LA ISLA Y LOS SIGNOS (2014), de Raydel Araoz.

La Isla y los Signos: El eterno resplandor de la mente (inmaculada) de Samuel Feijóo

Por: Antonio Enrique González Rojas

Oprobio grave a Samuel Feijóo (1914-1992) sería filmar sobre su vida un documental de manual, pletórico de testimoniales “cabezas parlantes”, combinadas con fotos, montadas más o menos coherentemente en una linealidad historicista y cronológica…nada más lejos del iconoclasta intelectual villareño que todo lo que emane rancio academicismo, tan deplorado por él, en su búsqueda de la cultura y la sabiduría en el «eterno resplandor de la mente inmaculada»[1]; en el impoluto cosmos rural cubano donde yace la esencia mitopoética de la Cuba Profunda.

Por fortuna, para el centenario de Samuel apareció en la palestra fílmica, La Isla y los Signos (Raydel Araoz, 2014). Este documental, premiado en la cuarta edición del Concurso para Proyectos Documentales del Programa de Fomento a la Producción y Teledifusión del Documental Latinoamericano–DOCTV LATINOAMÉRICA, busca armonizar forma y discurso con las propias esencias heterodoxas de la obra escrita (literaria e investigativa), pictórica, editorial, y hasta los propios procederes de la tan singular figura tratada. Echa mano de los infinitos recursos que ofrece el lenguaje de la animación, en manos del realizador Ermitis Blanco y su equipo, para construir universos tan ilusorios como el imaginario visual plasmado en la revista Signos, suerte de suma, mapa y sistematización de todo el ideario feijóoseano; por ende, su definitivo legado intelectual.

Deviene entonces el material, en gran parte, todo un periplo por estas páginas de Signos, donde se combinaron creativamente toda la bizarra iconografía del arte naif cubano, validado y promocionado por el propio Feijóo cual justo equivalente criollo del Art Brut y el Outsider Art[2] europeos, con experimentos gráfico-literarios vanguardistas como la poesía visual y sus tendencias: Letrismo, Creacionismo, Espacialismo; o sea, cuanto recurso coadyuvara a convertir la interacción de los lectores con la revista en una verdadera experiencia estético-sensorial, además de la consabida recepción intelectual de los artículos publicados; y a cada número en un manantial semiótico, en una equilibrada Totalidad creativa.

Igual sucede con La Isla…, donde lo hechológico no prima absolutamente, ni mucho menos los recursos visuales son puros complementos informativos. Los hitos biográficos, significados más por su importancia en la estructuración de la tesis, que por el mero rigor cronológico, resultan la columna vertebral sobre la que se engarzan todos los signos del discurso visual, verdadera “enjundia” del documental.

Más aún, la obra pudiera considerarse como un número audiovisual de Signos, edición especial que viene quizás a continuar, expandir y completar el experimento perceptual que fue la publicación para Feijóo, donde la impactante y verdaderamente inolvidable secuencia inicial es la “portada”, y la historia fantástica con que culmina, deviene obra de “contraportada”. Recepcionar La Isla… es hojear páginas repletas de collages, ilustraciones, poemas visuales, composiciones gráficas, textos testimoniales, críticos, biográficos; así como leer la revista impresa era un verdadero acto de visionaje. Ambos productos se maridan a través del ilusorio transcurrir de los años, comulgando en la sorprendente lozanía intelectual y artística (mejor léase “sabiduría”) de Samuel.

Tal orgánica connivencia entre tema y forma no se apreciaba en la documentalística cubana desde La sed de mirar (Esteban Insausti, 2004), donde el realizador imprime a la fotografía en blanco y negro y a la edición, el ritmo trepidante y la dinámica cimbreante características del mítico director de fotografía cubano Jorge Herrera, sobre quien va la pieza. Otro tanto tiene el curioso material estadounidense Superheroes (Michael Barnett, 2011), que al registrar el fenómeno social de personas que visten y actúan como personajes de cómics, recrea parte de los sucesos y testimonios, y estructura la identidad visual de toda la obra, como las páginas de una historieta.

En La Isla…, el propio concepto de collage, con su cuota de horror vacui, con la ilación vertiginosa de ideas cual monólogo interior de Joyce, la combinación (colisión) aleatoria de símbolos que conllevan a nuevo(s) y diverso(s) texto(s), se expande orgánicamente a la concepción de la animación gestada por Blanco, quien parte en primer lugar de una estética constantemente apelativa a la página impresa en fotomecánica blanco y negro, el dibujo, la plumilla, el boceto, las tipografías, el grabado en metal. Ahora, consecuentemente con el referido rol del documental como continuador contemporáneo de Signos, como amalgama de visualidades y no revivalismo llano, las concepciones trascienden la mera animación de los dibujos de Feijóo y sus asociados del grupo Signos, o de los números fundacionales de la revista.

