POST CARACOL 2014

Nunca había tenido la oportunidad de participar en las sesiones teóricas del evento Caracol, así que debo agradecer al cineasta Manuel Herrera la invitación que me hiciera llegar, con el fin de organizar una mesa que hablase sobre las maneras en que el cine cubano mira la realidad inmediata.

Todas las ideas que hasta el momento tenía de ese foro, nacieron de los aportes de terceros, como este conjunto de interrogantes que Rudy Mora expuso hace un tiempo en un texto que, significativamente, tituló “Desde las cerquitas”:

¿Es que ya no es posible un encuentro teórico que se concentre en temas artísticos excluyendo los pasajes cotidianos?… (que tampoco son abordados en otro lugar, es cierto). ¿Es que la vieja ausencia de recursos, es incompatible con el intercambio inteligente de criterios? ¿Es que los audiovisuales actuales y los programas de TV no necesitan pensarse a sí mismo? ¿Es que después de lograr…. lo que se hace esta muy bien y no hace falta más? ¿Para qué cambiar si no repercute en mi vida profesional y sin embargo me la complica?.. “Estamos mirando por un catalejo hacia Martes”… parafraseando la canción de Buena Fe”.

Llegué al Caracol, pues, no voy a ocultarlo, con un montón de prejuicios. Por suerte, lo sucedido demostró que sí es posible alcanzar un alto nivel en las reflexiones. La exposición de Víctor Fowler fue excelente, en tanto nos propuso una aproximación inteligentísima al fenómeno de los nuevos pactos establecidos por las audiencias de ahora mismo, con las más diversas modalidades del audiovisual que se produce en la actualidad.

Por otro lado, la mesa sobre la crítica en los medios cubanos, moderada por Soledad Cruz y Pedro de la Hoz, generó un buen diagnóstico de lo que viene sucediendo (o no sucediendo) en este campo. Es un tema que en lo personal me apasiona, y al que he querido aproximarme (supongo que con voluntad polémica) en ese texto que fue premiado en el evento con el título de “Por una crítica imperfecta, veinte años después”.

Solo reiteraré ahora lo que dije ese día: entre nosotros, hay crisis de imaginación a la hora de ejercer el criterio; sigue sobrando el impresionismo, y ha desaparecido casi por completo de nuestros medios el debate sistemático. En el escenario de ahora mismo abundan los espacios donde cada crítico trata de imponer su voz, pero rara vez encontraremos a dos o tres expertos confrontando sus criterios; yo sería realmente feliz si mañana la televisión cubana inventara un programa que se llamase “Los cuatrocientos golpes”, donde los críticos (y no un crítico) presentasen al espectador un filme desde una perspectiva rashomonesca, que le permita al espectador construir sus propias conclusiones. Pero esta es otra de las tantas utopías que a rato vienen sobre mí.

En cuanto a la mesa que me encargaron organizar, ante todo quiero reiterar públicamente mi gratitud a los cineastas Eduardo del Llano, Enrique Álvarez, y Ernesto Daranas, por aceptar mi invitación de acompañarme en el panel. Como Manuel Herrera me dio entera libertad para diseñar el encuentro, opté por salirme de lo que ya viene siendo demasiado común (un grupo de críticos evaluando puntualmente el saldo de las últimas películas cubanas), para intentar construir una plataforma que devolviera a la esfera pública las voces de quienes ponen las primeras piedras de eso que entre todos llamamos “cine cubano”. No para eliminar las voces de mis colegas, desde luego, sino para que de un modo más natural se integre esos puntos de vista de los cineastas a lo que sería el “pensamiento crítico en torno al cine cubano”, que no es exclusivo de un gremio o de otro. O siguiendo con lo planteado por Rudy Mora en aquel artículo: contribuir a la destrucción de esas cerquitas que siguen dividiendo de modo absurdo y ficticio a los cineastas de los críticos.

Como creo haber apuntado en algún momento de la introducción al panel, mi pretensión nunca estuvo dirigida a examinar películas puntuales. Me movía (y sigue moviendo mi curiosidad) el deseo de entender un poco mejor cuál es la lógica que manejamos entre todos cuando hablamos de “la realidad inmediata en el cine cubano”. Y confieso no compartir demasiado esa suerte de consenso que primó en la sala, donde pareciera que se habla del cine como un artilugio inocente que puede “reflejar” de modo transparente esa realidad a la cual se aproxima.

