CINE CUBANO, INDUSTRIA CINEMATOGRÁFICA, E HISTORIOGRAFÍA

Hace unos días recibí un mensaje que como no me han autorizado a hacer público, pues comentaré de un modo más bien impersonal. Más allá de los elogios que hace del blog, agradezco el mensaje por los argumentos que contradicen algunas de las ideas que expuse en el breve texto sobre Cecilia, y que abren las puertas a debates que aún tenemos pendientes: a) el papel que ha jugado y sigue jugando la historiografía dominante en la descripción y análisis de nuestro cine; b) la nula aproximación teórica, tanto desde el punto de vista historiográfico o crítico, a nuestra industria cultural (de la cual forma parte el cine, y en sentido general, el audiovisual).

Es obvio que en un blog no podremos nunca agotar temas tan complejos. Los que han seguido la dinámica del sitio, y los numerosos debates que se han generado aquí, saben que mi interés está sobre todo en la posibilidad de provocar, de sembrar intranquilidades; de allí la brevedad de los posts (para mí un post siempre será más efectivo si en una cuartilla consigue sugerir más inquietudes que certidumbres, pues un post se parece más a una pregunta que a una respuesta). Pero me queda claro que este tipo de asunto demanda del rigor académico. Ojalá algunas de esas intranquilidades despertaran la curiosidad de quienes investigan en recintos universitarios, por ejemplo. Ojalá. De cualquier manera, quiero apuntar un par de ideas, que tal vez por breves o sumarias, resulten más polémicas que las expuestas en el texto que motivó la réplica. Eso significaría que tomamos conciencia de nuestras carencias colectivas en los campos antes mencionados.

Para empezar, yo admitiría que en la actualidad nuestra historiografía está gozando de un momento de indiscutible crecimiento. Los tres libros firmados por Arturo Agramonte y Luciano Castillo, por ejemplo, bajo el título de “Cronología del cine cubano” (Ediciones ICAIC) son, a todas luces, un esfuerzo descomunal que merecería, por cierto, un mayor reconocimiento público. Y por supuesto que no podríamos prescindir de las contribuciones de María Eulalia Douglas, Raúl Rodríguez, Walfredo Piñera, María Caridad Cumaná, por mencionar a algunos de los valiosos estudiosos que ha tenido nuestro cine desde la perspectiva historiográfica.

Ahora bien, creo que precisamente la llegada a ese saludable punto nos plantea, al mismo tiempo, un desafío para crecer más, toda vez que a estas alturas sabemos que ningún historiador, por lúcidos que sean sus métodos o sus ideas, termina siendo la cumbre del oficio. Al contrario: los nuevos historiadores no solo descubren nuevos hechos históricos, sino también, las inevitables limitaciones que en términos epistemológicos tenían sus maestros y ellos mismos. Aquí tendríamos que apelar una vez más a Croce: “No basta con decir que la historia es juicio histórico, sino que hace falta añadir que todo juicio es juicio histórico o historia sin más”.

Mi criterio es que el conjunto de textos relacionados con la historia del cine cubano que tenemos a mano, deja satisfecha una legítima ansiedad por lo que pudiéramos llamar “la Historia-relato” del cine nacional. Ahora sería preciso pasar a un peldaño superior o diferente que podríamos asociar a “la Historia-problema”. En esta nueva fase la vocación monumentalista que alguna vez Nietzsche le reprochara a los historiadores sería sustituida por una manera de pensar el devenir, donde el protagonismo no lo tendrían esas “grandes” películas, o esos “grandes” autores que, por lo general, pareciera ser lo único digno de ser registrado por la Historia (léase los historiadores), y más que narrar, nos ocuparíamos de interpretar, sobre la base de métodos y teorías que la humanidad ha incorporado a sus saberes (fenomenología, psicoanálisis, estructuralismo, semiótica, etc) esa compleja trama colectiva de la cual han sido protagonistas los cineastas, los críticos, y los espectadores, muchas veces sin enterarse.