La dirección de arte, a cargo de Pilar F. Melo (Fermelo), en consonancia con Ermitis y su equipo, apela a otras corrientes expresivas como la historieta; la cartelística; la cienciaficcionera estética del steampunk[3], en el muy singular caso del pez mecánico concebido en sobrio 3D de alto contraste, que sustituye lo que sería un ocasional narrador en off; la sutil manipulación de imágenes reales; la imbricación de seres humanos en contextos animados mediante recortes… Se desata un ingente rejuego perceptual con el espectador, a quien constantemente se busca sorprender, asombrar, divertir, con un verdadero abanico de artificios, visajes y “murumacas” (así quizás lo diría Feijóo). No deja de emanar verdadera sorna del irónico rejuego con algunos de los propios intelectuales entrevistados, quizás demasiado hieráticos y solemnes en sus poses y declaraciones como para engarzarlos sin afeites en este mundo de maravillas. Se les embroma, se les extraña contextualmente, casi nunca en detrimento de la importancia de sus planteamientos, ni sus dignidades personales, pero suficiente para atemperar el exceso de sobriedad; hasta abocarse a verdaderas temeridades formales como mezclar dos o más parlamentos en un verdadero galimatías que pudiera desafiar en demasía la percepción, para subrayar más aún la intención palmaria y autoral de no sustentar la obra en el puro dato o el testimonio oral…

Momento de ruptura discursiva sucede en la segunda mitad del documental, cuando cámaras y micrófonos se trasladan a las montañas de la región central del Cuba, desandadas por Feijóo, donde la grave situación socioeconómica de sus habitantes redunda en el desmoronamiento demográfico, la migración intensa, y por ende la pérdida de toda tradición, de toda cultura sedimentada a lo largo de las generaciones. La crudeza de las problemáticas relatadas, la expresividad de las imágenes captadas por el lente de Ernesto Calzado, singularizan este segmento, casi una sola secuencia, en tanto tesis interna; hasta prácticamente independizarla como un documental dentro del documental. Por su extensión y su estética, saja brechtianamente la fluidez formal y dramatúrgica, para volver a retomar el hilo discursivo “real maravilloso” centrado en Feijóo. No dejan de conmover estas imágenes de pobreza y desesperanza, que deben ser reveladas, analizadas, socializadas, pero quizás Araoz pudo haber considerado engarzarlas un poco más en la diégesis general de la pieza, en pos de una progresión narrativa más orgánica, sin atenuar para nada la crudeza de su realidad.

Se suma La Isla…, como importante jalón, a una zona del documental joven cubano que, retomando el hilo que desde el pasado tienden autores como el propio Nicolás Guillén Landrián, se aleja del hálito reporteril, de la llaneza dramatúrgica y visual, del realismo descarnado a lo free cinema, de la premura desaliñada, para exponer tesis complejas, y ensayar sobre lo documentado, a partir de la conjugación de recursos expresivos y lenguajes, entre los cuales prepondera la animación (ya el propio Coffee Arábiga, de 1968, apela a la imagen manipulada).

Ahí están significativas piezas como Uvero (Arian Peña & Alejandro Rodríguez, 2011), Molotov (Irán Hernández, 2013) y Velas (Alejandro Alonso, 2013), singulares en su propuesta y empleo de los muy diversos potenciales de la animación, ya sea, respectivamente, la reconstrucción 3D del pasado, en cierta concomitancia con la sorprendente pieza israelí Vals con Bashir (Ari Folman, 2008); la graficación dinámica, como infográfica, de complejos procesos sociopolíticos y culturales; y la articulación intimista de una historia de vida desde imágenes fijas, que delatan nuevas dimensiones de las realidades registradas.

Con La Isla y los signos gana a su vez, la animación cubana, un material de gran madurez técnica y creativa (que marca otro hito en la propia obra de Ermitis Blanco), semióticamente complejo y rico, de una singularidad imaginativa propia de la onírica belleza de lo surreal, sustentada en el inquietante cosmos, la lógica otra, real-maravillosa, que urde Araoz desde la interpretación creativa de la imaginería mitopoética cubana estudiada por Feijóo y recreada en su propia literatura.

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Publicado el septiembre 1, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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