DE LA GENERACIÓN CERO Y ADYACENTES

Jorge Santos Caballero me ha invitado a que hablemos hoy, en su espacio “Pluralidades”, de la llamada “Generación Cero” en Cuba. Su interés surgió hace algo más de un mes, cuando coincidimos en la presentación de La Gaceta Nro. 2 del 2014: allí aparece un excelente intercambio de reflexiones entre Arturo Arango, y dos de los miembros más prometedores de esa generación de escritores: Jamila Medina y Ahmel Echevarría. A ello hay que sumar la estimulante conversación que sostienen Osdany Morales y Gilberto Padilla.

Los que todavía no tienen claro a qué se alude cuando hablamos de “Generación Cero” en Cuba pueden encontrar en el propio Ahmel Echevarría la siguiente descripción:

Según la crítica, pertenezco a un grupo de escritores llamado Generación Cero. Si algo caracteriza este grupo es la supuesta variedad de temas, la casi total falta de espíritu de grupo, compromiso. De veras no sé si la mayoría está desencantada con algún sustantivo o ente específico puesto que habría que definir si alguna vez llegaron a encantarse con algún proyecto social, económico o político (la mayoría apenas pasa de los treinta y cinco años). En realidad esa supuesta variedad de temas que nos caracteriza no es tal, incluso a veces llego a dudar de nuestra ambición en tanto escritores. La tendencia es la narración de pequeñas peripecias o escaramuzas de un individuo u homúnculo en un contexto digamos minúsculo: una pareja, trío, grupo de amigos, si acaso una tribu urbana, y el escenario apenas conecta con el inmediato social, político, económico de este breve y tórrido archipiélago”.

Fue a raíz de mi discrepancia con algunos de los juicios emitidos por Santos en la presentación de la revista, que surgió la idea de organizar este encuentro. Confío en que lo literario sea apenas el pretexto para abordar con una verdadera perspectiva de conjunto, lo que pudiera estar hablando de la llegada de una nueva sensibilidad en todas nuestras producciones culturales. De hecho, mi incomodidad con la posición asumida por Santos se localiza fácil: tiene que ver con ese énfasis en decretar “el fin de los paradigmas”.

Como lo que más trabajo es la investigación del audiovisual realizado por cubanos, trataré de concentrarme en analizar lo que ha estado sucediendo últimamente en esa zona de la creación insular. Después de todo, mucho de lo que Ahmel Echevarría describe puede apreciarse también en el área audiovisual, donde el antiguo compromiso con el papel militante del cineasta que debía poner el conjunto de sus imágenes en función de un mejoramiento de la realidad, pareciera ceder ante el desencanto social, o peor aún, la indiferencia o el nihilismo.

Así, varios de los realizadores de ahora optan por las historias mínimas, donde uno sigue advirtiendo en el trasfondo la Cuba que nos habita, pero donde lo que aparece en primer plano no es el antiguo consenso, sino más bien una relatoría bastante pormenorizada (aunque no estridente) de las tensiones (no menores) que van marcando nuestras naturales diferencias.

Esto no es ni bueno ni malo: sencillamente forma parte de un proceso natural que está más allá de nuestras voluntades. Es parte de lo que Nietzsche llamaba el eterno retorno de lo idéntico, y que antes Schopenhauer (con su acostumbrada amargura) resaltaba del siguiente modo en su célebre “Paralipomena”:

Cada treinta años aparece una nueva generación de niños curiosos que todo lo miran, nada saben y engullen sumariamente y a toda velocidad los resultados del saber humano acumulado durante milenios, y que después pretenden ser más listos que todo el pasado junto. Con tal fin acuden a las universidades y echan mano a los libros, es decir, a los libros más recientes, dado que son contemporáneos suyos y de su misma edad. Lo único importante es que todo sea corto y nuevo, igual que ellos mismos son nuevos. Y enseguida, a pontificar”.

Veo en esta posición de Schopenhauer, empero, un acto de autoritarismo antes que de verdadera argumentación. Un autoritarismo similar al que se esconde en esa interrogante con que se anuncia el conversatorio de hoy: ¿fin de los paradigmas?

Para empezar, habría que esclarecer desde dónde se hace esa pregunta, y quién la hace: ¿el que ahora interroga piensa que fue con su generación que los paradigmas, entendidos como modelos, alcanzaron la perfección?, ¿de dónde pudiera llegar esa certidumbre que, sin embargo, carece de evidencias?, ¿no es otro ejemplo de interpretación melodramática de la realidad, en la cual el que pregunta por el fin de los paradigmas se asume como la víctima de un destino injusto?

Yo prefiero pensar este asunto de las generaciones y los paradigmas (que a veces confundo como si se tratara de lo mismo) en términos menos apocalípticos. Las nuevas generaciones tienen derecho a creer que esas maneras de mirar la realidad que quienes le precedieron impusieron como tradición, han pasado a mejor vida. Es el mismo derecho al que apelaron esas generaciones de antes, con el fin de subvertir los paradigmas anteriores. Deberíamos entonces corregir la pregunta, y enunciarla de otro modo. Por ejemplo, sería más coherente preguntar: ¿fin de los paradogmas?

Porque lo que en el fondo seguimos viviendo es la eterna lucha entre lo que ha terminado fosilizándose en lo intelectual, y lo que pugna por abrirse paso, de acuerdo a lo que las nuevas circunstancias ya están propiciando, aún cuando no tengamos una clara conciencia de ello. Más que un fin de los paradigmas estaríamos asistiendo a un cambio de paradigma, en el sentido que propugnaba Kuhn a la hora de explicar la evolución del pensamiento científico.

Es cierto que nada garantiza que esos nuevos paradigmas, por ser nuevos, triunfen: no es lo biológico lo que determina el mérito de sus resultados, y ya sabemos que en la vida cultural hay un montón de factores que influyen del modo más insospechado. Pero de eso supongo que hoy estaremos hablando también en “Pluralidades”.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el octubre 14, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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