RICARDO RIVERÓN ROJAS SOBRE “EL PERFECTO NEOANALFABETO Y OTRAS BLOGUERÍAS”

Supongo que como autor uno tiene que agradecer todo lo que se escriba sobre sus libros, incluso las críticas más negativas. Con El perfecto neoanalfabeto y otras bloguerías (Editorial Oriente) he tenido muchísima suerte, porque ya se han publicado varias reseñas, y de las que más me gustan. Es decir, reseñas donde sus autores se ponen a dialogar críticamente con las ideas que encontraron allí, y son capaces de matizarlas, corregirlas.

Cuando eso sucede, uno siente que los libros de veras están vivos, y que tenía mucha razón Jean Paul al afirmar que los libros, en verdad, son voluminosas cartas que se envían a los amigos, incluso cuando ya no existimos. Esta reseña de Ricardo Riverón, publicada en Cubaliteraria, me hace sentir parte de esa modalidad de la fraternidad que sería compartir las ideas que nos provoca la lectura de un libro.

JAGB

AS TIME GOES BYE, CAMAGÜEY

Ricardo Riverón Rojas, 21 de agosto de 2014

Si bien algunas manifestaciones culturales han despertado pasiones y obsesiones en el devenir cultural cubano del período revolucionario, ninguna de ellas ha alcanzado el impacto logrado por el cine. Todos los procesos, creativos, industrial y distributivos asociados a esa manifestación –nacientes una buena parte de ellos tras el triunfo revolucionario– generaron a su vez el surgimiento de un cuerpo de estudiosos que incorporaron al imaginario simbólico nacional un método de interpretación de la realidad revolucionaria a través del audiovisual. Junto con la Nueva Trova y la poesía coloquial –aunque en menor medida esta última–, el cine sirvió, como ningún otro proceso de cualquier tipo, para dibujar el mapa espiritual y el mapa posible de la Cuba que se vislumbraba en los sesentas.

Un detalle que siempre me ha llamado la atención en la dinámica cultural del interior de Cuba es la fuerza y rigor con que se ha expresado la intelectualidad camagüeyana a través de las plataformas de promoción, creación e investigación estructuradas, bien dentro de las instituciones, bien al margen de estas. Aunque en el caso de esta provincia se debe consignar que, pese a las facilidades que el estado desplegó, el alto nivel de estos procesos responde a la continuidad de una tradición que viene desde los tiempos de la colonia. Cuando analizamos la última etapa y nos percatamos de la existencia de escritores de la talla de Luis Álvarez Álvarez, Roberto Méndez, Rafael Almanza, Luciano Castillo y Juan Antonio García Borrero, entre muchos otros, unidos a artistas de otras manifestaciones, nos percatamos de que los representantes de la inteligencia camagüeyana han sabido orquestar un discurso que se inserta, y a la vez compite en buena lid, con el canon nacional desde una autonomía regional sumamente fértil en figuras y estrategias. Gracias a la fuerza y constancia de esa tradición se han superado con creces las desventajas derivadas del fatalismo geográfico.

La reciente lectura del libro El perfecto neoanalfabeto y otras bloguerías (Editorial Oriente, 2013), de Juan Antonio García Borrero, me reafirma aún más en las apreciaciones antes expresadas. No por gusto, en varias ocasiones el importante crítico de cine confiesa que “vivir en Camagüey tiene su encanto, pero también su costo”, aunque en su caso haya logrado paliar y resanar las consecuencias de ese costo gracias a una loable agudeza crítica y su visión periscópica, de hondo calado, en el material que es objeto de su estudio: el cine cubano.

No es el libro de Juan Antonio García Borrero uno de esos compendios encaminados a analizar movimientos, corrientes, influencias, películas específicas –aunque esos ingredientes no faltan en el volumen– pero la lógica central de los breves textos que lo componen se encaminan más bien hacia aspectos socioculturales o de cuestionamientos de determinadas políticas de promoción que en no pocas ocasiones han contribuido a acuñar verdades a priori, que han acabado por afincarse como dogmas cuando la realidad les ha pasado por encima. Por eso insiste este crítico en que la historia del cine cubano no puede ser leída solo como la historia del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficas (ICAIC), pese a constituir este el espacio donde con más fuerza se expresaron los sueños acumulados y la nueva sensibilidad en los primeros años de la revolución. Dicha lectura, según García Borrero, estaría lastrada por la miopía de ignorar que posterior y paulatinamente el ICAIC devino instancia de poder que monopolizó la opinión en torno a cómo debía ser el cine de los nuevos tiempos, y como consecuencia de tal “monopolización” gravitó verticalmente hacia el dictado de pautas autoritarias. Es cierto que a ello contribuyeron, junto a elementos y coyunturas de diverso tipo, los críticos. Y contra ese proceder de la crítica se pronuncia también García Borrero, valiéndose de un estilo dinámico y cuestionador, lo cual le granjeó polémicas con algunos de los más importantes colegas del país.

