manga japonés se convierten en los principales suministradores de un programa semanal de la tv habanera y, en el mismo sentido, entornos privados o alternativos alimentan con productos copiados ilegal y subrepticiamente, espacios de la televisión nacional, salas de video y centros culturales. Los videojuegos, en todas sus gamas y plataformas tampoco escapan de este fenómeno de distribución paralela. Hasta hace apenas unos meses estos habilidosos distribuidores corrían el riesgo de ser multados o detenidos, pero una reciente disposición legal acaba de legitimar su labor, bajo la ambigua categoría de vendedores –distribuidores de discos. Así, tal vez sea nuestro país, el único en el mundo que tenga legalizada la piratería.

El impacto que está teniendo en la sociedad cubana la distribución alternativa de materiales audiovisuales resulta impresionante. Cada vez se asiste menos a las salas de cine**, muchas de ellas cerradas o reconvertidas los fines de semana en espacios para espectáculos humorísticos, presentaciones de agrupaciones musicales o eventos deportivos de gran audiencia. Aunque siguen siendo altas las cifras de los cubanos que sitúan a la televisión como su principal medio de entretenimiento, es también apreciable el número de espectadores que desertan de ella, desplazando su interés hacia otras vías y programas.

¿Cuáles han sido las respuestas institucionales a este fenómeno? Para decirlo rápido y sencillo: Pocas e ineficaces. Son escasos los espacios generados en nuestra actual televisión que sigan un concepto de espectáculo audiovisual contemporáneo. La retórica en el discurso, el pobre diseño artístico de los decorados, la baja calidad visual de las emisiones, serios problemas con la iluminación, erráticos conceptos de programación, puesta en escena y deficiente sonido, generan transmisiones mediocres o poco atractivas. La absurda, censura que por ejemplo, aún pesa sobre las transmisiones de algunas disciplinas deportivas de fuerte arraigo popular como el beisbol y el baloncesto en la arena internacional, provocan molestias sistemáticas entre sus millones de seguidores en la isla que buscaran por tanto, en las vías alternativas, canalización a sus expectativas. Si bien es cierto que la televisión ha ampliado su programación y colocado frecuentemente en su parrilla, series y filmes de gran popularidad, sitúa muchos de ellos en horarios poco atractivos y con escasa divulgación. El caso del cine en Tv, que ha sido una opción tradicional de alta demanda de público, ha visto ampliada notablemente su oferta de estrenos, con la presencia, incluso, de críticos y especialistas, aunque intentando competir con los “privados”, ha llegado al punto de emitir obras en mal estado, copiadas ilegalmente con cámaras ocultas en las mismas salas de cine, dobladas o subtituladas posteriormente fuera de Cuba, con garrafales errores ortográficos.

Ni el ICAIC, ni la AHS, ni el Ministerio de Cultura o Educación han logrado implementar políticas coherentes y sistemáticas que le permitan a los espectadores o interesados adquirir, de forma regular obras o programas audiovisuales. No existe en el país ninguna alternativa oficial que ofrezca filmes de calidad estética o artística en soportes digitales, para el consumo doméstico. No hay locales con filmes de culto, en moneda nacional, especializados en algún género o autor. La circulación o venta de los más relevantes filmes cubanos es una asignatura pendiente en materia de estrategias culturales. Pocas han sido las películas nuestras, que se han comercializado en moneda nacional y estas “ofertas” quedan reducidas a espacios exclusivos y puntuales de la capital. La enseñanza del audiovisual, el análisis o la apreciación del cine no es materia a impartir en nuestras escuelas de ningún nivel elemental o medio a pesar de que, desde finales de los 80 hay una facultad en el Instituto Superior de Arte. Todos concuerdan en la importancia que tienen las imágenes hoy en día, todos conocen que son estas las que están creando los valores, los modos de pensar y las conductas de las nuevas generaciones, pero no se han aplicado políticas educacionales en este sentido.

Millones de cubanos consumen hoy los más disímiles productos audiovisuales. Las licencias expedidas a estos vendedores privados, se han disparado y no hay calle, parque o rincón de la isla que no ofrezca este lucrativo servicio. Como en toda actividad comercial, encontramos aquí al pillo, obsesionado con ganar dinero a toda costa ofreciendo productos mal grabados y de pésima calidad bajo el sello de Combos, agrupando en un solo disco DVD la copia de tres y cinco filmes, siguiendo tal vez aquella máxima de: Hacer más con menos.

