DE GARCÍA BORRERO A ANTONIO ENRIQUE GONZÁLEZ ROJAS

Mi estimado Tony:

Antes de dialogar con algunas de las ideas que expones en tu carta abierta, preferiría dejar definido el lugar desde el cual hablo en este debate público en torno al consumo audiovisual en Cuba. Solo si alcanzamos a detallar los posibles intereses que mueven nuestras ideas, alcanzaría sentido aquello que se expresa; de lo contrario, correríamos el riesgo de encerrarnos en un círculo vicioso donde las jerarquías las tendrían las palabras o la retórica, en vez de las acciones. Y palabras al fin, la realidad seguiría siendo la misma de antes. O quizás peor.

A mí en lo personal me interesa intervenir en lo público con el fin de ayudar a la transformación de esa realidad que nos afecta a todos, más allá de lo privado. Supongo que es lo que me toca si de veras quiero seguir creyendo que soy eso que dicen: un intelectual. Así que lo diré de una vez y por todas: hablo desde la institución (en este caso, encarnada en ese Centro Provincial de Cine en Camagüey que paga mi casi invisible salario todos los meses), solo que al hablar desde ella apelo a lo que considero una saludable distancia crítica. En este sentido, no sé si soy un intelectual “institucionalizado” o no tan “institucionalizado”, para utilizar tus mismos términos. En el fondo, creo que hay allí otras de esas trampas mortales que nos tiende el lenguaje, pues se puede estar fuera de las instituciones, e incluso contra ellas, y reciclar la misma lógica de feudo o capilla que muchas veces se defienden en las mismas.

Yo defiendo el papel de las instituciones (que también existen en el capitalismo más contemporáneo, y resultan la base legitimadora de ese sistema) por razones que argumentaré más adelante, pero al mismo tiempo considero que el grueso del sistema institucional de la cultura cubana ha sido desbordado por el desarrollo incesante de las nuevas tecnologías, las cuales (para bien de la humanidad, de la cual formo parte) han implicado libertades individuales que eran sencillamente impensables hace diez o quince años.

Tendríamos aquí, entonces, dos maneras de posicionarnos ante el fenómeno: una como individuos que disfrutan y consumen acríticamente todo aquello que llega a sus manos, gracias al poder de las nuevas tecnologías, y otra en la que, conscientes del encargo social que tendrían las instituciones culturales en las sociedades contemporáneas, intentamos entender el problema, establecemos diagnósticos que nos ayuden a precisar lo positivo y lo negativo del proceso en el que nos encontramos inmersos, y a partir de ese diagnóstico elaboramos estrategias encaminadas a reforzar el bien público. E impedir que esa promesa de libertad que hoy traen las nuevas tecnologías termine domesticadas por los más poderosos, los que de verdad mandan. Supongo que a eso se refería Magda Resik cuando habló de las “propuestas concretas”.

Quisiera recordar que la idea de este foro nació de un grupo de incomodidades personales originadas en el pasado Congreso de la UNEAC. Esas incomodidades las anoté en el blog, que como sabes, es un sitio absolutamente privado. Algunas de mis objeciones apuntaban directamente contra ciertas ideas expresadas en el cónclave por Abel Prieto, pero debo agradecer públicamente a Abel que tomara nota de esos cuestionamientos, acogiera mi propuesta de debate público, e impulsara junto a la UNEAC la organización del encuentro. Sigo estando en desacuerdo con algunos de sus planteamientos, o sus maneras de enfocar el asunto, pero creo que tenemos en común el deseo de entender el fenómeno en su complejidad, que va más allá de las visiones que se puedan tener en el orden ideológico, o los binarismos que hablan del “dentro” y el “afuera”.

Confieso que no me alarman las diferencias de criterios (muchas veces irreconciliables) que manejamos en el foro; todo lo contrario: esas diferencias nos obligan a mejorar los argumentos que utilicemos en las exposiciones, pues ya no vale por sí sola la autoridad de quien está en el poder o dice tener pantagruélicos conocimientos para llegar a un consenso. Ahora, si queremos de veras mostrarnos a la altura de estos tiempos, será preciso discutir sin prejuicios, y dejar a un lado todas esas mitologías del intelectual que nos hace creer que, por haber leído más, nos hemos ganado el papel de entes rectores en un proceso del cual no tenemos la menor idea, porque aún no hemos estudiado a profundidad.