Sé, sin embargo, que tendremos que lidiar con la no escasa aversión a la teoría que entre nosotros paraliza por igual a críticos e historiadores. Como también tendremos que cuidarnos del otro extremo: es decir, de aquellos que aman tanto la teoría y la especulación, que al final terminan suprimiendo cualquier tipo de contacto con la Historia fangosa, convirtiendo a las películas en suerte de encargos cósmicos o providenciales, donde los intereses y las pasiones (altas y bajas) de los hombres nunca han contado.

En el caso específico de Cecilia no estoy de acuerdo cuando me señalan que el criterio de Achugar carezca de valor. Y no lo estoy tomando en cuenta como el individuo que es; en ese plano óntico para mí tendría la misma importancia lo que hablen Achugar, Solás, Titón, o Alfredo Guevara: todos se expresan en su época desde la más discutible subjetividad, dado que ninguna fuente (por autorizada que parezca) tiene el monopolio de la verdad histórica. Las personas intentamos construir un sistema de pensamiento en la misma medida que vivimos, y algunas ideas adquieren más visibilidad que otras, pero eso no quiere decir que en su momento no jugaran un papel. Lo interesante sería indagar por qué algunas ideas triunfan y otras no.

Por eso, más allá de que Achugar tuviese razón o no en cuanto a Cecilia, lo que está revelando su opinión es la coexistencia (a veces nada pacífica) de modos diferentes de ver la realidad y emprender su transformación. Esta constante confrontación de los individuos suele ser pasada por alto en la historiografía al uso, que más bien tiende a construir grandes y armónicos relatos donde son determinados “hitos” (encarnados en los “grandes hombres”, los “grandes autores”, o “las grandes crisis”) lo que explicaría el avance de esa Historia que se describe de un modo casi arcádico, una Historia apenas perturbada por eventuales crisis, y donde se pone de manifiesto un claro afán teleológico por parte del narrador, es decir, el historiador.

A mí me gustaría ensayar otro tipo de aproximación historiográfica. Alguna vez nombré eso a lo que aspiro de un modo que puede sonar absurdo: la historia sin acontecimientos. El acontecimiento suele ser algo que sacude la conciencia colectiva, como lo fue indiscutiblemente en nuestro caso, el estreno de Cecilia en 1983. Sin embargo, el acontecimiento también es una construcción simbólica que será usado por los grupos humanos de distintas maneras, de acuerdo a sus intereses más básicos y apremiantes. Por eso es preciso pensar los acontecimientos más allá de esos predios estrechos en que se ha consumado su uso. Examinarlos en un plano diacrónico, pero observarlos también en lo sincrónico, y sobre todo buscar la explicación de lo que sucedió más allá de esos límites que se autoimpone el experto. Y preguntarnos por qué surgió el acontecimiento, pero sobre todo cómo se convierte en tal y para qué.

Lo dije antes: es un tema demasiado complejo como para creer que podemos abordarlo en un post con todo el rigor que merece. Pero si lo escrito sirve para que otros se sientan motivados a buscar nuevas perspectivas críticas, entonces adquiriría sentido. Y por supuesto que estoy de acuerdo nos hablan del desamor que hemos mostrado los investigadores en cuanto a los intersticios de la industria cinematográfica en el país. Aquí llamaría la atención sobre la escandalosa falta de estudios que hay de la tecnología misma que ha hecho posible que exista cine, o más bien, imágenes cinematográficas incluso antes de que se creara el ICAIC.

Pero no hay que ser pesimista: si perseveramos en la idea de que nada es para siempre (esencia del historicismo más radical) entonces podemos afirmar que tiempos mejores vendrán, y que esta falta de estudios en esa zona en algún momento se superará. O para decirlos en términos positivos: llegarán a través de otros, aunque ya nosotros no estemos.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el agosto 5, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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