DE GARCÍA BORRERO A ENRIQUE (KIKI) ÁLVAREZ

Querido Kiki:

Ante todo, y de provocador a provocador: tus ideas siempre serán bien recibidas en este sitio. Si algún día quisieras demandarme legalmente por apropiarme de ellas sin tu autorización, colgarlas en el blog, circularlas, o impugnarlas (que tal vez sea la mejor manera de demostrar el profundo aprecio que les tengo), te sobrarían las pruebas en mi contra. Pero habría valido la pena incurrir en delito.

Tenemos, en efecto, obsesiones comunes ante los problemas que nos acosan. También maneras desiguales de visualizar las soluciones, y, me asalta ahora la impresión, disposiciones afectivas que parecieran localizarse en polos opuestos: tú hablas de una ausencia de optimismo que me parece legítima (dado el tiempo transcurrido y la parsimonia de las instituciones para estructurar una respuesta efectiva); yo otras veces he hablado de la necesidad de asumir una suerte de optimismo trágico que nos proteja ante las desidias y no nos paralice, un optimismo que sea lo contrario del optimismo inútil, y que a pesar de todo, no permita que nos confisquen las esperanzas.

Recomiendo esa postura porque sé que los obstáculos que hay que enfrentar a diario son colosales, sobre todo porque más allá de las voluntades de cambios que se pudieran poner en práctica desde las máximas esferas de poder en Cuba, buena parte de los cubanos de hoy (vivan donde vivan) llevamos en vena una mentalidad en la que pesan demasiado los autoritarismos ejercidos a lo largo de tantas décadas, así como la falta de una esfera pública transparente en la cual ejercer el debate sistemático sin temor a las represalias en caso de que no se coincida con la mayoría.

Es real que no tenemos todavía una idea de lo que puede ser una auténtica cultura del debate. Nos vamos conformando, como bien dices, con vivir a la defensiva, siempre a la defensiva. Y ello ha sido el escenario idóneo para que se consolide una terrible espiral del silencio, donde –lo digo por lo claro- no son todos los intelectuales los que han optado por oponerse a ese orden de cosas: más bien predomina el repliegue a la obra de cada cual, al sacrosanto deber de hacer arte antes de intervenir públicamente en los asuntos que nos afectan a los humanos comunes que somos.

Ahora bien, una cosa es aspirar a vivir en una sociedad donde tengan posibilidad de expresarse (al menos expresarse) todas las voces, sin que aquellos que disienten de la mayoría sean patologizados, y otra, soñar con que algún día tendremos esa paz o esa relajación que sugieres se necesita para reaccionar ante la vida de un modo coherente. Ya lo dije antes; tengo una visión trágica del mundo, una visión que se remontaría a la visión de Heráclito: “Lo que está en oposición se concilia; de las cosas diferentes nace la armonía más bella y todo se genera por la vía de los contrarios. Todo es uno”.

Por eso discrepo contigo cuando dices que lo del Caracol fue más de lo mismo. Si lo miras como algo aislado, puede que se vea como la décima temporada de eso que otros ya han denunciado antes. Pero yo lo aprecio como parte de ese malestar de la cultura cubana que ahora mismo se manifiesta en diversos escenarios, lo mismo a través de los encuentros que organizan los cineastas con el fin de demandar la aprobación de una Ley de Cine, o a través de esos debates que sostuvimos hace poco a propósito del consumo audiovisual en Cuba, y las nuevas modalidades de producción y distribución. Creo que Pablo de Tarso describió de un modo inmejorable lo que sucede en estos casos en que pareciera que nada ocurre, y si embargo, sabemos que todo está cambiando: “este mundo, tal como lo vemos, está sucediendo”, observaba Pablo.

Por eso no me ocuparía tanto de esa realidad que me dices que hay que cambiar. Pienso que hay allí una sobreestimación de las fuerzas humanas: la realidad ya ha estado cambiando y sigue cambiando al margen de nuestros deseos más íntimos. Y por eso me preguntaba en el escrito post-Caracol, hasta qué punto esta producción audiovisual que circula hoy, ora por vías institucionales, ora por vías informales, está al tanto de esas lentas transformaciones que operan en las profundidades de nuestra sociedad, y que ahora mismo, desde luego, no se describen en nuestra prensa. De manera que más que cambiar la realidad (que ya está cambiando, insisto), me interesaría influir en quienes diseñan sus políticas de representación. Y eso solo es posible aprovechando todos los espacios que permitan darle visibilidad a esos problemas.

Cuando hablo de nuestro “modelo de representación institucional”, efectivamente, incluyo a la producción ICAIC, pero también a una buena parte de la producción que no es ICAIC que, sin embargo, comparte las mismas maneras estrechas de “mirar” la realidad cubana. Ese modelo de representación no obedece a los imperativos de una institución única, sino que se nutre de los miles de prejuicios que han invadido nuestra conciencia a lo largo de esta vida que nos ha tocado. Romper con ese régimen de la mirada que se ha impuesto como tradición nunca será cosa fácil, porque puede traer como consecuencia la incomprensión, el aislamiento, o sencillamente, la indiferencia de los públicos. ¿Cuántos de nuestros cineastas estarán dispuestos a correr ese riesgo?, quiero decir, ¿el riesgo de adentrarse de lleno en el reino de la libertad expresiva, como si se tratara de otro viaje al mismísimo corazón de las tinieblas que liberan?

Lo que nos toca, como país, es darle luz a nuestra propia Odisea”. Esto que anotas me parece hermoso y crucial, pero te confieso que a veces me paraliza y me hace caer en el pesimismo temporal, notar que en buena parte de la vanguardia intelectual de este país ya ha hecho metástasis el mal de la indiferencia. No creo que sea tu caso, aún cuando en la carta me digas que has dejado de ser optimista. Si eso fuera cierto, si de veras no quedara en ti reservas de esperanzas en cuanto al cambio que necesitamos, no estarías escribiendo esa misiva, ni habrías escrito aquel texto que desencadenó todo lo que hoy tiene que ver con el reclamo de una Ley de Cine.

Pero lo que predomina no es eso. Al menos esa es mi impresión personal. Tal vez esté equivocado, y no sea cierto que la mayoría prefiera el intercambio crítico en lo privado, dejando en manos de terceros el diseño de nuestras políticas públicas. ¿Qué hacer entonces? A mí lo único que se me ocurre es no cansarnos de provocar, y volver a hacer de la incomodidad intelectual una virtud. Cierto que no habrá beneficios a corto plazo. Pero es lo que toca.

Un abrazo grande,

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el noviembre 20, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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