Pero también el espectador más exigente puede encontrar obras de calidad, gente con criterios y rigor que promueven sus servicios a través de catálogos, con entregas a domicilio y obras, series o espectáculos de mayor relevancia artística.

El asunto no será, prohibir, o aplicar una vigilancia feroz sobre ellos, sus distribuidores o formas de consumo. Las nuevas tecnologías y su capacidad para, técnicamente burlar los mejores controles, colocan al alcance de las manos y miradas de una parte considerable de la nación, todo tipo de ofertas, textos y discursos culturales. En un planeta cada vez más interconectado y diverso, prohibir no es una estrategia que alcance hoy en día ningún dividendo, genera por el contrario mayor curiosidad y necesidad por esa obra estigmatizada. En tal sentido pudiéramos recordar lo sucedido con los documentales Fuera de Liga, Revolution y el dramatizado La cara oculta de la Luna, que circularon rápidamente en los bancos de video y las computadoras personales, sin que los censores pudieran hacer nada.

Las dinámicas de la vida y las nuevas tecnologías han puesto contra la pared la retórica oficial que satanizaba los medios y alejaba al individuo de sus pasiones, deseos y sueños naturales. La televisión, los filmes o series en soportes digitales y los eventos deportivos siguen siendo opciones ideales para el ocio y el entretenimiento en nuestro entorno. Son también puertas para escapar de las realidades y angustias cotidianas. Esa multiplicidad de opciones y caminos conforman un individuo que determina su tiempo para el placer y el conocimiento, o como diría Negroponte, uno de los gurúes de los nuevos medios: las horas de máxima audiencia son mis horas.*** Esa capacidad de elección prefigura hoy en Cuba una nueva revolución en el campo de la cultura, los valores sociales y el pensamiento.

Cuando entramos en el segundo decenio del siglo xxi, varias son las interrogantes: ¿Podrá la televisión cubana ser competitiva y recuperar a sus espectadores? ¿Podrá hacerlo con escasos recursos y manteniendo su condición de televisión pública? Siendo ella aun analógica, ¿puede pugnar con un mundo de productos digitales cada vez más sofisticados y al alcance de todos? ¿Podrá el Estado dialogar con esas otras corrientes de creación y consumo cultural? Si estamos conscientes de que las nuevas tecnologías llegaron para quedarse y borrar las fronteras, la pregunta que debemos hacernos es cómo podemos utilizarla para generar bienestar, progreso y salvar la identidad de la nación. ¿Cuál, en definitiva, debería ser el sentido de nuestra televisión? Tal vez si dejara de ser tan didáctica y formalmente aburrida, si fuera realmente la voz de la sociedad, si escuchara a sus destinatarios o se abriera al debate sobre los problemas de la nación, si se escuchara a sus verdaderos creadores y artistas, si se mimara a sus talentos para que no sientan la necesidad de emigrar a otros espacios dentro o fuera de la isla, si le imprimiera a sus programas la dinámica visual de la contemporaneidad, si intentara más, seducir y no abducir a los destinatarios, entonces tal vez consiga rescatar a una parte considerable de ellos y erigirse, no como la única opción, título que por suerte, ya jamás obtendrá, sino como el espacio ideal donde la cultura cubana se halle en toda su complejidad.

Gustavo Arcos Fernández Britto.

Publicado en Gaceta de la UNEAC. Número 5 /2011.

*Postman, Neil. 1985. Citado por Manuel Castells en. La sociedad red. Volumen 1. La era de la información. Alianza Editorial, Madrid 1996

** Según datos recogidos por el Centro de Investigación de la TV cubana en el año 2009, solo el 4,6 % de los más de mil encuestados, refería la asistencia al cine como opción principal de su tiempo libre. La misma investigación arrojó que el 73 % prefería la televisión.

***Negroponte, 1995. Citado por Manuel Castells en: La sociedad red. Volumen 1. La era de la información. Alianza Editorial, Madrid 1996.

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Publicado el noviembre 25, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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