UNA ISLA, EL TEATRO, EL CINE, Y LA CUBA MAYOR

Fue a raíz de aquella exhibición que hicimos en Camagüey de El super en el Complejo Audiovisual Nuevo Mundo, que Omar Valiño (director de la Casa Editorial Tablas-Alarcos) me comentó de esta mesa que tendría lugar en el marco del “15 Festival Nacional de Teatro” de Camagüey.

Hace un par de días asistí al panel, y me fue muy útil. Moderado por el joven teatrólogo Jaime Gómez Triana, contó con las intervenciones de, para decirlo con palabras del catálogo del festival, “importantes teatreros cubanos residentes en Cuba y en los Estados Unidos”: Lillian Manzor (profesora, Universidad de Miami), Alberto Sarraín (director teatral que vive en Miami), I. Carolina Caballero (investigadora y profesora de la Universidad de Tulane, y que compartió con nosotros en la exhibición camagüeyana de El super), Maité Hernández-Lorenzo (periodista y crítica teatral), Yohayna Hernández (editora de la revista Tablas), y el propio Omar Valiño.

El panel, con el título de “Una isla, el teatro” ya había tenido una primera sesión de reflexiones en el pasado Congreso de LASA (Latin America Studies Association) celebrado en Chicago, y, de acuerdo a lo planteado en el catálogo, dicho panel “se erige plataforma dialógica entre el hacer teatral de las “dos orillas”; académicos y artistas de Cuba y los Estados Unidos examinan aquellos proyectos teatrales que durante estos veinte años han fortalecido nuestros relacionamientos artísticos. Cómo la memoria (individual y colectiva) aporta a la institución en la amplificación de nuevos puentes y trueques”.

Como investigador del cine cubano agradezco muchísimo este grupo de reflexiones. A diferencia de mis colegas del gremio teatral, los estudios académicos del audiovisual realizado por cubanos más allá de la isla, es todavía una asignatura pendiente. Si bien poco a poco va quedando atrás la visión icaicentrista que asociaba la historia del cine cubano a la historia de lo producido por el ICAIC, incorporando al relato oficial producciones audiovisuales antes relegadas a las sombras historiográficas, todavía ese corpus de materiales filmados más allá de la isla permanece en un limbo reflexivo.

Todo hay que decirlo: es dentro de Cuba donde se localiza el mayor número de esfuerzos por rescatar ese conjunto de imágenes que forman parte del patrimonio audiovisual de la nación, entendida la nación como algo que rebasa los bordes físicos del territorio insular o los límites ideológicos impuestos por el Estado; recuérdese el dossier preparado por “La Gaceta de Cuba”, la mencionada exhibición de El super en una pantalla pública de Camagüey, o los conversatorios que en par de ocasiones he animado en la UNEAC. Pero es cierto que lo anterior no pasa de ser esfuerzos aislados, que más bien obedecen a la iniciativa de un contadísimo número de individuos, lo cual impide que el impacto de esas reflexiones o acciones sea verdaderamente significativo en cuanto al rediseño de una política cultural menos excluyente, menos restrictiva.

Sin embargo, pienso que también los interesados en promover una mirada culturológica que mire a la nación como algo complejo, dinámico, y todo el tiempo en construcción, hemos contribuido a esta falta de impacto global. Queriendo superar el binarismo de las antiguas concepciones de la cultura nacional, hemos construido nuestras propias insularidades reflexivas. Y es una lástima, porque si miramos bien el asunto, en este terreno contamos con herramientas y conceptos que, más allá de las especificidades de las expresiones artísticas, tienen una utilidad común.

Para mí fue realmente estimulante escuchar cómo los nombres de Ana López, con ese feliz Greater Cuba que en su momento acuñara, y el de Carlos Espinosa, se evocaran en más de una ocasión durante el conversatorio. Los investigadores del cine cubano pudiéramos tener en ellos referentes valiosísimos si nos dispusiéramos a construir una historia de nuestro cine donde los puentes se multipliquen, y podamos hablar, por fin, del cine cubano, sin que sea necesario resaltar ese espejismo que habla del cine de “aquí” o del cine de “allá”.

Pienso que ahora mismo contamos con las mejores condiciones para crear una plataforma donde esté presente “una agradable tensión cooperativa” (Bhabha), y seamos capaces de vincularnos, no desde la más estrecha y falsa identidad, sino desde la posición reflexiva que examina estas producciones como “problemas”. Cuba ha crecido hacia fuera, pero también hacia dentro, de allí que necesitemos con urgencia de un enfoque pluridisciplinar donde los psicólogos, los lingüistas, los antropólogos, entre otros, elaboren informes que nos pongan al tanto de la complejidad del fenómeno diaspórico, más allá de las características estéticas o ideológicas de sus producciones culturales.

Agradezco infinitamente la existencia de esta mesa que nos puso al tanto de lo que, sin demasiado ruido, vienen haciendo los de teatro en pos de un encuentro verdaderamente nacional. Y me sumo a los que piensan que las próximas ediciones del festival deberían incluir puestas de quienes viven más allá de la isla. Escuchando a los ponentes me sentí menos náufrago en medio de este mar de prejuicios que todavía nos mantiene aislados.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el octubre 12, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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