HACIA UNA NUEVA ECONOMÍA DEL AUDIOVISUAL CUBANO

Aunque en Cuba la mentalidad relacionada con la producción audiovisual se transforma (lentamente, pero se transforma), no sucede lo mismo con el modo de representarnos lo que debería ser una industria moderna del audiovisual cubano.

Ello quizás se deba a que seguimos aferrados a las ideas defendidas por los fundadores del ICAIC en cuanto a la noción del cine como “arte” asociado a una pureza que, dicho sea de paso, nunca existió. Y la verdad es que lo que funcionó como una declaración de principios en una época donde se ponían de moda los Estados asistenciales ayudando a sus cinematografías nacionales, hoy sencillamente es inoperante.

Para empezar, tendríamos que preguntarnos exactamente a qué nos referimos cuando hablamos de una industria audiovisual. ¿Acaso sólo a la producción de películas y su posterior proyección y distribución en cines del territorio nacional?

Los estudios más serios que comentan, por poner un ejemplo, de ese “enemigo ubicuo” que es Hollywood (tan repudiado por los defensores de la “alta cultura” como mal estudiado), han descrito de modo exhaustivo cómo esa industria asociada a la Meca del cine, desde los años cincuenta del siglo pasado viene obteniendo sus mayores ganancias fuera del área estrictamente cinematográfica.

Como nos explica Douglas Gomery en su artículo “Hacia una nueva economía de los medios”:

El cine estadounidense de finales del siglo XX origina un fenómeno cultural de masas que se ha dado en llamar comercialización secundaria y que se traduce en la producción y explotación de artículos diversos desde juguetes a parques temáticos, desde discos a libros, pasando por la gestión de tiendas ubicadas en grandes superficies o el patrocinio de equipos deportivos”.

Pero eso entre nosotros, al menos por el momento, es sencillamente impensable. Pongamos un ejemplo bastante actual: el de Meñique. ¿No habría reportado otras ganancias a la industrias si se hubiese pensado en la comercialización de camisetas con imágenes del animado, por ejemplo?, ¿o en la creación de algún video-juego que prolongue las aventuras del protagonista más allá de la pantalla grande, digamos, en el plano más doméstico e interactivo?

Obvio, asumir estas nuevas maneras de pensar la industria del audiovisual en Cuba implica repensar las relaciones con otros actores de la sociedad: desde artesanos que podrían poner su ingenio en función de la producción de estos artículos, hasta las televisoras, que se convierten, de hecho, en los principales canales del consumo del audiovisual.

Para el Hollywood más clásico la llegada de la televisión resultó un desafío que hoy ha conseguido controlar y hasta bendecir. En Cubaesas relaciones entre industria y televisión serían más difíciles de conciliar, pues, para empezar, hay un montón de películas producidas por el mismísimo ICAIC que nunca han pasado por la televisión nacional. ¿Cómo podría sostenerse una industria en un país donde sus principales canales de televisión convierten en invisibles sus producciones, toda vez que hoy en día “lo que no sale en televisión no existe”?

Es un tema complejo que demanda, por lo mismo, un análisis que parta de la complejidad, y no desde esa trasnochada posición que en su afán de controlar “el mensaje ideológico”, establece falsos predios, y fomenta espejismos donde queda la impresión de que en nuestros tiempos el consumo cultural puede ser diagnosticado utilizando las mismas herramientas que en el siglo XX.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el agosto 1, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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