Por otro lado, el hecho de que hable desde la institución y me muestre favorable a la modernización del sistema que las acoge no significa que me oponga a esa “libre e informal” circulación de materiales que propician las nuevas tecnologías. Todo lo contrario, pues además de resultar absurda una pretensión de ese tipo, iría contra mi profunda convicción de que de nada vale la búsqueda de justicia social si antes no se garantizan los espacios para que el individuo ejerza de una manera responsable su libertad y su derecho a la elección.

En el encuentro debatimos, todavía no con la profundidad deseada, el fenómeno de la censura en la televisión. Mi colega Rolando Pérez Betancourt defendió ideas con las que no puedo estar de acuerdo, pero que reconozco cumplen con la lógica de este momento histórico que vivimos. Solo bajo ese presupuesto puntualmente histórico puedo entender el llamado de atención que me hizo Víctor Fowler cuando replicara que ninguna televisora pública exhibiría La vida de Adele de modo íntegro. Pero el problema (nuestro problema) no está en que la televisión cubana no pueda exhibir La vida de Adele sin cortes,o los filmes del cubano Jorge Molina por razones “morales”, o determinados dirigentes del telecentro de Bayamo expulsen a dos de sus trabajadores por exhibir en uno de sus programas el corto El grito, sino que nosotros como críticos le estamos haciendo el juego de manera tácita a ese pacto de falsa moralidad establecida en los medios, donde diez minutos de sexo lésbico explícito resulta más escandaloso que las interminables escenas de violencia que a diario vendemos desde esas mismas pantallas.

Es llegando a ese punto cuando me pregunto sobre el papel que estamos jugando a estas alturas los críticos cubanos. Se supone que a los críticos nos interese formar espectadores que arriben por cabeza propia a sus conclusiones, que sean capaces de romper con esos moldes estrechos que condicionan la recepción más común. ¿Por qué entonces conformarnos con lo que el sentido común dicta desde el punto de vista moral?, ¿no estará la crítica en esos casos dejando a un lado el rol emancipador para asumir el papel de domesticadores de los instintos más originales del espectador?, ¿no estarían los críticos hablando desde el prejuicio más autoritario? Sé que el tema es complejo, y que no depende solo de libertades políticas (aunque estas también son importantes), pues en las llamadas “sociedades libres” la mojigatería ha terminado por funcionar como el más efectivo de los cuerpos policiales que se puedan concebir.

Pero regresando a nuestro contexto, o lo que es lo mismo, a nuestro “aquí y ahora”, mantengo lo que dije antes: nuestro sistema de instituciones culturales se encuentra ahora mismo superado por ese consumo informal donde el repliegue hacia lo privado, el peripatetismo tecnológico, o la interactividad de los usuarios, van marcando las principales tendencias de la época. ¿Cuál sería el papel de las instituciones culturales en estos nuevos escenarios?, ¿estarían condenadas a desaparecer toda vez que responden a una lógica de producción y distribución de bienes culturales condicionadas por el centralismo y el monopolio de los medios?, ¿preservar el papel regulador de las instituciones sería una imposición arbitraria o una necesidad en función del bien público?

Yo me inclino por lo último, y trataré de argumentar ese punto de vista a partir de la objeción que le pongo a esa idea que defiendes en cuanto a que a estas alturas de nuestras vidas, lo de la hegemonía es un asunto superado. Sé que la época se presta para esos espejismos. Pareciéramos más libres porque tenemos en nuestras manos un mando que nos permite diseñar a toda prisa nuestra propia parrilla de programación, mientras que gracias al zapping nos encargamos de enviar al olvido todo lo que no sea capaz de retener nuestra atención más allá de veinte segundos. Pero ya lo anotaba de una manera muy lúcida Beatriz Sarlo: “El zapping es la ilusión de la elección en la ilusión del mercado audiovisual”.