De las variadas polémicas que, según el autor, ha estimulado su blog Cine cubano, la pupila insomne, en este libro reproduce el respetuoso, pero intenso intercambio de opiniones encontradas que sostuvo con el no menos importante crítico Víctor Fowler. En ese cruce de criterios, Fowler le cuestiona algunos de sus planteamientos sobre la actitud de los críticos ante las nuevas tecnologías de comunicación. La tesis de García Borrero sobre la necesidad de una nueva campaña de alfabetización encaminada al dominio y uso de las nuevas tecnologías digitales, Fowler la impugna en defensa de los espacios tradicionales. Lo interesante es que ninguno de los dos críticos acude a la devaluación de la tesis del oponente, sino que cada uno defiende la tesis propia con los argumentos que considera válidos. El análisis de las relaciones de poder constituye el punto más ardiente de este intercambio. Y siguiendo su algoritmo accedemos, según considero, a una buena lección sobre el “arte” de polemizar sin devaluar, práctica sumamente enrarecida en la Cuba de las últimas décadas por dedicarse los antagonistas, en muchos casos, a dirimir rencillas personales.

Vota Juan Antonio por una crítica inclusiva, de lecturas contextuales, y de ello da fe que su mirada al cine cubano se haga tomando en cuenta zonas hasta ahora silenciadas casi por completo, como el cine anterior al triunfo revolucionario y el que se hace por cubanos residentes fuera de Cuba. No obstante, su mirada a la producción hecha dentro de los marcos del ICAIC es profunda y escrutadora. De ahí que se sienta su discurso como homenaje a los fundadores y a los ideales estéticos y políticos que los inspiraron, pese a que practica una radical cirugía crítica sobre lo que considera fueron sus aberraciones y pseudópodos. Es la suya una actitud de cuestionamiento respetuoso y por momentos reverenciador.

Muchas cotas paradigmáticas pone este autor en tela de juicio, y no solo en la manera de expresarse la crítica, sino en el medio utilizado, de ahí que atienda con tanto fervor la crítica que, insertada en medios de internet, como su propio blog, obliga a otro estilo, a otra enunciación, a determinada extensión y síntesis, dejando de lado la pose de magister dixit que ha caracterizado mayoritariamente a la que hasta hoy se expresa en disímiles formatos de los que podríamos llamar tradicionales.

Propone Juan Antonio relecturas y revaluaciones personales de los realizadores que podríamos llamar “clásicos” cubanos, explora las relaciones cine-literatura en pos de reivindicar el segundo elemento del binomio. Reconoce validez en nuevas fórmulas e intenciones. Y también avisa sobre caminos de la praxis cinematográfica, que, con acierto, se sitúan al margen de las estructuras oficiales.

Que el autor de este volumen es un crítico en posesión de una sólida cultura general y, en específico, enfocada al cine, lo confirma su trayectoria, con tres premios de la crítica en su haber y una copiosa bibliografía expresada en varios títulos, artículos y ensayos, textos siempre inquietantes. El que las referencias utilizadas sean, frecuentemente, filosóficas, literarias e históricas certifican que su mirada rebasa los límites de lo exclusivo cinematográfico.

Su labor de promotor también merece palabras de elogio. En la coyuntura de la celebración de los 500 años de la fundación de la Villa de Santa María del Puerto del Príncipe, Juan Antonio García Borrero –junto a otros colegas– ha laborado intensamente en el proyecto de reanimación de la emblemática calle de los cines, algo sin precedentes en la dinámica cultural cubana, más aún la del interior. Tuve oportunidad de ver in situ las labores del complejo Casablanca, uno de los muchos objetos de obra del ambicioso proyecto. La entrega a esos trabajos, con una retribución más espiritual que material, despertó en mí una contenida emoción, pues la impronta quijotesca que la anima me parece imprescindible para que, en estos tiempos de notable acento pragmático en la realidad cubana, la cultura no retroceda demasiado.

El fervor con que este líder de opinión se ha entregado a la promoción, análisis y enseñanza del cine cubano, incluso fuera del territorio nacional, me confirma que, aunque los años pasen, en Camagüey el cine cubano siempre tendrá una buena plaza para ser leído, desde la inteligencia, a la luz de las circunstancias en que nació y se ha desarrollado.

Santa Clara, 11 de agosto de 2014

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Publicado el septiembre 10, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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