EN EL LABERINTO DE LA MUERTE DE SARA GÓMEZ

El 2 de junio de 1974 fallece en La Habana de un ataque de asma, con tan solo 31 años de edad, la cineasta Sara Gómez. Como toda muerte prematura, ésta noticia estremece a buena parte de quienes consiguieron conocerla personalmente. Pero también a quienes llegaron a percibir en su cine documental una de las voces más singulares del audiovisual latinoamericano, tal vez porque en esa obra podía percibirse por primera vez, en medio de tanta cinematografía militante en cuanto a lo colectivo, las inquietudes de aquellas subjetividades que no figuraban de modo explícito en los programas de emancipación social: los marginales, las mujeres, los negros.

Para Titón el golpe debió ser demoledor. En lo profesional la sentía cercana de sus mismas obsesiones con el lenguaje cinematográfico, pues, como observaría quince años después de su muerte:

A Sara le hubiera gustado hacer cine sin cámaras, sin micrófonos: directamente, y eso es lo que le da esa fuerza, y esa cosa única que lamentablemente, no creo que haya sido suficientemente valorada con los años, y yo creo que al paso de éstos, su obra crece, cuando miramos hacia atrás todo lo hecho. No sólo en el largometraje De cierta manera (culminación de todo un período), sino en los documentales que le preceden, tiene siempre una originalidad, una fuerza, una pasión…[i]

Justo en el momento de su muerte Sarita estaba a punto de iniciar la edición de De cierta manera, operación que debieron concluir más tarde a cuatro manos García-Espinosa y Titón. Sin embargo, Sara Gómez significaba para Gutiérrez Alea mucho más que lo profesional, a pesar de que la amistad había nacido justamente después de haber tenido ella la responsabilidad de asistente de dirección en Cumbite. El propio Titón recordaría que,

(…) realmente Sara como asistente de dirección era un desastre; lo cual me parece muy bien, porque no siempre un buen asistente de dirección llega a ser un buen director de cine (un caso semejante es el de Tabío). El trabajo con ella fue muy bueno durante toda la preparación de la película; lo referente a la investigación, a definir una óptica, una actitud, un punto de vista, pero cuando llegamos a filmar era tan dispersa, tenía tantas cosas en la cabeza que hicimos crisis una vez: entonces la mandé para La Habana, pero ella no se resignó y regresó; recuerdo que filmábamos en Guantánamo, por supuesto, era una de esas crisis que tenían un resultado positivo. No quiero decir que haya mejorado como asistente, pero sí ya precisamos bases sobre las que debíamos trabajar, hicimos concesiones de ambas partes, y en esos tiempos fue que se cimentó una amistad que duró y se profundizó cada vez más”.[ii]

Retengamos esa alusión a la amistad con Sara Gómez, porque es otro de los indicios que nos permite ir dejando atrás al hombre abstracto (“el cineasta”) para reencontrar al ser concreto que dialoga con sus cercanos, incluso cuando ya no están físicamente.

Por eso en modo alguno resulta gratuito que, cuando ocho años después le aprueben el rodaje de Laberinto (una idea que venía manejando desde principios de los setenta) decida cambiarle el título por Hasta cierto punto, y llegue a admitir que se trata de “un homenaje a De cierta manerade Sara Gómez, que es un antecedente importante de este filme”.[iii]

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el septiembre 2, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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