Si de lo que se trata es de defender el derecho a las ilusiones individuales, puedes contar conmigo. Ningún Estado ha de entrometerse en la búsqueda del placer individual, siempre que esa búsqueda, desde luego, no afecte a los otros. Y aquí tendría que regresar a lo que expresara en el primer párrafo de la misiva: al menos a mí nunca me interesó organizar un encuentro dirigido a acabar con el paquete, como titula Gustavo Arcos su provocativo post, o detener La Historia, como apuntas en alguna parte de tu misiva; mi interés era y sigue siendo comprender el fenómeno en términos sobre todo científicos (de allí la invitación a los investigadores sociales). Comprender, y sobre esa base, actuar en función del bien público. Por eso no se pensó como una asamblea para democráticamente intercambiar impresiones, sino como algo más exigente en el plano intelectual.

Quisiera finalizar brevemente explicando a qué me refiero cuando hablo del bien público, toda vez que el uso de esos términos se presta a la demagogia, y a la manipulación en esa guerra de facciones que en nombre del bienestar colectivo, enmascaran estrechos intereses de grupo. Para mí el bien público se asocia a todo lo que exalte la diversidad de la vida, y dentro de ella, le conceda a los individuos autonomía, libertades para elegir, y oponerse a cualquier modalidad de dominación, sea esta autoritaria o carismática.

Las instituciones pueden contribuir a preservar ese bien público, si trazamos estrategias inclusivas, que de veras contribuyan a poner de relieve esa diversidad a la que aludo. Se me dirá que ya el paquete, o Internet, se encarga de mostrar esa diversidad. Francamente, una afirmación así me parece un crimen de lesa ingenuidad. Que para el grueso de las personas el mundo (como representación) quepa en un paquete o en Internet, pasa, porque en cada época el sentido común tiende a simplificar esas representaciones e interpretar eso que llamamos mundo como lo que llega a nuestros sentidos. Pero si de veras estamos interesados en la cosa pública, que incluye aquello que está más allá de nuestro horizonte, entonces debemos activar el botón de la sospecha, y preguntarnos dónde quedó aquello que los curadores del paquete decidieron no incluir por razones humanas, demasiado humanas.

Esto es una impresión muy personal, pero siento que el entusiasmo acrítico con las nuevas tecnologías (y lo dice alguien que defiende el derecho de todos los cubanos a acceder libremente a Internet), nos lleva a pasar por alto que también aquí, detrás de la fachada, operan las relaciones de poder. Ojalá me alcanzara la vida para vivir, aunque sea un día, en un mundo donde las hegemonías no estuviesen presentes. Sería feliz experimentando aunque fuera por 24 horas la vida tal como es ella, sin que se interpongan todos esos obstáculos o imperativos morales, ideológicos, o económicos que terminan presionándonos en uno y otro sentido. Pero eso no pasa de ser otra fantasía: la vida es agónica y hay que defender todo el tiempo el optimismo trágico.

¿Qué hay gente que es feliz pensando que el mundo debe seguir siendo como ahora es, y que toda lucha por mejorarlo es pura utopía? De acuerdo: siempre ha sido así. Y he allí una prueba de que la hegemonía sí existe. Que no es retórica ni lenguaje político aprendido en los pulgueros. Por suerte, no nos tocó vivir en la época de la esclavitud, cuando parecía normal ese orden de cosas. Y eso ya no es así gracias a que una minoría no cedió ante la tentación de afirmar que la vida es eso que otros dicen que es.

Ahora creo que pasaría lo mismo: se necesitan personas que piensen el fenómeno, que lo desmonten, que develen las luces y las sombras, y propongan caminos que nos hagan más libres. Y eso no podría ser meta de un solo individuo, por talentoso que este sea. Se necesita el aporte crítico de muchos: es la única razón de ser que le encuentro a ese foro en el que ambos intervinimos, y que aspiro tenga su prolongación, ya con las metas (no le temo a esa palabra, por desacreditada que parezca) mejor definidas.

Un abrazo grande,

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el noviembre 6, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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