Para mí el cine nunca podrá reflejar la realidad tal como es ella; lo que hace es construir realidades que por diversas vías pueden alcanzar la condición de dominantes, o en caso de oponerse a ellas, sacar a la luz dimensiones de lo real que habían sido secuestradas por el discurso hegemónico, pero sin agotar jamás el inventario de eso que existe más allá de nuestros sentidos, la mayoría de las veces sin que lo advirtamos. Por eso no me parece una idea feliz exigirle a los cineastas que reflejen “fielmente” la realidad sin antes preguntarnos qué es lo que nosotros mismos (los críticos, me refiero) estamos dejando fuera de ese modelo de representación del mundo y por qué.

Valdría la pena aclarar que la invitación de los tres cineastas que estuvieron en la mesa respondió al hecho de que han estrenado sus películas más recientes este año. Me queda claro que si se hubiera incorporado el punto de vista de una realizadora (como se sugirió desde el público en un momento) o de algún documentalista, el debate se habría enriquecido, pero aún así, los tres cineastas apuntaron ideas bien valiosas. De la exposición de Del Llano retengo su reclamo de enriquecer esa pobre noción de la realidad que pareciéramos compartir buena parte de los cubanos que consumen el audiovisual producido en la isla, donde apenas sale a relucir lo epidérmicamente social; de la de Kiki Álvarez su apunte sobre esa suerte de naturalización que hemos hecho de una calidad de vida mermada por las precariedades cotidianas, y que condiciona las maneras de “mirar” la realidad, y de la de Ernesto Daranas su observación de que muchas veces lo que está presente en el origen de la creación de nuestros cineastas no son exactamente las ideas, sino algo más inefable que en lo personal asocio a la angustia siempre creadora.

Ahora bien, si fuera cierto que el cine no refleja la realidad, sino que construye muchas versiones de la misma, ¿cómo es posible que durante determinados períodos, no obstante las diversidades estilísticas y temáticas, uno sienta que esa representación de la realidad se hace unívoca, y por ello mismo, estereotipada? Ya se han ensayado innumerables respuestas a un asunto que en términos epistemológicos todavía está dando que hablar, pero tengo la impresión de que entre nosotros lo que aún no se ha discutido con suficiente fuerza es la impronta de lo que pudiéramos llamar nuestro modelo de representación institucional, asociado, desde luego, a la producción del ICAIC.

¿Hasta qué punto ese modelo de representación institucional ha modelado las maneras de “ver” la realidad? ¿puede romperse con ese modelo de realidad haciendo cine desde la institución?, ¿de qué manera conviven esos modelos institucionales con los modelos informales, esos que ahora en pleno auge de los nuevos dispositivos de grabación y exhibición, amenazan con sustituir para siempre los antiguos paradigmas, sumergiéndonos en una masa amorfa de imágenes y sonidos que descubren una Cuba inédita, sumergida, dionisiaca?

Pero, ¿hasta qué punto detrás de ese modelo informal en el que apenas pueden retenerse fragmentos de realidades suprimidas del discurso oficial, no se esconde también una teleología que busca derribar antiguos mitos para imponer otros que hablarán desde la falsa disidencia (por superficial), la evasión disfrazada de veleidad (que no es tal desde el momento que se compromete con el no compromiso)? ¿Cómo fomentar, entonces, otras maneras de entender la realidad?, ¿cómo enriquecerla?, ¿cómo hacerla más compleja a la hora de expresarla?

En los últimos tiempos, cada vez que he tenido oportunidad de expresarlo en público, lo repito: vivimos una época donde el debate de estos temas, por suerte, puede funcionar mucho mejor si aprovechamos con inteligencia las herramientas que brinda la actual revolución electrónica. Los asuntos debatidos en la sala Villena de la UNEAC de Camagüey merecen trascender esos estrechos predios, e invadir de modo horizontal toda la isla. Tenemos hoy las mejores condiciones que se puedan imaginar para involucrar a las mentes más lúcidas de la nación en discusiones que nos atañen a todos. La UNEAC, que ahora mismo no puede decirse que sea el grupo que con más fuerza impulsa el debate público en torno a estos asuntos, podría aprovechar la indiscutible capacidad imaginativa de sus miembros para poner en marcha esa gran revolución intelectual que todos esperamos, para bien de la comunidad. No hace falta mover los caracoles, de acuerdo, pero nos hace falta moverlo a lo largo y ancho del país.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el noviembre 18, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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